Índice
- ROSTROS Y MATRICES DEL SOCIALISMO ÁRABE
- IDEAS PROVENIENTES DE AQUÍ Y DE ALLÁ: DE LA NAHDA A LENIN
- ¿POR QUÉ NO ERA MARXISMO?
- NASSER, EL PRAGMÁTICO DEL PANARABISMO
- EL BA'ATH, DEL IDEAL A LA AUTOCRACIA
- LOS OTROS VIVIENDOS: KADHAFI, BEN BELLA Y LAS PERIFERIAS DEL MODELO
- LO QUE QUEDA: EL SOCIALISMO ÁRABE TRAS LAS PRIMERAS PRIMAVERAS ÁRABES
- PERMANENCIAS Y LÍMITES DE UNA IDEOLOGÍA
Teoría
¿Está muerto el socialismo árabe?
Pero, antes de avanzar más en nuestro razonamiento, también corresponde definir lo que abarcan los socialismos árabes.
https://conciencia-democratica.vercel.app/articulos/el-socialismo-arabe-esta-muertoPor Mortadha Ghaliounji17 de junio de 202638 min de lectura
Lectura en profundidad
UNA FAMILIA IDEOLÓGICA, NO UN MODELO ÚNICO
D'emblée, notaremos el uso del plural, y ello debido a una constatación inequívoca: no existe un socialismo árabe único, sino una pluralidad de modelos distintos.
Sin embargo, pese a sus divergencias doctrinales o nacionales, no se pueden negar las profundas similitudes que los unen.
En primer lugar, estos regímenes se han caracterizado casi todos por la existencia de un aparato estatal autoritario, generalmente estructurado alrededor de una figura dirigente carismática. En segundo lugar, adoptaron economías fuertemente dirigistas, con tendencias socializadoras, al tiempo que rechazaron muchos de los aportes fundamentales del marxismo ortodoxo, en particular el paradigma de la lucha de clases. En tercer lugar, se observa una inclinación modernizadora así como una concepción más secular del papel de la religión frente al Estado.
El conjunto de estos elementos convergía hacia un imperativo considerado supremo: la emancipación nacional y la unificación de una nación árabe concebida como entidad histórica, política y civilizatoria.
ROSTROS Y MATRICES DEL SOCIALISMO ÁRABE
En efecto, es importante precisar que, cuando se habla de los socialismos árabes, no se trata de las doctrinas socialistas importadas al mundo árabe (que incluirían, entre otras, el maoísmo, el leninismo, el marxismo‑leninismo, el trotskismo o el socialismo democrático), aunque estos corrientes también hayan tenido movimientos históricos en la región.
Al contrario, se trata de doctrinas socialistas elaboradas dentro del propio mundo árabe.
Al mencionar los socialismos árabes, dos palabras vienen espontáneamente a la mente: se trata de Nasser y del partido Ba'ath.
Y esto no es fortuito; ambos constituyeron las principales matrices del socialismo árabe.
El primero representó la primera manifestación en el poder, en el conjunto de sus seguidores, mientras que el segundo encarnó la forma más estructurada, sistematizada y ideológicamente elaborada.
Aun así, el socialismo árabe no puede reducirse a esta única figura y formación.
También es necesario mencionar la Jamahiriya de Kadhafi, el Frente de Liberación Nacional en Argelia, particularmente bajo la presidencia de Ahmed Ben Bella, así como, en cierta medida, algunas facciones del Partido Socialista destourien en Túnez.
Así como los movimientos socialistas árabes tanto en Yemen como en Sudán.
IDEAS PROVENIENTES DE AQUÍ Y DE ALLÁ: DE LA NAHDA A LENIN
Sin embargo, se inscriben en un marco histórico relativamente común, la mayoría extrayendo sus orígenes de la Nahda (Renacimiento árabe), un período a finales del siglo XIX marcado por una intensa efervescencia intelectual, lingüística y cultural en el mundo árabe, en reacción al choque de la colonización europea.
