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Collage que representa a Saddam Husein, Gamal Abdel Nasser y Bachar al-Ássad.
Collage que representa a Saddam Husein, Gamal Abdel Nasser y Bachar al-Ássad.
Índice

Teoría

¿Ha muerto el socialismo árabe?

Los socialismos árabes constituyen una realidad plural, frecuentemente invocada pero rara vez definida con precisión.

Por Mortadha Ghaliounji17 de junio de 202640 min de lectura

Lectura en profundidad

Los socialismos árabes, una familia política

De entrada, se advertirá el empleo del plural, y ello en virtud de una constatación inequívoca: no existe un socialismo árabe único, sino, ciertamente, una pluralidad de modelos distintos.

No obstante, pese a sus divergencias filosóficas y nacionales, no cabría negar las profundas similitudes que los unen.

En primer término, estos regímenes se caracterizaron casi todos por la existencia de un aparato estatal autoritario, generalmente articulado en torno a una figura dirigente carismática.

En segundo término, adoptaron economías fuertemente dirigistas, impregnadas de tendencias socializantes, al tiempo que rechazaban numerosos aportes fundamentales del marxismo ortodoxo, en particular el paradigma de la lucha de clases.

En tercer término, se observa en ellos una inclinación modernizadora, así como una concepción bastante secular del papel de la religión frente al Estado.

El conjunto de estos elementos convergía hacia un imperativo juzgado supremo, a saber, el de la emancipación nacional y la unificación de una nación árabe concebida como entidad histórica, política y civilizatoria.

En los orígenes del socialismo árabe

Importa precisar que, cuando se habla de los socialismos árabes, no se trata de las doctrinas socialistas importadas al mundo árabe (tales como el maoísmo, el leninismo, el marxismo-leninismo, el trotskismo o incluso el socialismo democrático), aun cuando estas corrientes hayan dado origen también allí a movimientos políticos y sindicales a veces influyentes.

Se trata, por el contrario, de teorías socialistas elaboradas en el seno mismo del mundo árabe. Al evocar los socialismos árabes, dos palabras pueden venir espontáneamente a la mente: se trata de Nasser y del partido Baaz.

Y ello no es fortuito: ambos constituyeron las principales matrices del socialismo árabe.

El primero constituyó la primera experiencia de gobierno que encarnaba, en sus fundamentos, los principios del socialismo árabe, mientras que el segundo propuso la formulación más estructurada, más sistemática y más acabada en el plano ideológico.

No obstante, el socialismo árabe no podría reducirse a esa sola figura o a esa sola formación política.

Cabe evocar también la Yamahiriya de Gadafi, el Frente de Liberación Nacional en Argelia, particularmente bajo la presidencia de Ahmed Ben Bella, así como, en cierta medida, algunas facciones del Partido Socialista Desturiano en Túnez, al igual que los movimientos socialistas árabes tanto en Yemen como en Sudán.

En los orígenes del socialismo árabe: de la Nahda a Lenin

Con todo, se inscriben en un referencial histórico relativamente común, ya que la mayor parte abrevan sus orígenes en la Nahda (Renacimiento árabe), un período de fines del siglo XIX marcado por una intensa efervescencia intelectual, lingüística y cultural en el mundo árabe, como reacción al choque de la colonización europea.

La lengua como primer acto político

Esta revolución cultural se traduce en particular en una transformación progresiva de la lengua árabe a fin de facilitar la comunicación, el periodismo así como la producción científica e intelectual.

Conduce a la emergencia del árabe literario moderno (al-fuṣḥā), que se impone progresivamente a escala del mundo árabe como lengua de referencia para la prensa, la literatura y la enseñanza.

En un espacio fragmentado por una gran diversidad dialectal (a veces mutuamente ininteligible), tal estandarización constituye uno de los primeros cimientos de una conciencia cultural común.

Esta modernización lingüística se acompaña, asimismo, de la importación y la traducción de conceptos filosóficos y políticos europeos, tales como la justicia social, la lucha de clases o incluso el constitucionalismo. Abre así la vía a nuevas claves de lectura del mundo social y político.

En este contexto emergen también varias sensibilidades socialistas, difundidas por grandes revistas como Al-Muqtataf, así como por figuras intelectuales como el egipcio Salama Moussa, particularmente a través de su obra al-Ishtirakiyyah (El Socialismo) publicada en 1913.

La irrupción soviética

La penetración de las ideas socialistas en el mundo árabe asume un nuevo cariz a partir de los años veinte: la Unión Soviética, en adelante potencia en busca de influencia internacional, ejerce un influjo creciente sobre varias figuras intelectuales y políticas árabes.

Esta influencia se inicia particularmente con el Manifiesto a los trabajadores musulmanes de Rusia y de Oriente, corredactado por Lenin en 1917, que contribuye a difundir una primera clave de lectura revolucionaria en los espacios colonizados y periféricos, y ello al día siguiente de la fallida correspondencia Hussein-McMahon.

Prosigue con la creación, en Egipto, del primer partido socialista en 1921, y luego la difusión, al año siguiente, de la obra de Lenin El Estado y la Revolución. A lo largo de los años veinte y treinta, esta circulación se intensifica gracias a las traducciones de los escritos de Marx así como de los grandes textos fundadores del socialismo europeo.

A ello se suma el papel de una élite árabe formada o en contacto con Europa, que, en el marco de las luchas anticoloniales, encuentra a menudo en los movimientos socialistas europeos aliados políticos y recursos teóricos para pensar la emancipación.

No obstante, lo que distingue a los socialistas árabes de las demás corrientes de izquierda reside en su relación ambivalente, e incluso crítica, con los aportes del marxismo clásico.

¿Por qué no se trataba de marxismo?

Se observa, en primer término, un rechazo del internacionalismo marxista, en la medida en que, contrariamente al socialismo árabe (profundamente moldeado por una matriz nacionalista y por la experiencia del colonialismo), el marxismo se inscribe más bien en una tradición internacionalista.

Del mismo modo, los socialistas árabes rechazan generalmente el ateísmo de Estado y el distanciamiento total del hecho religioso, privilegiando por el contrario un enfoque más flexible, fundado en la libertad de creencia. Para muchos de ellos, ven en el islam la expresión misma del genio de una civilización árabe.

Desde esta perspectiva, varios dirigentes buscaron legitimar el socialismo árabe invocando una compatibilidad, e incluso una afinidad, entre islam y socialismo.

