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Frente oeste del Capitolio de los Estados Unidos, Washington D.C.
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Opinión · Política internacional

Populismo y Trump como expresión de una sociedad desigual

Una religión política que pone en jaque a la democracia estadounidense y, al mismo tiempo, manifiesta una demanda social.

Por Juan Tomás Jara Masson6 de junio de 202611 min de lectura

Lectura en profundidad

El trumpismo no puede ser explicado solamente como una anomalía electoral, ni mucho menos como el resultado de una simple manipulación comunicacional. Su fuerza nace de una crisis social previa: desigualdad, pérdida de confianza, resentimiento frente a las elites y una sensación extendida de que el sistema político dejó de escuchar a una parte de la sociedad estadounidense.

La elección de Donald Trump en 2016 puso de manifiesto una fractura social que venía madurando desde hacía décadas. Su regreso al poder, lejos de cerrar aquella discusión, la vuelve más incómoda. Si algo demostró el trumpismo es que una democracia puede conservar sus elecciones, sus partidos y sus procedimientos, y al mismo tiempo entrar en un proceso profundo de desconfianza respecto de sus propias instituciones.

Reducir el fenómeno a teorías conspirativas, fake news o radicalización discursiva sería un error. Todo eso existe y constituye un peligro real, pero no alcanza para comprender por qué millones de personas depositan en Trump una expectativa casi redentora. Detrás del Make America Great Again hay una promesa de reparación simbólica: la idea de que alguien, por fin, nombra una pérdida que la política tradicional prefirió administrar con tecnicismos o directamente ignorar.

La desigualdad como tierra fértil

La creciente desigualdad, la falta de oportunidades y la percepción de declive social alimentaron una nostalgia nacionalista. America First no funciona únicamente como consigna de política exterior; opera también como refugio emocional frente a un mundo que muchos sienten que dejó de pertenecerles. La industria que se fue, los salarios que ya no alcanzan, los pueblos que perdieron centralidad y los trabajos que cambiaron de naturaleza son parte de ese paisaje.

En ese contexto se entiende el cambio de afinidad política de sectores de trabajadores manuales, especialmente en zonas del Rust Belt. Aquellos blue collar workers que durante largo tiempo habían sido pensados como base social del progresismo comenzaron a encontrar en el Partido Republicano trumpista una identidad más clara. No porque el programa económico de Trump resolviera necesariamente sus problemas, sino porque su retórica les ofrecía pertenencia, enemigo y relato.

De todos modos, conviene evitar una lectura demasiado simple. La clase trabajadora estadounidense no se movió en bloque. Las diferencias raciales, religiosas, territoriales y educativas siguen pesando. Mientras una parte de los trabajadores blancos sin título universitario se acercó a Trump, los suburbios de clase media, las minorías y sectores más educados mostraron movimientos distintos. El país aparece así partido no sólo por ingresos, sino por cultura, territorio, religión, educación y expectativas de futuro.

Religión política y banalización del juicio moral

Las promesas de volver a una industria que ya no existe del mismo modo, de restaurar una grandeza perdida o de vencer a enemigos internos se transforman en una suerte de rezo laico. La política deja de ser discusión sobre fines comunes y pasa a parecerse a una fe militante, donde la verificación de los hechos importa menos que la fidelidad al líder y a la comunidad imaginada que ese líder dice encarnar.

Aquí aparece una dimensión moral que no debería subestimarse. Cuando la mentira deja de ser un accidente y se convierte en método, el juicio público se empobrece. Hannah Arendt advirtió sobre los peligros de una sociedad incapaz de distinguir entre realidad y ficción, entre responsabilidad y obediencia, entre conciencia moral y pertenencia a una masa. En el trumpismo, esa tensión reaparece bajo formas democráticas: no como partido único, sino como una comunidad política que con frecuencia acepta la degradación de las reglas si esa degradación favorece a los propios.

Hannah Arendt (1933).

¿Puede una persona condenada o acusada de graves abusos institucionales seguir siendo presentada como salvadora de la nación? ¿Puede un liderazgo político usar símbolos religiosos, fabricar enemigos morales y, al mismo tiempo, reclamar para sí el monopolio del patriotismo? La pregunta no es menor, porque una parte del problema democrático contemporáneo consiste precisamente en que el juicio moral queda subordinado a la pertenencia partidaria.

Bobbio, moderación y sectarización partidaria

Norberto Bobbio pensaba la democracia como una forma de convivencia entre adversarios, no como una guerra de exterminio entre identidades cerradas. Su defensa de una izquierda liberal, atenta a la igualdad pero respetuosa de las libertades, entra en conflicto con una política fundada en la radicalización permanente. La democracia necesita conflicto, pero también necesita límites: el adversario no puede ser tratado como enemigo absoluto y la victoria electoral no puede habilitar cualquier cosa.