Esta revolución cultural se traduce, entre otras cosas, en una transformación progresiva del idioma árabe con el objetivo de facilitar la comunicación, el periodismo y la producción científica e intelectual.
Conduce al surgimiento del árabe literario moderno (al‑fuṣḥā), que se impone progresivamente en el ámbito del mundo árabe como lengua de referencia para la prensa, la literatura y la enseñanza.
En un espacio, además, fragmentado por una gran diversidad dialectal (a veces mutuamente ininteligible), esta estandarización constituye uno de los primeros pilares de una conciencia cultural común.
Esta modernización lingüística también va acompañada de la importación y traducción de conceptos filosóficos y políticos europeos, tales como la justicia social, la lucha de clases o el constitucionalismo. Así abre la vía a nuevas lentes de interpretación del mundo social y político.
En este contexto también emergen varias sensibilidades socialistas, difundidas por grandes revistas como Al‑Muqtataf, así como por figuras intelectuales como el egipcio Salama Moussa, particularmente a través de su obra al‑Ishtirakiyyah (El Socialismo) publicada en 1913.
La intrusión de las ideas socialistas en el mundo árabe toma una nueva dirección a partir de la década de 1920.
La Unión Soviética, ahora potencia en busca de influencia internacional, ejerce una influencia creciente sobre varias figuras intelectuales y políticas árabes.
Esta influencia se inicia particularmente con el Manifiesto a los trabajadores musulmanes de Rusia y Oriente, co‑redactado por Lenin en 1917, que contribuye a difundir una primera lente de interpretación revolucionaria en los espacios colonizados y periféricos y en los que, tras la falta de correspondencia Hussein‑McMahon.
Continúa a principios de los años 20 con la creación, en Egipto, del primer partido socialista en 1921, y luego la difusión, al año siguiente, de la obra de Lenin El Estado y la Revolución.
A lo largo de los años 20 y 30, esta circulación se intensifica gracias a las traducciones de los escritos de Marx así como de los grandes textos fundadores del socialismo europeo.
A esto se suma el papel de una élite árabe formada o en contacto con Europa, que, en el marco de las luchas anticoloniales, encuentra a menudo en los movimientos socialistas europeos aliados políticos y recursos teóricos para concebir la emancipación.
Sin embargo, lo que distingue a los socialistas árabes de otras corrientes de izquierda reside en su relación ambivalente, incluso crítica, con los aportes del marxismo clásico.
¿POR QUÉ NO ERA MARXISMO?
Observamos primero un rechazo del materialismo histórico, en la medida en que, a diferencia del socialismo árabe (profundamente moldeado por una matriz nacionalista y por la experiencia del colonialismo), el marxismo se revela como una tradición internacionalista.
Del mismo modo, los socialistas árabes rechazan generalmente el ateísmo de Estado y la distancia total del hecho religioso, privilegiando, al contrario, un enfoque más flexible, basado en la libertad de creencia. Para muchos de ellos, el islam representa la propia expresión del genio de una civilización árabe.
En esta perspectiva, varios dirigentes han buscado legitimar el socialismo árabe invocando una compatibilidad, incluso afinidad, entre islam y socialismo. Esta lectura es notablemente visible en figuras como Nasser y Bourguiba, por nombrar solo a ellos.
En segundo lugar, el rechazo de la lucha de clases es particularmente marcado.
Se explica por el hecho de que numerosos líderes árabes privilegian una lectura del conflicto político centrada no en la oposición entre proletariado y burguesía, sino en el enfrentamiento entre pueblos colonizados y potencias imperiales.
En esta óptica, la principal oposición no es social sino nacional, a saber, la de un pueblo unido y solidario frente al enemigo colonial.
Esta concepción se encuentra, por ejemplo, en Kadhafi, quien interpreta la dominación de una clase sobre otra como una forma de tiranía.
Finalmente, los socialistas árabes no conciben la propiedad privada como un problema en sí. A diferencia de ciertas tradiciones marxistas, no buscan necesariamente su abolición, sino más bien su regulación al servicio del interés colectivo y del desarrollo nacional.
En última instancia, y sin duda el elemento más determinante, no persiguen la misma finalidad.