Esta lectura resulta particularmente visible en figuras como Nasser y Burguiba, por citar solamente a ellos.

En segundo término, el rechazo de la lucha de clases es allí particularmente acentuado; se explica por el hecho de que numerosos líderes árabes privilegian una lectura del conflicto político centrada no en la oposición entre proletariado y burguesía, sino en la confrontación entre pueblos colonizados y potencias imperiales.

Bajo esta óptica, la principal oposición no es social sino nacional, a saber, la de un pueblo unido y solidario frente al enemigo colonial.

Por último, los socialistas árabes no conciben la propiedad privada como un problema en sí. Contrariamente a ciertas tradiciones marxistas, no apuntan necesariamente a su abolición, sino más bien a su regulación al servicio del interés colectivo y del desarrollo nacional.

Finalmente, y este es sin duda el elemento más determinante, no persiguen la misma finalidad: el socialismo árabe no apunta a la instauración del comunismo, se presenta ante todo como un instrumento al servicio del desarrollo de los Estados árabes. Se trata de una herramienta política y económica.

Es por esta razón, por lo demás, que varios pensadores y dirigentes del socialismo árabe no vacilaron en distanciarse, con el tiempo, de un socialismo intervencionista estricto, para aproximarse a formas de socialismo de mercado, e incluso a veces de socialliberalismo.

A fin de delimitar la sustancia del socialismo árabe, nuestro examen se circunscribe aquí a las fisonomías de Nasser y del Baaz.

Nasser, la ideología panárabe y el realismo político

La primera reclama la atención: a pesar de su fervor popular como heraldo del panarabismo, Nasser se revela, a la prueba de los hechos, un realista mucho más que un revolucionario fanático.

Un hombre de mil influencias

Si bien su condición de origen lo emparenta con los cuadros baazistas (esa mediana burguesía ascendente), un abismo intelectual lo separa de ellos: su juventud no fue mecida por el nacionalismo árabe, sino por un nacionalismo egipcio feroz, nutrido en las fuentes de Mustafa Kamel y Tawfiq al-Hakim.

A este sustrato se agregan influencias eclécticas: ya sea la filosofía de las Luces, el culto a los grandes dirigentes de la historia, las lecturas anticoloniales de Gandhi, así como los dogmas socialistas de Marx a Lenin, hasta el trotskismo, sumándose finalmente la impronta más velada del reformismo laborista británico.

Cabe asimismo recordar el estrecho comercio que Nasser mantuvo, por un tiempo, con la cofradía de los Hermanos Musulmanes; el hecho más relevante data de 1947, cuando el futuro raïs fue a sellar su sumisión mediante un juramento de lealtad ante el guía supremo de los Hermanos Musulmanes, Hassan al-Banna.

Aunque tal acercamiento haya obedecido a estrictas necesidades militares (disponiendo entonces la cofradía de un aparato paramilitar que actuaba en el Sinaí), no por ello deja de constituir un hito capital de su itinerario político, sobre todo para comprender el éxito del golpe de Estado de 1952.

Es así como de ese haz de especulaciones socialistas, conjugado con un atavismo religioso y con un nacionalismo, nació esa síntesis que más tarde se denominará socialismo árabe naserista.

La experiencia militar como revelación

A esta armazón se suma el veredicto de la experiencia vivida: en primer lugar, la carrera en el ejército y el ultraje del asedio al palacio real en 1942 por las cohortes británicas anclan en él la visión de una monarquía exangüe, herida de indignidad e incapaz de portar el destino de Egipto.

Esta afrenta nutre en él una hostilidad hacia el trono, terminando de madurar en él un temperamento bastante revolucionario; no obstante, el bautismo de fuego será la guerra de 1948 en Palestina, que cambia radicalmente su visión de la región.

Esta arranca a Nasser de su insularidad egiptocéntrica para abrirle los horizontes del mundo árabe; el destino de la patria le aparece en adelante indisociable del de sus vecinos, imponiéndose la región a su espíritu como un todo orgánico.

Paralelamente, se arraiga en él la certeza de que el desastre de la guerra de 1948 no proviene en absoluto de las deficiencias del ejército, sino más bien de la prevaricación y la deliquescencia del régimen.

La conquista del poder

De regreso de Palestina, fortalecido por estas certezas, Nasser pone los cimientos del Movimiento de los Oficiales Libres; esta alianza clandestina va a fomentar el golpe de Estado del 23 de julio de 1952, ese episodio que Nasser califica de revolución, que pone fin a la monarquía para instaurar la República.

En un primer momento, la magistratura suprema recae en el general Mohamed Naguib (que solo sirve como sustituto o pantalla de Nasser), consciente este último de que Egipto, para admitir tal trastrocamiento, requiere un héroe de guerra acreditado más que una junta de oficiales anónimos.

Prontamente, sin embargo, líneas de fractura irremediables separan a ambos hombres: Naguib desea erigirse en representante de una tradición democrática y parlamentaria, valido de sus afinidades con el Wafd y la cofradía de los Hermanos Musulmanes.

En el polo opuesto, Nasser y el Consejo de Mando de la Revolución preconizan un autoritarismo salvador (una dictadura justa) indispensable, según ellos, para la ejecución rápida de las reformas agrarias y sociales. Esta visión conduce a la creación de la Agrupación de Liberación, erigida en partido único.

En febrero de 1954, Nasser cruza el Rubicón y manda secuestrar a Naguib; la audacia es no obstante prematura, ya que las fuerzas políticas y las masas se movilizan.

Conduciendo al corazón mismo del Consejo, Khalid Mohieddine rompe filas y despliega sus blindados para arrancar al presidente de manos de sus carceleros, conjurando in extremis el espectro de una guerra civil.

No obstante, Nasser aprovecha la ocasión para situarse como Primer Ministro mientras el aparato de Estado orquesta de inmediato una formidable campaña de denigración, pintando a Naguib bajo los rasgos de un anciano sometido a las potencias de la reacción.

Es el atentado de Mansoura, en octubre de 1954, presuntamente fraguado por la cofradía de los Hermanos Musulmanes contra la persona de Nasser, el que sella el destino del presidente. Acusado de connivencia con los regicidas, Naguib es definitivamente despojado de sus cargos y sometido a arresto domiciliario, dejando el campo libre al triunfo naserista.