El Partido Republicano bajo Trump se fue alejando de esa cultura institucional. Las voces críticas internas quedaron cada vez más aisladas, derrotadas o disciplinadas. El partido no desapareció como maquinaria electoral; por el contrario, se volvió más eficaz alrededor de una figura. Pero esa eficacia no equivale a fortaleza republicana. Puede haber partido fuerte y democracia debilitada cuando la lealtad al líder pesa más que la lealtad a las reglas.

Una advertencia resulta indispensable: la democracia liberal no se agota en la voluntad de la mayoría. Las elecciones son necesarias, pero no suficientes. También hacen falta separación de poderes, prensa libre, independencia judicial, alternancia, derechos individuales y respeto por las minorías. Sin esas condiciones, la democracia puede conservar el acto electoral y perder, lentamente, su contenido liberal.

Advertencia institucional

La legitimidad electoral no es un cheque en blanco. Un dirigente puede llegar al poder por medios democráticos y usar esa misma legitimidad para debilitar controles, derechos y garantías. Esa es la forma más difícil de detectar de la erosión democrática: no aparece contra las urnas, sino en nombre de ellas.

El mandato popular puede convertirse en un instrumento de erosión democrática cuando un líder autocrático lo interpreta como autorización para colonizar instituciones, presionar jueces, intimidar adversarios, desacreditar periodistas o presentar toda oposición como enemiga del pueblo. Muchos deterioros democráticos actuales no comenzaron con tanques en la calle, sino con dirigentes elegidos que usaron la legitimidad de las urnas para debilitar los controles que limitaban su poder.

Esa es la paradoja inquietante del trumpismo. Puede expresar una demanda social real y, al mismo tiempo, ofrecer una salida políticamente peligrosa. Que un líder sea votado no lo vuelve automáticamente respetuoso del constitucionalismo. La soberanía popular, si se separa de los límites republicanos, puede derivar en un mayoritarismo iliberal donde el pueblo es invocado para debilitar las condiciones que permiten que el pueblo vuelva a elegir libremente en el futuro.

Del Capitolio al regreso presidencial

El asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, el desconocimiento del resultado electoral de 2020, los intentos de revertir resultados en estados decisivos y la presión sobre funcionarios electorales no fueron episodios menores. Señalaron una ruptura con una regla elemental de la democracia: aceptar la derrota. Una democracia puede soportar conflictos intensos, pero difícilmente pueda sostenerse si una de sus principales fuerzas políticas convierte la derrota en fraude y la alternancia en traición.

La cuestión es todavía más delicada porque Trump volvió al poder con una victoria clara. Eso fortalece el discurso del mandato y reduce los incentivos internos para la moderación republicana. El problema no es que una mayoría electoral gobierne; eso es propio de la democracia. El problema aparece cuando esa mayoría es presentada como una autorización para reordenar el Estado bajo una lógica de revancha, purga o castigo político.

Las elecciones especiales y la expectativa demócrata

En este punto, las elecciones especiales de lo que va del ciclo político empezaron a ocupar un lugar central en la lectura de la oposición demócrata. No porque sean una profecía, sino porque funcionan como una especie de termómetro. Desde 2025 y durante este año se acumuló una serie de resultados que, vistos en conjunto, muestran una dificultad republicana para sostener el mismo nivel de apoyo que Trump había conseguido en 2024. Algunas bancas fueron directamente perdidas; otras fueron retenidas, pero con márgenes más débiles. En ambos casos, la señal política fue incómoda para el oficialismo.

La distinción importa. No sería preciso afirmar que los republicanos perdieron todas las bancas en juego. Sí puede afirmarse, en cambio, que en las elecciones especiales congresionales relevadas hasta ahora el Partido Republicano perdió terreno respecto de su desempeño presidencial de 2024, incluso cuando logró conservar el asiento. Y en el plano de las legislaturas estatales, donde muchas veces se perciben antes los cambios de humor del electorado, los demócratas consiguieron transformar esa mejora relativa en victorias concretas.

Brookings registró más de un centenar de elecciones especiales en el ciclo 2025-2026 y subrayó que, en las contiendas observadas, los demócratas venían mejorando sus porcentajes respecto de la referencia anterior mientras los republicanos retrocedían. MultiState, por su parte, calculó una sobreperformance demócrata mediana de alrededor de diez puntos en las especiales legislativas estatales de 2026. Como toda medición parcial, debe tomarse con cuidado; pero como clima político es una señal difícil de ignorar.

