El Parlamento húngaro sobre el Danubio. Foto: Wikimedia Commons.
Opinión · Política internacional
El ocaso del autoritarismo húngaro
Tras casi dos décadas de gobierno iliberal, el resultado en Hungría reabre la posibilidad de un retorno republicano. Una reflexión sobre la fragilidad democrática frente al populismo autoritario.
Entre pronósticos respecto del fin de la historia y un retorno al pasado, una vez más el mundo parece encontrarse ante una encrucijada difícil de resolver. ¿Estamos ante una sucesión de crisis generalizadas que ponen en jaque la continuidad institucional o simplemente frente a un escenario carente de soluciones dentro del propio sistema que permita la continuidad de lo hasta ahora conocido y dado por asegurado?
Cabe recordar, entonces, la libertad y la participación como pilares imprescindibles en la consolidación de cualquier Estado que pretenda aproximarse a una poliarquía, tal como nos advertía Dahl, entendida como una democracia liberal cuyos valores eran apreciados e incuestionables para, al menos, ciertas mayorías en Europa y la región. Ello representó, ciertamente, una garantía de convivencia en un marco de pluralismo, alternancia y disidencia.
Es en esa línea que resulta pertinente mencionar a Adam Przeworski en Las crisis de la democracia, cuando describe un fenómeno de autocratización en nuestra sociedad liberal, lo cual, como si de un hecho manifiesto se tratara, permite vislumbrar cómo se ha ido deteriorando el apoyo al sistema vigente. Tal es así que, por mencionar algunos estudios, encontramos a Foa y Mounk advirtiendo la disconformidad de los jóvenes, quienes consideran menos esencial la vida en democracia, mientras Armingeon y Guthmann, a modo de ampliar este universo que confirma dicha preocupación, aportan datos de 26 países miembros de la Unión Europea en los cuales se observa una caída de 7,2 puntos en la media total.
Si bien el Eurobarómetro muestra que la sociedad europea aún reposa sobre un apoyo mayoritario de más de la mitad de los ciudadanos, cabe interpelarse sobre cómo esto se traslada de forma sintomática cuando partidos clasificados como extremistas por informes de inteligencia, como sucede con Alternativa para Alemania, se encuentran en constante crecimiento; un caso ejemplar que denota que estamos ante la aceptación de alternativas no liberales en lo que respecta a lo político.
Es necesario comprender, por consiguiente, que este marco normativo, propio de un Estado de derecho, no era permanente. El caso húngaro lo demuestra: el ascenso de fuerzas políticas que adoptaron una retórica iliberal y populista reflejó un retroceso durante los últimos años de gobierno. Como si de una profecía se tratara, esto nos remite al dilema de Popper en La sociedad abierta y sus enemigos: el peligro de tolerar a quienes no comparten el marco pluralista.
El edificio del Parlamento sobre el Danubio. Construido entre 1885 y 1904, es uno de los símbolos institucionales más visibles de la república húngara.
Ello ocurrió como si de una anomalía europea se tratara durante estos últimos dieciséis años en Hungría, un país que, tras una crisis de los partidos tradicionales, presenció el triunfo de un candidato outsider que prometía cambios: Viktor Orbán, quien logró su cometido al subvertir el orden constitucional, dando lugar entonces a un claro retroceso de las instituciones republicanas y, por consiguiente, socavando aquella división de poderes propia de cualquier principio republicano democrático.
Viktor Orbán, primer ministro de Hungría entre 1998-2002 y 2010-2025. Su retórica iliberal y su control sobre las instituciones se convirtieron en el modelo de referencia para otros movimientos autoritarios en Europa.
Ese principio que inspirado en Montesquieu y en la necesidad de un sistema de pesos y contrapesos, fue erosionado en este caso por un gobierno que no comprendía cuestiones elementales vinculadas con la independencia del poder judicial. Su atentado más explícito fue la creación, por ley, de tribunales directamente controlados por el Ejecutivo. ¿Cómo sería posible, entonces, limitar a un poder cuya ambición parecía desmedida, en una coyuntura donde además el último resguardo no controlado por el oficialismo perdía su independencia gradualmente?