Construir el Estado, forjar el mito

A partir de entonces, Nasser asegura su control sobre el conjunto del aparato estatal. Consolida la edificación de un Estado militar profundo, donde el ejército coloniza las funciones administrativas y se otorga una verdadera economía paralela.

Al hacerlo, forja una relación que se encontrará en la casi totalidad de los regímenes socialistas árabes, a saber, la alianza entre el aparato militar y las clases populares.

Paralelamente, Nasser esboza su propia arquitectura filosófica, secundado por Mohamed Heikal. Teoriza la situación de Egipto en la confluencia de tres polos (africano, islámico y árabe), postulando que el seno árabe reviste una primacía altamente estratégica.

Para Nasser, este polo constituye una esfera de influencia eminentemente conquistable, una tierra de expansión para Egipto, que apuesta audazmente al crepúsculo de las potencias coloniales y busca contrarrestar las alianzas pro-occidentales entonces en gestación en Mesopotamia y en Persia.

Si bien la conferencia de Bandung en 1955 sienta los jalones del no alineamiento, la jugada maestra absoluta sigue siendo la nacionalización de Suez, puesto que la derrota militar inicial se metamorfosea en una resonante victoria política frente a las potencias coloniales y a Israel.

Nasser ya no es solamente el dueño de Egipto: se erige, a los ojos de los pueblos árabes entonces subyugados, en "Raïs" providencial.

Resta que esta inmensa estatura, si bien le permite imponerse como un mastodonte geopolítico en el mundo árabe y en África, lo condena al mismo tiempo a convertirse en rehén de la mistificación que él mismo edificó.

Es así como en 1958, cuando Siria está ensombrecida por el espectro de un golpe de Estado comunista, los estados mayores políticos sirios ofrecen a Nasser, en bandeja de plata, un proyecto de unión inmediata.

Frente a esta oferta, el Raïs se muestra sin embargo bastante circunspecto: estima que tal arquitectura exigiría, cuando menos, un lustro de maduración institucional y social.

No obstante, presionado por la insistencia febril de los dirigentes sirios respecto de la urgencia de poner barrera al comunismo, y consciente de que la menor negativa sería denostada como una traición ante los pueblos árabes, Nasser se ve acorralado a ese salto a lo desconocido.

Erige así la República Árabe Unida y pone en pie un nuevo partido único, en cuyo seno el partido Baaz acepta su propia disolución (sus dirigentes esperaban entonces tomar rápidamente el control del nuevo aparato partidario).

Era no contar con la determinación del Raïs: Nasser ostraciza allí sin demora toda facción que no le sea servilmente sumisa; las elecciones de julio de 1959 son, al respecto, elocuentes: sobre un total de 9.445 escaños, apenas 250 mandatos recaen en candidatos del Baaz.

Paralelamente, la euforia inicial en Damasco, donde Nasser fue aclamado bajo los rasgos de un nuevo Saladino, cede paso a un áspero desencanto.

Al modelo federal imaginado se sustituye un jacobinismo unitario centralizado; Siria se ve rebajada al rango de provincia subalterna del poder egipcio. Su tejido económico no resiste al dirigismo de las reformas, particularmente en el viraje de 1961, jalonado por exorbitantes nacionalizaciones, mientras se endurece el aparato represivo del régimen.

El 28 de septiembre de 1961, la experiencia es brutalmente puesta fin: una coalición de militares sirios y de organizaciones políticas (en primer lugar de las cuales figura el Baaz) quiebra de golpe la experiencia mediante un acto de fuerza y restaura la soberanía de Siria.

La segunda revolución

Este fracaso sume a Nasser en el desasosiego; ve en él un cuajante fracaso personal, pero discierne sobre todo la obra deletérea de una infiltración de las fuerzas reaccionarias. Resuelve entonces emprender lo que se califica de "segunda revolución".

Esta se inicia en 1962 con una refundación radical del partido único, rebautizado Unión Socialista Árabe. En adelante, abandonando el modelo del partido de cuadros que caracterizaba a la organización precedente.

La nueva máquina política ambiciona encuadrar directamente a las masas; el partido se alinea entonces con el modelo de los grandes partidos de masas del bloque comunista, fundados sobre el principio de la vanguardia.

Se abre así la era de un socialismo de Estado intransigente, dictado por oleadas de nacionalizaciones masivas, siendo la consecuencia que ya en 1965 el poder público capta y controla el 85 % de la producción industrial.

Simultáneamente, se orquestan vastas purgas contra las organizaciones reputadas pertenecientes al arco reaccionario.

Al tiempo mismo que las facciones naseristas se diseminan por todo el mundo árabe, la Carta Nacional de 1962 consagra el advenimiento de un "socialismo científico".

El texto formaliza el principio de la unidad de fin, lo que significa que la unificación política ya no se concibe de manera indiscriminada, sino que se circunscribe rigurosamente a los solos Estados árabes que comulgan en los mismos designios nacionales y socialistas, excluyendo de hecho toda fusión con los regímenes monárquicos o los movimientos anti-naseristas.

1967 y el viraje realista

La guerra de los Seis Días provoca una nueva onda de choque: marchita brutalmente el prestigio tan ásperamente conquistado por el Raïs y quiebra de golpe el ímpetu del socialismo árabe.

Abrumado, Nasser llega a anunciar solemnemente su dimisión, antes de operar un giro inmediato ante el sobresalto y el rechazo del júbilo popular volcado masivamente a la calle para apoyarlo.

Más allá de este episodio, la derrota sume al conjunto de los regímenes árabes en una dolorosa fase de autocrítica. El propio Nasser se ve acorralado por una evidencia cruel: la derrota de 1948 ya no podía ser cómodamente imputada solamente a las taras de una institución monárquica deteriorada.

En la vacuidad ideológica creada por este reflujo, las corrientes marxistas, por un lado, e islamistas, por el otro, encuentran un espacio inesperado para germinar. Simultáneamente, en Palestina, el viejo enfrentamiento judeo-árabe se borra progresivamente para ceder lugar al conflicto israelo-palestino, con la notable emergencia de la OLP, marcando el paso de un antagonismo étnico hacia dos concepciones en adelante resueltamente nacionales.

De allí en adelante, el propio Nasser se resigna a despojar su postura de su carga mesiánica y de su romanticismo revolucionario. Adoptando en adelante los rasgos de un jefe de Estado realista, recentra prioritariamente sus ambiciones en el solo seno egipcio.