El socialismo árabe no busca la instauración del comunismo; se presenta ante todo como un instrumento al servicio del desarrollo de los Estados árabes. Es una herramienta política y económica, más que una doctrina ideológica rígida.
Por eso varios pensadores y dirigentes del socialismo árabe no han dudado en alejarse, con el tiempo, de un socialismo intervencionista estricto, para acercarse a formas de socialismo de mercado, incluso a veces al social‑liberalismo.
Para delimitar la sustancia del socialismo árabe, nuestro examen se circunscribe aquí a las fisionomías de Nasser y del Ba'ath.
NASSER, EL PRAGMÁTICO DEL PANARABISMO
El primero capta la atención, a pesar de su fervor popular como herald del panarabismo, Nasser se revela, a la prueba de los hechos, como un pragmático de la acción mucho más que como revolucionario fanático.
Si su condición de origen lo asemeja a los cuadros baathistas (esta creciente burguesía media), un abismo intelectual lo separa.
Su juventud no fue moldeada por el nacionalismo árabe en sentido estricto, sino por un nacionalismo egipcio feroz, nutrido de las fuentes de Mustafa Kamel y Tawfiq al‑Hakim.
A esa base se agregan influencias eclécticas: la filosofía de la Ilustración, el culto a los grandes dirigentes de la historia, las lecturas anticoloniales de Gandhi, así como los dogmas socialistas de la rigurosidad de Marx al audacia de Lenin, hasta los bordes del trotskismo.
Se suma, finalmente, la huella más discreta del reformismo laborista británico.
Cabe también recordar el estrecho vínculo que Nasser mantuvo, un tiempo, con la hermandad de los Hermanos Musulmanes.
El hecho más destacado data de 1947, cuando el futuro raís selló su subordinación con un juramento de lealtad ante el guía supremo de los Hermanos Musulmanes, Hassan al‑Banna.
Aunque ese acercamiento obedeció a estrictas necesidades de estrategia militar (la hermandad disponía entonces de un aparato paramilitar actuante en el Sinaí), el acontecimiento no deja de ser un hito capital de su itinerario político.
De ese conjunto de especulaciones socialistas, unido a un atavismo religioso y a un nacionalismo sombrío, nació la síntesis que más tarde se llamaría socialismo árabe nasserista.
A esa estructura se añade la experiencia vivida.
En primer lugar, la carrera en el ejército y, particularmente, el asalto al Palacio Real en 1942 por las cohortes británicas, ancló en él la visión de una monarquía exangüe, dañada de indignidad e incapaz de sostener el destino de Egipto.
Ese enfrentamiento semítico alimentó una hostilidad hacia el trono, consolidando en él un temperamento bastante revolucionario.
Sin embargo, el bautismo de fuego fue la guerra de 1948 en Palestina, que cambió radicalmente su visión de la región.
Le arrancó de su insularidad egipocéntrica y le abrió los horizontes del mundo árabe.
El destino de la patria le apareció entonces indeleble del de sus vecinos; la región se impuso en su espíritu como un todo orgánico.
Paralelamente, se arraigó en él la certeza de que el desastre de la guerra de 1948 no provenía de fallas del ejército, sino de la prevaricación y decadencia del régimen.
De regreso de Palestina, reforzado por esas certezas, Nasser lanzó los cimientos del Movimiento de los Oficiales Libres.
Esa alianza clandestina fomentó el golpe de Estado del 23 de julio de 1952, episodio que Nasser calificó de revolución, y puso fin a la monarquía para instaurar la República.
En una primera fase, la magistratura suprema recayó en el general Mohamed Naguib (sirviendo solo como sustituto o fachada para Nasser).
Nasser comprendió que Egipto, para admitir tal transformación, requería una figura totémica, un héroe de guerra probado, más que una junta de oficiales anónimos.
Sin embargo, pronto surgieron líneas de fractura irreparables entre los dos hombres.
Naguib deseó representarse como defensor de una tradición democrática y parlamentaria, apoyado por sus vínculos con el Wafd y la hermandad de los Hermanos Musulmanes.