En consonancia con ello, Timothy Snyder nos advierte en su obra Sobre la tiranía acerca de los peligros que supone el ascenso de líderes autoritarios y del rol ciudadano frente a una suerte de responsabilidad cívica para con nuestro ejercicio democrático. Asimismo, nos recuerda la importancia del protagonismo de los actores intermedios en la participación democrática y cómo el pensamiento crítico puede resultar esencial para la supervivencia de las libertades.
¿Pero acaso qué margen tenían estos actores intermedios en la era Orbán? Como si de una pesadilla orwelliana se tratara, el gobierno del partido Fidesz controlaba la mayor parte del aparato mediático húngaro, mientras que en el ámbito estatal no hacía más que reproducir un relato oficialista. Aquí conviene recordar, tal como denunció Reporteros Sin Fronteras, el modo de operar de empresarios ligados al círculo oligárquico gubernamental, quienes mediante distintas adquisiciones garantizaban y blindaban al aparato partidario con el control de aproximadamente el 80 % de los recursos del poder mediático.
Asimismo, las organizaciones no gubernamentales y la prensa independiente que a duras penas conservaban presencia en el país vieron progresivamente restringido su margen de acción bajo iniciativas como el proyecto de ley sobre "transparencia en la vida pública", que habilitaba a señalar como amenaza a la soberanía húngara a aquellas organizaciones que recibieran financiamiento extranjero. De ese modo, quedaban expuestas a controles burocráticos extremos, posibles sanciones, restricciones financieras y mecanismos capaces de tornar inviable su funcionamiento. Ello contribuyó claramente a la consolidación de una narrativa oficialista en amplios sectores de la población húngara, al reducir de manera sistemática los espacios de pluralismo y crítica.
De ahí que no resultara casual que la derrota oficialista solo haya sido posible cuando la oposición logró articular una estrategia eficaz de coordinación política y comunicación pública. Allí los jóvenes tuvieron un papel protagónico, tanto por la importancia de las redes sociales como por el trabajo territorial y presencial para llegar a sectores desencantados que resultaron decisivos en el aumento de la movilización electoral.
Hannah Arendt (1906-1975). Sus advertencias sobre la banalidad del mal y el modo en que los partidos pueden desplazar y vaciar a las instituciones conservan, en este caso, una vigencia inquietante.
Es en ese mismo contexto de concentración del poder, achicamiento del debate público y debilitamiento de las voces disidentes el cual nos permite comprender la vigencia de las advertencias de Hannah Arendt. Su reflexión sobre la banalidad del mal remite al riesgo de una ciudadanía que, por obediencia o falta de conciencia crítica, termina naturalizando el deterioro de sus propias libertades. Pero, además, en Los orígenes del totalitarismo, Arendt comenta sobre otro peligro decisivo: aquel que surge cuando el partido comienza a desplazar a las instituciones, vaciándolas de autonomía y subordinándolas a una lógica de poder facciosa.
Esta situación permite comprender que el problema no reside únicamente en quien concentra el poder, sino también en la conversión del aparato estatal en un instrumento de coerción partidaria y en la pasividad social frente a ese proceso, en una dinámica que remite a lo que la autora describía como el hombre masa, nutrido en una coyuntura de manipulación oficialista.
Es en esa misma línea que Daniel Muchnik anticipa sobre el resurgimiento de populismos y nuevas derechas cuyas retóricas guardan inquietantes similitudes con discursos que creíamos superados y propios de un nacionalismo con vestigios de un pasado autoritario. Se trata de un fenómeno particularmente visible en Europa y la región, y Orbán fue durante mucho tiempo una referencia para distintos socios y fuerzas iliberales del continente.
Las señales de la erosión institucional fueron evidentes: prensa censurada, ONGs restringidas e incluso libros prohibidos y universidades cerradas. Acontecimientos que, sin lugar a dudas, volvieron a poner en vigencia las advertencias realizadas por los autores anteriormente mencionados. Conviene recordar, además, cómo los mecanismos de mayoría le otorgaron una representación casi absoluta y le permitieron consolidar un esquema cada vez más alejado del pluralismo democrático durante casi dos décadas.