Es bajo este prisma pragmático que suscribe la resolución 242 de la ONU, refrendando la fórmula de un compromiso territorial a cambio de la paz (sin por ello abdicar de su hostilidad hacia el Estado hebreo).

Mientras el aparato militar egipcio es pacientemente reconstituido tras el desastre, el Manifiesto de 1968 esboza un desbloqueo del sistema político y echa los cimientos de un Estado moderno, en adelante asentado sobre los preceptos de la ciencia y la autoridad de la razón.

A su muerte, la presidencia recae en su vicepresidente, Anuar el-Sadat, quien inaugura lo que califica de "evolución correctiva". Este proceso resulta ser una empresa metódica de desnaserización del Estado egipcio, inaugurada por una refundación de las instituciones y la encarcelación de los barones cercanos a Nasser. Proclamado "presidente creyente", Sadat orquesta un acercamiento con los Hermanos Musulmanes, decretando la amnistía y la liberación de varios de sus militantes.

En el plano regional, consagra el repliegue sobre la egipcianidad en detrimento del panarabismo y desprende a Egipto de la órbita soviética para alinearlo con el bloque americano. Este pivote geopolítico se acompaña, ya en 1974, del Infitah, una política de liberalización relativa de la economía.

Fortalecido por el crédito político adquirido durante la guerra del Kippur, despliega una campaña de denigración contra la memoria de Nasser, imputando a la soberbia de su mito la responsabilidad directa de la pérdida del Sinaí.

Consumando la ruptura, normaliza las relaciones con Israel y disuelve, en 1978, los vestigios del partido socialista para fundar el Partido Nacional Democrático.

Aunque sus sucesores hayan posteriormente reintegrado a Nasser en el seno de la memoria colectiva, el Raïs deja una posteridad ambivalente entre los egipcios, revelando un abismo entre la complejidad real del hombre de Estado y la imagen del mito petrificada en el imaginario colectivo árabe.

El Baaz, el ideal panárabe desvirtuado

En lo que atañe a la segunda matriz del socialismo árabe, a saber, el partido Baaz, la historia obedece a una génesis diferente.

París, matriz del arabismo

Si bien sus fundadores se inspiran, tal como Nasser, en el resplandor cultural árabe y en las luces de la Nahda, es singularmente la experiencia de sus años de aprendizaje en París la que da lugar a su despertar a la ideología panárabe.

Este binomio confesional, que asocia al cristiano ortodoxo Michel Aflak y al sunita Salah al-Din al-Bitar, encuentra en el seno de la Unión de Estudiantes Árabes en la Sorbona un espacio de resonancia cosmopolita.

El contacto cotidiano con sus pares de otros países árabes arranca a los dos hombres del particularismo sirio para convertirlos al universalismo del arabismo.

En París, se impregnan de los círculos de influencia marxistas, al tiempo que se dejan seducir por la mística del romanticismo alemán y su concepción orgánica de la nación. No obstante, el año 1936 hace sonar la hora de las desilusiones: la victoria del Frente Popular en Francia y la negativa de Léon Blum a ratificar el tratado de independencia de Siria son vividas como una traición.

Este cisma empuja a Aflak y a Bitar a romper definitivamente con la izquierda europea, a la que postulan en adelante como consustancialmente imperialista.

Con todo, la emergencia del Baaz no podría reducirse al solo designio de sus dos teóricos: es asimismo la consecuencia de la fusión de partidos y ligas panárabes preexistentes en Siria y en Irak.

Es el caso, allende el Éufrates, del Partido de la Fraternidad Nacional (Hizb al-Ikha al-Watani), pivote del golpe de fuerza militar de 1941, al cual Michel Aflak aportará su apoyo, conceptualizándolo como la justa reconquista del poder por el pueblo iraquí frente a la ilegitimidad de la dinastía hachemita sometida a los intereses británicos.

Baaz y fascismo: el proceso instruido erróneamente

Pero ese golpe de Estado de 1941 constituye, además, la fuente originaria de uno de los más tenaces contrasentidos historiográficos que afectan al socialismo árabe: aquel que lo asimila abusivamente al fascismo.

Es cierto que, sobreviniendo en el paroxismo de la Segunda Guerra Mundial, ese golpe de fuerza servía oportunamente los intereses estratégicos del Eje. El gobierno de Defensa Nacional iraquí no tardó, por lo demás, en apropiarse de ciertos atributos fascistizantes en el seno de sus estructuras estatales, al tiempo que toleraba la difusión de manifiestos totalitarios, en primer lugar de los cuales el Mein Kampf.

Con todo, el análisis objetivo exige subrayar con precisión el carácter fundamentalmente utilitario, y no ideológico, de este acercamiento. Lejos de una auténtica convergencia, esta alianza transitoria obedecía a la fría lógica de la Realpolitik. Se trataba, para estos movimientos, de instrumentalizar el apoyo de Berlín y de Roma con el único fin de quebrar la colonización.

Resta que esta confusión se alimenta también de la trayectoria de un cierto Zaki al-Arsuzi. Si bien es cierto que este último había militado en el seno de la Liga de Acción Nacionalista (organización cuyos métodos y estética tomaban prestados amplios elementos a los fascismos europeos), no por ello dejó de rechazar de manera categórica el golpe de Estado de 1941 en Irak.

Por añadidura, al-Arsuzi repudiaba absolutamente el dogma de una raza superior; concebía la arabidad como liberada de todo determinismo étnico. Es árabe quienquiera que maneje la lengua árabe y comulgue íntimamente con la historia y el espíritu de esta cultura.

Erigiendo, paralelamente a los trabajos de Michel Aflak y de Bitar, su propio movimiento del Baaz, es al día siguiente de la Segunda Guerra Mundial, en 1947, cuando el partido se funda formalmente por la fusión de estas fuerzas concurrentes.

La simbiosis definitiva se consuma, por su parte, en 1953, mediante la incorporación al partido Baaz del Movimiento Socialista Árabe; esta alianza insufla algunos miles de militantes altamente activos al seno de la joven formación.

Es al término de este segundo congreso cuando la organización consagra su mutación doctrinal y toma oficialmente el título de Partido Baaz Árabe Socialista. El anclaje inicial del Baaz se produce en Siria, donde registra ya en las contiendas electorales de 1954 sufragios honorables.

Como se evocó supra, la organización toma parte activa en el golpe de fuerza contra la tutela naserista, cuyo centralismo asfixiante y naturaleza autocrática repudia.