Por el contrario, Nasser y el Consejo de Mando de la Revolución abogaron por un autoritarismo salvador (una dictadura justa) indispensable, según ellos, para la rápida ejecución de reformas agrarias y sociales. Esta visión condujo a la creación del Movimiento de Liberación, erigido en partido único.
En febrero de 1954, Nasser cruzó el Rubicón y secuestró a Naguib.
La audacia resultó prematura, pues las fuerzas políticas y las masas se movilizaron con singular prontitud.
En el corazón mismo del Consejo, Khalid Mohieddine rompió las filas y desplegó sus blindados para liberar al antiguo general de sus carceleros, evitando in extremis la spectro de una guerra civil.
No obstante, Nasser aprovechó la ocasión para convertirse en Primer Ministro, mientras el aparato del Estado orquestó una formidable campaña de descrédito, pintando a Naguib como un anciano pusilánime, subordinado a las potencias de la reacción.
Fue el atentado de Mansourah, en octubre de 1954, supuestamente fomentado por la hermandad de los Hermanos Musulmanes contra la persona de Nasser, lo que selló el destino del presidente. Acusado de connivencia con los regicidas, Naguib fue definitivamente destituido de sus cargos y puesto bajo arresto domiciliario, dejando libre paso al triunfo nasserista.
Desde entonces, Nasser se aseguró la alta mano sobre todo el aparato estatal.
Consolidó la edificación de un Estado militar profundo, donde el ejército colonizaba las funciones administrativas y se adjudicaba una verdadera economía paralela.
Al hacerlo, forjó una relación que se encontrará en la casi totalidad de los regímenes socialistas árabes: la alianza orgánica entre el aparato militar y las clases populares.
Paralelamente, Nasser esbozó su propia arquitectura filosófica, apoyado por Mohamed Heikal.
Teorizó la situación de Egipto en la confluencia de tres polos (africano, islámico y árabe), postulando que el girón árabe revistía una primacía estratégicamente alta.
Para Nasser, ese polo constituía una esfera de influencia eminentemente conquistable, una tierra de expansión para Egipto que apostaba audazmente al crepúsculo de las potencias coloniales y buscaba contrarrestar las alianzas prooccidentales gestándose en Mesopotamia y Persia.
Si la Conferencia de Bandung en 1955 puso los cimientos del no alineamiento, el golpe maestro absoluto fue la nacionalización de Suez, ya que la derrota militar inicial se transformó en una rotunda victoria política frente a las potencias coloniales y a Israel.
Nasser dejó de ser solo el maestro de Egipto; se erigió, a los ojos de los pueblos árabes entonces subjuguidos, en el "Raís" providencial.
Sin embargo, esa inmensa estatura, al permitirle imponerse como un mastodonte geopolítico en el mundo árabe y en África, lo condenó simultáneamente a convertirse en rehén de la mistificación que él mismo había construido.
Así, en 1958, cuando Siria estaba oscurecida por el espectro de un golpe de Estado comunista, los ediles sirios y los estados mayores políticos (particularmente el partido Ba'ath) ofrecieron a Nasser, sobre un plato de plata, un proyecto de unión inmediata.
Ante esa oferta, el Raís se mostró muy circunspecto, pues consideraba que tal arquitectura exigía al menos un lustro de maduración institucional y social.
No obstante, presionado por la insistencia febril de los dirigentes sirios respecto a la urgencia de frenar el comunismo, y consciente de que cualquier rechazo sería percibido como una traición catastrófica ante los pueblos árabes, Nasser se vio acorralado a dar ese salto al desconocido.
Erigió así la República Árabe Unida, flanqueada por el partido de la Unión Nacional, un nuevo partido único dentro del cual el propio Ba'ath se disolvió, pues sus dirigentes esperaban apropiarse rápidamente de la dirección del nuevo aparato partidario.
Sin contar la determinación del Raís, Nasser allí ostracizó sin demora toda facción que no le fuera servilmente subordinada.