Frente a ese contexto, el desgaste político del oficialismo, la coordinación de la oposición y la crisis económica empujaron a la sociedad húngara hacia un cambio de rumbo, tal como lo expresó el resultado histórico obtenido por Tisza en las elecciones de abril. Es en este nuevo panorama, donde el gobierno de Magyar afronta importantes desafíos, aunque también cuenta con un margen que le permitiría impulsar reformas de fondo sobre un andamiaje institucional previamente moldeado por Fidesz.
Algunos de esos desafíos implicarían recuperar la independencia del Poder Judicial, adulterado y viciado por el gobierno saliente, y revisar un Legislativo ya condicionado por reglas electorales distorsionadas. En particular, la oposición denunció normas injustas en el diseño de los distritos, es decir, prácticas de gerrymandering, al mismo tiempo que el sistema combinaba candidaturas uninominales con listas nacionales, empujando muchas veces al electorado hacia un voto estratégico que terminaba favoreciendo al partido gobernante.
Además, conviene recordar que el retroceso no solo tuvo implicancias en un modelo antirrepublicano e iliberal en el plano interno, sino también en la existencia de un gobierno cercano al Kremlin y en tensión constante con el conjunto de la Unión Europea. La influencia rusa, claramente visible en los posicionamientos del oficialismo, no dejaba de representar una amenaza para la consolidación de una política exterior común y de una mayor cohesión entre los Estados miembros del experimento europeo.
Por lo pronto, este resultado en Hungría implica una racionalidad opositora que logró conglomerarse detrás de la candidatura de Magyar en Tisza, obteniendo un resultado histórico que reabre la posibilidad de cambios constitucionales y vislumbra la esperanza de un retorno republicano más próximo a una democracia liberal. Mientras tanto, quedan abiertos interrogantes respecto de futuros enfrentamientos entre los poderes del Estado.
Cabe reflexionar, consecuentemente, sobre la fortaleza de la democracia y sus instituciones: ¿está la Unión Europea preparada para enfrentar actores internos contrarios a sus intereses? Es imprescindible recordar, en esta instancia, el rol de Hungría bajo Orbán y su cercanía a Vladimir Putin frente al conflicto ruso-ucraniano, en abierta disonancia con el posicionamiento casi unánime europeo que percibe como amenaza la injerencia rusa en sus sistemas democráticos.
En un escenario en el que, además, se plantea una suerte de guerra híbrida entre la Federación Rusa y la Unión Europea, y con democracias tendientes a ser más susceptibles a la injerencia externa que los regímenes autoritarios, cabe interpelarse también sobre la capacidad de un sistema republicano y democrático para sostenerse frente a liderazgos iliberales. Ante ello, conviene preguntarse: ¿es la democracia capaz de defenderse contra manifestaciones que amenazan al propio sistema republicano liberal?
Dado que el panorama actual en Europa pone en evidencia la injerencia mediante apoyo financiero a partidos políticos y distintos actores euroescépticos contrarios a los intereses de la Unión, debería ser una cuestión preponderante contar con una política de defensa adecuada ante los nuevos desafíos que ponen en jaque la seguridad interior y la estabilidad política, no solo del Estado en particular, sino también del conjunto de los Estados miembros de la Unión Europea.
Tal es así que, mientras en el mundo la calidad democrática resulta preocupante, en el caso húngaro se abre un escenario que posibilitaría una paulatina despartidización de las instituciones, el retorno a las libertades cívicas y una política más cercana a los intereses nacionales y de la Unión Europea en su conjunto. Al mismo tiempo, ello nos deja una advertencia acerca de una gran debilidad occidental: su porosidad frente a populismos emergentes que, en nombre del nacionalismo local, adoptan agendas iliberales y autoritarias que irrumpen en los distintos parlamentos ante la crisis de los partidos tradicionales, emergentes de una demanda local, pero también como fuerzas que atentan contra la unidad y entorpecen el funcionamiento institucional.
En conclusión, este caso nos deja una lección de madurez política en una sociedad y distintos partidos que, frente a sus agendas divergentes, priorizaron la unidad ante lo esencial: el pragmatismo de repensar mancomunadamente un país donde todos puedan discutir en igualdad de condiciones sus diferencias con libertad y que vuelva a priorizar a sus socios frente a los autoritarismos externos que amenazan su integridad.
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