Del partido al régimen: la confiscación del poder

El partido se apodera definitivamente de las riendas del Estado en marzo de 1963 al amparo de un golpe de Estado. El primer gabinete, dirigido por Salah al-Din al-Bitar, consagra entonces una mutación sociológica: por primera vez en la historia del país, el ejecutivo emana de un terreno casi exclusivamente rural.

Aunque Bitar intente abrir sus filas a las facciones naseristas a fin de conjurar el espectro de un contragolpe, resulta que el epicentro del poder ha desertado el seno de las autoridades civiles del partido (Bitar y Aflak).

El corazón decisorio reside en adelante en el seno de un aparato securitario clandestino, el Comité Militar Secreto. Este ha infiltrado metódicamente al ejército bajo el impulso de Salah Yadid, Hafez al-Asad y Muhammad Umran. Este Comité Militar termina por desalojar brutalmente al poder civil en febrero de 1966, apoderándose por la fuerza del control del Comité Central del Baaz.

Este golpe de Estado consagra un cisma irreversible del partido entre una rama siria militarizada, el "neobaazismo", y una rama iraquí que ha permanecido como refugio de la "vieja guardia" originaria.

Este cisma de 1966 tiene como efecto inmediato una polarización del poder en Damasco, oponiendo el ala radical de Salah Yadid a la facción pragmática y militar encarnada por Hafez al-Asad. La confrontación culmina en noviembre de 1970 con el "Movimiento de Rectificación" (Al-Haraka al-Tashihiyya), por el cual Asad desaloja definitivamente a su rival y se asegura el control hegemónico del aparato político y de las fuerzas armadas.

Esta mutación neobaazista atrae no obstante las iras de los padres fundadores del Baaz. Testigos impotentes de la renuncia a su ideal, los primeros pensadores del movimiento denuncian un régimen que ya no guarda vínculo alguno con el modelo original. Fustigan la instauración de un verdadero estado de barbarie y la emergencia, bajo cobertura del socialismo, de una burguesía de Estado depredadora.

Más grave aún, acusan al poder de haber instrumentalizado las fases de liberalización económica para colocar a allegados a la cabeza de las grandes empresas privadas, y ello sobre la base de lógicas propiamente tribales y confesionales, en las antípodas del secularismo del Baaz original. Para la vieja guardia, la mística panárabe ha dejado de ser el horizonte del gobierno sirio para no ser ya más que un simple instrumento de control social y de legitimación interior.

Preocupado por asentar su respetabilidad, el neobaazismo asadiano se aplica no obstante, tras la guerra de los Seis Días, a normalizar sus relaciones con el padrino egipcio, Nasser, antes de institucionalizar su hegemonía mediante la fundación del Frente Nacional Progresista. Esta coalición de fachada integra a las fuerzas naseristas y a la izquierda árabe, terminando de cooptar toda oposición.

Por el lado del Baaz iraquí, cuya rama es activa legalmente desde 1952, la trayectoria resulta no menos caótica. Si bien el partido apoya el golpe de Estado naserista de 1963, su luna de miel con el poder es de corta duración: rápidamente desalojada, la formación es objeto de una virulenta campaña de demonización.

El episodio es escenificado por sus adversarios como una liberación de Irak frente al "pandilla baazista criminal y atea", mientras que la Unión Socialista Árabe iraquí es prontamente erigida para promover una alternativa al Baaz.

La revancha se cumple en julio de 1968. Al amparo de un nuevo golpe de fuerza, el Baaz se apodera definitivamente de las palancas del Estado. Ahmad Hassan al-Bakr accede a la presidencia, flanqueado por Sadam Husein como vicepresidente. Este último se impone rápidamente como la eminencia gris del régimen, orquestando pacientemente el control de las estructuras securitarias antes de consumar su usurpación total apoderándose oficialmente de la presidencia en 1979.

Si bien se asegura el apoyo indefectible de los baazistas ortodoxos, particularmente mediante la edificación de un Estado de bienestar generoso financiado por la renta petrolera, el reforzamiento del aparato partidario y una instrumentalización vibrante del imaginario panárabe, Sadam Husein sienta simultáneamente los jalones de una espantosa máquina autoritaria.

Contrariamente al régimen sirio de Asad, el poder sadamiano mantiene una verdadera hipertrofia ideológica combinada con un aparato de represión de una sofisticación inaudita.

El barniz del régimen se resquebraja no obstante bajo el peso de los desastres militares. Al día siguiente del fiasco de la guerra de Irán y luego de la guerra del Golfo, el régimen inicia una liberalización económica para sobrevivir a las sanciones. La renuncia más recordada sobreviene en 1993 con el lanzamiento de la "Campaña de la Fe" (Al-Hamla al-Imaniyya).

Ruptura consumada con el secularismo del Baaz, esta reorientación religiosa de Estado favorece una sorprendente recuperación del presidente por las prensas afiliadas a los movimientos islamistas, mientras que entre bastidores el universalismo árabe se borra progresivamente en provecho de una política de repliegue tribal y confesional, deviniendo a veces necesaria la lealtad clánica para acceder a las funciones públicas.

En definitiva, las dos experiencias baazistas, siria e iraquí, se desviaron dramáticamente de su modelo teórico; los ideales eminentemente emancipadores del socialismo árabe se hundieron en la construcción de autocracias militares.

Con todo, no podría negarse que Damasco y Bagdad conservaron, hasta el final, afinidades con esta ideología, utilizándola, alternadamente, como vector de modernización social y, en ocasiones, como ropaje mitológico de sus regímenes.

Los otros viveros: Gadafi, Ben Bella y las periferias del modelo

Podríamos por cierto declinar largamente los avatares de los diferentes modelos socialistas árabes. Cabría evocar a Gadafi, cuya trayectoria se bifurcó desde un naserismo inicial hacia lo que se convirtió en el gadafismo, que va a reorientarse hacia el panafricanismo frente a las constataciones de fracaso del panarabismo y del socialismo árabe.

Se podrían analizar igualmente las reformas socialistas de Ben Bella en Argelia, o incluso el caso de Yemen del Sur, donde el Frente de Liberación Nacional en el poder se deslizó desde un naserismo árabe hacia un marxismo-leninismo alineado con la URSS.

No menos digno de interés aparece Túnez, donde el socialismo desturiano, aunque consagrado principalmente a la afirmación de un acoplamiento entre el particularismo y el nacionalismo tunecino, no por ello dejó de ser el teatro de enfrentamientos ideológicos entre naseristas y baazistas.