Algunos casos se volvieron especialmente simbólicos. En Texas, Taylor Rehmet ganó una elección especial para el Senado estatal en un distrito que los republicanos consideraban seguro y que Trump había ganado con claridad. No fue una derrota marginal: Rehmet se impuso con una diferencia cómoda y el resultado abrió una discusión sobre el voto latino, los suburbios de Fort Worth y la capacidad republicana para retener distritos que parecían consolidados. En Florida, Emily Gregory obtuvo una banca estatal en un distrito que incluye Mar-a-Lago, la residencia de Trump, derrotando a un candidato republicano respaldado por el propio presidente. La imagen fue políticamente potente: un distrito asociado al trumpismo elegía a una demócrata en una elección de baja visibilidad, precisamente el tipo de contienda donde la maquinaria partidaria suele pesar mucho.

También hubo otros resultados menos espectaculares, pero igual de relevantes para leer el clima: márgenes republicanos que se achicaron, distritos rojos que dejaron de ser cómodos, supermayorías estatales puestas bajo presión y una oposición demócrata que empezó a mirar las elecciones de medio término no sólo como una defensa institucional, sino como una oportunidad real de limitar el poder legislativo del trumpismo. El punto no es que cada elección especial anticipe mecánicamente noviembre, sino que todas juntas dibujan una tendencia de desgaste.

Para los demócratas, estas derrotas y retrocesos republicanos alimentan una expectativa razonable. La esperanza no surge tanto de un entusiasmo masivo por el Partido Demócrata, cuyo propio prestigio sigue siendo limitado, sino de una posible fatiga frente al estilo político de Trump: conflicto permanente, discursos de amenaza, tensión institucional, preocupación por el costo de vida y desgaste frente a políticas migratorias cada vez más duras. La oposición lee las especiales como indicios de que existe un electorado dispuesto a poner límites.

Pero la cautela es necesaria. Las elecciones especiales suelen tener baja participación, dependen de candidatos concretos y pueden estar muy influidas por dinámicas locales. No conviene transformarlas en una predicción automática de noviembre. Más que un pronóstico, son una advertencia: muestran que el clima puede ser menos favorable para los republicanos de lo que sugería la victoria presidencial, y que la coalición trumpista quizá no funcione con la misma intensidad cuando ya no se vota al líder, sino a sus representantes.

El desafío de la oposición

La oposición demócrata, sin embargo, no puede limitarse a esperar que el antitrumpismo haga todo el trabajo. Si el origen del trumpismo está vinculado a una crisis de representación, entonces la respuesta democrática no puede ser solamente institucionalista o moral. Debe hablar también de salarios, vivienda, salud, territorio, trabajo e inseguridad frente al futuro. De lo contrario, corre el riesgo de denunciar correctamente la amenaza iliberal, pero sin reconstruir el vínculo social que permitió que esa amenaza creciera.

Derrotar electoralmente a Trump o limitar su poder legislativo puede ser necesario, pero no suficiente. Una democracia liberal no se salva sólo frenando al líder que la tensiona; también debe reparar las condiciones que hicieron posible su ascenso. El voto de castigo puede ganar una elección de medio término, pero una alternativa democrática duradera necesita algo más que rechazo: necesita ofrecer pertenencia, dignidad y una promesa de futuro que no dependa de fabricar enemigos.

Trump como síntoma y causa

¿Puede afirmarse, entonces, que Trump es una amenaza para la democracia? Sí, pero con una precisión indispensable: Trump es amenaza porque agrava una crisis que lo precede. Es síntoma de una democracia que dejó de representar a sectores enteros de su sociedad y, al mismo tiempo, causa de un deterioro institucional que transforma ese malestar en desconfianza organizada contra la prensa, los jueces, los funcionarios electorales y el adversario político.

La democracia estadounidense no está en crisis porque existan votantes enojados. Está en crisis porque una parte de ese enojo fue articulada por un liderazgo que desprecia los límites del poder y convierte la frustración social en combustible para una política de excepción. Trump no inventó la desigualdad, ni la polarización, ni la crisis de representación. Pero las ordenó bajo una forma política capaz de justificar el daño institucional en nombre de una supuesta reparación nacional.

En pocas palabras, Trump no es solamente la voz de una sociedad desigual. Es también la prueba de que una democracia puede ser erosionada desde adentro cuando el malestar legítimo encuentra una conducción iliberal. Allí reside su fuerza y también su peligro: expresa una demanda real, pero la traduce en una respuesta que amenaza con vaciar la democracia de aquello que la vuelve digna de ese nombre.

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