Con todo, resulta más estimulante aún examinar en qué se ha convertido esta familia política en nuestros días, y escrutar su evolución al día siguiente de las Primaveras Árabes. Estos trastrocamientos habrían podido, en teoría, insuflar una segunda oportunidad a estas formaciones históricas, ante la debacle de los gobiernos nacionalistas de tendencia social-liberal o socialdemócrata.

¿Qué queda del socialismo árabe después de las primaveras árabes?

Las herencias rotas: Siria, Irak, Libia

En Siria, la caída del régimen de Bashar el-Asad al término de una larga y devastadora guerra civil ha marcado la desaparición de la representación legal de los socialismos árabes, concretada por la prohibición pura y simple del partido Baaz y de sus formaciones aliadas.

No obstante, este derrumbe no se ha acompañado de una desaparición completa: varios grupos paramilitares permanecen activos y mantienen focos de tensión, a veces en confrontación directa con el nuevo poder establecido.

En Irak, en la estela inmediata de la invasión estadounidense de 2003, la proscripción del partido Baaz, combinada con la institucionalización de un sectarismo político, ha precipitado el ascenso de las fuerzas confesionales en detrimento de los clivajes ideológicos tradicionales, ratificando la desaparición de los partidos socialistas árabes de la escena política. Casi en todas partes, la mayoría de estos movimientos ha sufrido una profunda invisibilización.

En Libia, un repunte de impulso de la corriente socialista árabe gadafista se ha esbozado ciertamente a partir de 2020, llevado por las veleidades de candidatura de Saif al-Islam Gadafi; no obstante, su reciente desaparición y la indigencia de los medios militares de que disponía han despojado rápidamente esta tentativa de toda amenaza seria en ausencia de elecciones.

Es ciertamente en Egipto y en Túnez donde el socialismo árabe ha encontrado sus terrenos más fértiles tras las primaveras, y ello por dos razones cardinales.

Por una parte, estos Estados no estaban gobernados por partidarios del socialismo árabe en vísperas de sus respectivas revoluciones; por otra parte, estos movimientos gozaban allí de un desarrollo histórico y sedimentado mucho antes de los levantamientos.

En Egipto, este anclaje se alimentaba directamente de la poderosa herencia memorial naserista; en Túnez, se apoyaba en la vitalidad combinada del movimiento estudiantil, del aparato sindical y de la herencia del partido socialista desturiano.

Egipto: la esperanza naserista y la desilusión

En Egipto, en primer lugar, si bien los naseristas aceptan figurar en la lista de la Alianza Democrática por Egipto encabezada por los Hermanos Musulmanes (sobre la base de un cálculo electoral y para conjurar el espectro de la contrarrevolución), forzoso es constatar que se desencantan prontamente.

Al día siguiente del escrutinio parlamentario, la cofradía marginaliza totalmente a los naseristas, que entonces no pesan sino seis escaños, e incluso siete si se les agregan los naseristas ortodoxos que habían abandonado la coalición antes de las elecciones ante la hegemonía de los islamistas.

Los Hermanos Musulmanes se apoderan entonces de la totalidad de las presidencias de las comisiones parlamentarias y se aseguran el control exclusivo de la redacción de la nueva Constitución.

Con todo, en la elección presidencial de mayo de 2012, los naseristas logran imponer a un candidato de primer plano frente a Mohamed Morsi (candidato de los Hermanos Musulmanes); bajo la enseña de Hamdeen Sabahi, cosechan el 20,7 % de los sufragios y no pierden la segunda vuelta sino por tres puntos frente al candidato apadrinado por la junta militar.

Los naseristas, que hasta entonces habían puesto de lado sus divergencias ideológicas frente a los remanentes del régimen de Mubarak para preservar la unidad del ala revolucionaria, se inquietan en adelante por la "fraternización" del aparato de Estado.

Experimentan crecientes dificultades para legitimar una revolución que parece inflexionarse en revolución islámica.

El golpe de gracia sobreviene el 22 de noviembre de 2012 con la promulgación unilateral por Morsi de una Declaración Constitucional. Mediante este decreto de ruptura, el presidente se arroga poderes casi absolutos, otorgándose una inmunidad total contra todo recurso judicial y blindando a la Asamblea Constituyente contra toda tentativa de disolución.

Para los naseristas, como para la mayor parte de las fuerzas políticas seculares, la máscara acaba entonces de caer. El proyecto de los Hermanos Musulmanes se revela en adelante a plena luz, tendido hacia la instauración de una república islámica.

En reacción, más de una treintena de partidos se coaligan en el seno del Frente de Salvación Nacional egipcio, que aportará en 2013 su apoyo al movimiento Tamarod así como al golpe de fuerza del 3 de julio de 2013 conducido por el general Abdel Fattah al-Sisi.

El general Sisi sabrá por lo demás instrumentalizar magistralmente el imaginario de todos y cada uno, y más singularmente el de los naseristas que inicialmente discernirán en él la encarnación de un nuevo Nasser.

Las redes naseristas reactivan entonces la iconografía de la era del Raïs en su provecho a fin de contrarrestar la influencia de la cofradía; bajo este prisma, el 3 de julio de 2013 es conceptualizado como una revolución popular protegida por el ejército, en perfecta resonancia con el precedente de 1952. El-Sisi no se priva de explotar este paralelo, tomando prestada una retórica soberanista de acentos resueltamente sociales.

No obstante, la desilusión es rápida: muchos toman conciencia de que si el nuevo dueño de El Cairo se apropia de los contornos estéticos del naserismo, no adhiere en absoluto al socialismo árabe y se aparta de él. De allí en adelante, la corriente se fractura. Una franja elige apoyar al nuevo presidente de la República en nombre de la lucha existencial contra los Hermanos Musulmanes, mientras que otra bascula hacia la oposición.

Figura de esta resistencia, el candidato de 2012, Hamdeen Sabahi, se presenta nuevamente contra El-Sisi en 2014, afirmando que el naserismo no podría reducirse al uso del uniforme militar; no recogerá sino una marginal cifra del 3 % de los votos. En esta misma línea, se anota la emergencia del diputado Ahmed Tantawi quien, entre 2015 y 2020, encarna por sí solo la oposición naserista en el Parlamento, antes de ser definitivamente apartado de la vida política durante la secuencia electoral de 2023.

Túnez: la resistencia por las urnas

En Túnez, la situación resulta sensiblemente distinta. En un primer momento, el Partido Socialista Desturiano ha sistemáticamente trabado la emergencia de los movimientos socialistas árabes, prohibiéndoles adquirir un verdadero aparato político.

Al no lograr ya contener duraderamente estos empujes ideológicos, el régimen alentó luego la formación de partidos satélites, destinados a canalizar y encuadrar las corrientes baazistas, socialistas y naseristas, asegurando al mismo tiempo su estricta tutela.

Se trata particularmente del Partido de la Unidad Popular (PUP) y de la Unión Democrática Unionista (UDU), que tomaron parte en el juego electoral bajo la era Ben Ali; no obstante, estas dos formaciones fracasaron en obtener el más mínimo escaño tras la revolución y serán víctimas de escisiones.

A la inversa, son las corrientes clandestinas, principalmente estructuradas en el seno de la poderosa Unión General Tunecina del Trabajo (UGTT), fuerza sindical hegemónica del país, así como en el medio estudiantil, las que tomaron formas legales y partidarias al día siguiente de la revolución.

De allí en adelante, se pueden identificar al menos tres sensibilidades del socialismo árabe tunecino. La primera, de matriz específicamente naserista, es encarnada al día siguiente de la revolución por el partido Echaab (Movimiento del Pueblo). Esta formación se constituyó en la estela del Movimiento de los Unionistas Naseristas, él mismo surgido del Partido del Reagrupamiento Nacional Árabe próximo a Gadafi en 1981. En el curso de sus primeros años de existencia, el partido se fusiona con una constelación de facciones naseristas, para reforzar su anclaje electoral, históricamente situado en el sur de Túnez.

La segunda expresión del socialismo árabe en Túnez es de sensibilidad baazista. Se estructura primero al margen de las principales organizaciones políticas, a partir de redes militantes activas en el movimiento estudiantil, particularmente en el seno de la Unión General de Estudiantes Tunecinos, donde encuentra un espacio de implantación. En este mismo contexto, ciertos baazistas mantienen contactos con corrientes de la izquierda radical, entre ellas Perspectives. Sus militantes intentan asimismo, en ciertos períodos, influir o penetrar en las estructuras del Partido Socialista Desturiano sin jamás constituirse en una componente importante.

Tras el seísmo revolucionario, esta tendencia se recompone en torno a dos formaciones principales, ambas vinculadas a la ortodoxia de la facción iraquí del baazismo.

Se distingue en primer lugar el Movimiento Baaz, bajo el impulso de Othman Belhaj Amor, al que se suma el Partido de la Vanguardia Árabe Democrática; este último, pese a una afinidad marcada con la línea de Sadam Husein, supo no obstante hacer gala de una relativa apertura respecto del poder sirio.

Con todo, y a la inversa del fervor popular que continuaba portando a las corrientes naseristas, estas estructuras baazistas permanecieron confinadas a las lindes de la escena política tunecina.

La tercera declinación del socialismo árabe tunecino resulta, a decir verdad, más sujeta a discusión, articulándose en torno al marxismo-leninismo que encarna el Partido Unificado de los Patriotas Demócratas, más notoriamente conocido bajo el acrónimo de Watad o Moupad. Si bien las premisas de este artículo tendían a excluir el dogma marxista-leninista del seno del socialismo árabe stricto sensu, la trayectoria del Watad no puede sino constituir la excepción. Si bien es cierto que una parte preponderante de su ideología procede de teorías exógenas, el partido despliega un vigor panárabe tan feroz y un apego tan importante a las doctrinas soberanistas que resulta arduo no mirarlo en el espejo del arabismo socialista. Esta síntesis doctrinal es asimismo portada por figuras como Chokri Belaïd, cuya conciencia política fue moldeada por estudios de derecho en el seno del Irak baazista.

Fuertemente probadas por el veredicto de las urnas en las elecciones constituyentes de 2011, donde la porción exigua dedicada a las fuerzas naseristas y al Watad (resumiéndose respectivamente a dos y un únicos mandatos) ratificaba su marginación, estas diversas corrientes comprendieron la necesidad de superar sus atomizaciones. Es en esta óptica que, en el crepúsculo del año 2012, nació un Frente Popular destinado a federar las fuerzas de izquierda.

Esta coalición logró el tour de force de aglomerar un sustrato ideológico a priori heteróclito, maridando naseristas, baazistas y marxistas-leninistas, sumándole al mismo tiempo al Partido Comunista Obrero Tunecino, ecologistas y varias componentes de obediencia socialdemócrata o socialista democrática.

Bajo la férula de Chokri Belaïd, erigido en jefe de filas de esta agrupación, la coalición se afirmó como el polo de contestación más estridente de la transición, con una hostilidad frontal, teatralizada e inflexible respecto de Ennahda (islamistas), tanto en los dosieres societales, económicos como geopolíticos, habiendo las componentes del Frente Popular condenado en particular en varias ocasiones la ruptura de relaciones con Siria.

El asesinato de Chokri Belaïd, sobrevenido el 6 de febrero de 2013, fue el catalizador de una crisis de legitimidad para el régimen transitorio, provocando instantáneamente gigantescas movilizaciones populares a través del conjunto del territorio nacional; en esta configuración, la UGTT se interpuso como un verdadero contrapoder próximo a los socialistas árabes, capaz de escoltar la ira de las masas y de acorralar al gobierno a la dimisión inmediata.

No obstante, el reemplazo del ejecutivo por un nuevo gabinete a su vez sometido a la dirección de Ennahda.

El Frente Popular, por su parte, se vio precipitado a una nueva crisis de orientación, conminado a reinventarse un liderazgo en el momento preciso en que la formación secular Nidaa Tounes ya se aplicaba a instrumentalizar en su exclusivo provecho el resentimiento antiislamista de las clases medias. Es en este contexto que, ante las persistentes vacilaciones de la dirección de Echaab para integrarse definitivamente al Frente Popular, su secretario general, Mohamed Brahmi, eligió escindirse en 2013 para dar nacimiento a la Corriente Popular.

Los socialistas árabes tunecinos conocieron no obstante una nueva tragedia cuando Brahmi fue a su vez víctima del terrorismo islamista apenas dieciocho días después de su disidencia, liberando una nueva onda de movimientos sociales de gran amplitud, cuyo encuadramiento político y canalización la UGTT asumió una vez más la responsabilidad de asegurar.

Es finalmente bajo la enseña de Hamma Hammami, líder del Partido Comunista Obrero Tunecino, que el Frente Popular eligió emprender la carrera presidencial. Aunque su resultado del 7,82 % revelara los límites del socialismo árabe particularmente en un contexto bipartidista, la coalición logró apoderarse de quince escaños en el Parlamento (un capital que se elevaba virtualmente a dieciocho mandatos si se le agregaban los tres diputados de Echaab que habían optado por preservar su autonomía fuera de la alianza).

Afirmándose así como la principal fuerza de oposición frente a la coalición gubernamental formada entre Nidaa Tounes y Ennahda, esta postura se topó no obstante con la cuestión de su falta de representatividad frente a una coalición que representa más del 60 % del parlamento, así como con la incapacidad de estabilizar un discurso coherente capaz de conquistar el espacio público.

Minada por disensiones internas que afectaban a los desafíos societales, así como por rivalidades de liderazgo exacerbadas, la coalición se hundió en una escisión que oponía a los partidarios de Hammami a los fieles de Mongi Rahoui, surgido del Watad.

El veredicto de las urnas sancionó cruelmente esta desunión reduciendo la representación del Frente Popular a la porción exigua de un único escaño (el de Mongi Rahoui), mientras que Echaab operaba una notable irrupción adjudicándose quince mandatos.

Fortalecido por su nuevo peso político, el movimiento Echaab integró, pese al rechazo de Ennahda, el gobierno efímero formado en torno a una mayoría presidencial dirigida por Elyes Fakhfakh, donde intentó inflexionar la orientación social de las políticas públicas, antes de que ese gabinete fuera acorralado a la dimisión bajo la presión de una moción de censura impulsada por la mayoría parlamentaria.

Esta crisis de eficacia de la transición tunecina encontró su epílogo el 25 de julio de 2021 cuando el presidente Kaïs Saïed proclamó el estado de excepción y suspendió el parlamento.

Una amplia mayoría de las corrientes socialistas árabes, en primer lugar de las cuales Echaab, la Corriente Popular y los restos del Watad, optaron por aportar su unción a estas medidas excepcionales.

Esta decisión se enraíza, en primer término, en el rechazo del orden institucional postrevolucionario, donde las corrientes socialistas árabes fueron relegadas a la periferia del juego institucional y expuestas a una violencia política acrecentada, cuya responsabilidad fue ampliamente imputada a Ennahda.

En segundo término, el presidente de la República tunecino se distingue de la instrumentalización memorial y esencialmente estética del referencial socialista árabe observada en Abdel Fattah al-Sisi.

A la inversa, su relación con este último aparece más auténtica; se traduce en una adhesión más efectiva a algunos de sus pilares, particularmente la concepción de un Estado intervencionista y regulador en la economía así como una visión unitaria de la nación árabe, que no son de la mera retórica cosmética. Esta tendencia se mostró a plena luz durante su visita oficial a Egipto en 2021; en un homenaje en el mausoleo de Gamal Abdel Nasser, proclamó que Túnez le sigue los pasos y que su visión seguía siendo de actualidad.

Con todo, este discurso, aunque impregnado de un imaginario resueltamente socialista árabe y revolucionario, escapa a toda pertenencia exclusiva; se despliega bajo los rasgos de un sincretismo más vasto, que ensancha sus referencias hibridando el legado del socialismo con otras tradiciones intelectuales y jurídicas.

Desde esta perspectiva, las formaciones socialistas árabes anticipaban probablemente que la refundación así iniciada redundaría en provecho de su propia familia política. Aunque el texto de la nueva Constitución haya suscitado reservas en sus filas, el movimiento Echaab y la Corriente Popular optaron por llamar explícitamente a votar a favor del proyecto durante el escrutinio referendario. Esta inserción en el nuevo orden se concretó en su participación activa en las elecciones legislativas de 2022-2023.

Pese a un modo de escrutinio uninominal que proscribía en adelante las etiquetas partidarias, estas fuerzas lograron preservar su peso parlamentario (contrariamente a las demás fuerzas políticas) obteniendo una quincena de escaños. Se reagruparon en el seno de la asamblea bajo la enseña del bloque de la Liga Nacional Soberana, uniendo a los diputados surgidos de las corrientes de Echaab y del Watad.

No obstante, la perennidad de este bloque se topó rápidamente con la prueba de los hechos. Si bien el Watad mantuvo formalmente su lealtad respecto del proceso, las tensiones internas provocaron una escisión, fragmentando al movimiento en dos formaciones distintas que llevan el mismo nombre, una resueltamente leal y otra (relativamente) anclada en la oposición.

Paralelamente, el movimiento Echaab manifestó un desencanto progresivo frente a las orientaciones del poder. La ruptura se esbozó en la elección presidencial de 2024, donde la candidatura de su secretario general no recogió sino una porción exigua del 1,97 % de los sufragios. Estos tironeos se acentuaron en el curso del año 2025, exacerbados por las tensiones entre el gobierno y la UGTT.

Este conflicto colocó a los socialistas árabes en una postura incómoda, tornando doloroso el arbitraje entre la fidelidad a la central sindical y el apoyo al jefe del Estado.

Con ocasión de los recientes debates en torno a la ley de finanzas de 2026, el anclaje de Echaab en la oposición aparece en adelante efectivo; el partido retoma incluso el registro de la oposición en varios casos. El partido conserva no obstante un tono mesurado y diplomático, rehusando asociarse a las movilizaciones de calle orquestadas por las oposiciones a fin de privilegiar una estrategia de oposición más bien institucional.

Las trayectorias egipcia y tunecina muestran así dos modalidades de supervivencia distintas del socialismo árabe al día siguiente de las Primaveras Árabes.

Permanencias y límites de una ideología

El socialismo árabe se impuso, pues, del Egipto naserista al Irak baazista, como una de las tentativas más estructuradas del mundo árabe de producir una doctrina de emancipación nacional que le fuera propia.

Ni marxismo ortodoxo, ni liberalismo de importación, ha constituido una síntesis original, profundamente marcada por la experiencia colonial, la primacía de la unidad árabe y el voluntarismo estatal.

Al día siguiente de las Primaveras Árabes, las formaciones herederas de esta tradición permanecen presentes, aunque marginalizadas, en Egipto y en Túnez, mientras que en Siria y en Irak la proscripción del Baaz ha materialmente clausurado el capítulo institucional de esta historia.

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