Las elecciones de julio de 1959 se administraron, en este sentido, sobre un total de 9 445 escaños, asignando la porción congrua de 250 mandatos apenas a los candidatos del Ba'ath.
Paralelamente, la euforia inicial en Damas, donde Nasser fue aclamado bajo los rasgos de un nuevo Saladín, cedió paso a un amargo desencanto.
Al modelo federal imaginado se sustituyó un jacobinismo unitario ferozmente centralizado; Siria se vio relegada al rango de provincia subordinada del poder egipcio.
Su tejido económico no resistió al dirigismo de las reformas, particularmente al giro doctrinal de 1961, marcado por exorbitantes nacionalizaciones, mientras el aparato represivo del régimen se endurecía.
El 28 de septiembre de 1961, la experiencia se terminó brutalmente; una coalición de militares sirios y organizaciones políticas (encabezada por el Ba'ath) rompió de golpe la experiencia mediante un golpe de fuerza y restableció la soberanía de Siria.
Ese fracaso sumió a Nasser en la desolación; lo vio como un fracaso personal apabullante, pero discernió sobre todo la obra perniciosa de una infiltración de fuerzas reaccionarias.
Resolvió entonces emprender lo que se calificaría como "segunda revolución".
Esta se inició en 1962 con una reforma radical del partido único, rebautizado como la Unión Socialista Árabe.
A partir de entonces, renunciando a un simple partido de cadres que caracterizaba la organización anterior, esta nueva máquina política ambicionaba encuadrar directamente a las masas.
El partido adoptó entonces los contornos de los grandes partidos de masas del bloque comunista, articulado alrededor del modelo de vanguardia.
Así se abrió la era de un socialismo de Estado intransigente, dictado por oleadas de nacionalizaciones masivas, con el resultado de que, a partir de 1965, el poder público captaba y controlaba el 85 % de la producción industrial.
Simultáneamente, se orquestaron vastas purgas contra organizaciones reputadas como parte del arco reaccionario.
Mientras las facciones nasseristas se dispersaban por el mundo árabe, la Carta Nacional de 1962 consagró el advenimiento de un "socialismo científico". El texto doctrinal formalizó el principio de unidad de objetivo, lo que significa que la unificación política ya no se concibe de manera indiscriminada, sino que se circunscribe rigurosamente a los únicos Estados árabes que comulgan en los mismos designios nacionales y socialistas, excluyendo de hecho cualquier fusión con regímenes monárquicos o movimientos anti‑nasseristas.
La guerra de los Seis provocó una nueva onda de choque; marchitó brutalmente el prestigio tan arduamente conquistado por el Raís y quebró el impulso del socialismo árabe.
Afligido, Nasser anunció solemnemente su dimisión, para luego efectuar una vuelta de página inmediata ante el rebote y el rechazo de las multitudes populares que descendían masivamente a la calle.
Más allá de ese episodio, la derrota sumió a todos los regímenes árabes en una fase dolorosa de autocrítica.
El propio Nasser se vio acorralado a una evidencia cruel: la derrota de 1948 no podía ya atribuirse cómodamente sólo a los vicios de una institución monárquica deteriorada.
En el vacío ideológico creado por este retroceso, los corrientes marxistas por un lado, y los islamistas por otro, hallaron un espacio inesperado para germinar.
Simultáneamente, en Palestina, el antiguo enfrentamiento judeo‑árabe se desvaneció progresivamente para ceder el lugar al conflicto israelo‑palestino, con la aparición de la OLP, marcando el paso de un antagonismo étnico a dos concepciones decididamente nacionales.
Desde entonces, el propio Nasser se resolvió a despojar su postura de la carga mesiánica y de su romanticismo revolucionario.
Adoptando ahora los rasgos de un líder de Estado realista, recentró prioritariamente sus ambiciones al único girón egipcio.
Es bajo este prisma pragmático que suscribió la Resolución 242 de la ONU, entablando la fórmula de un compromiso territorial a cambio de la paz (sin, sin embargo, abdicar de su hostilidad hacia el Estado hebreo).
Mientras el aparato militar egipcio se reconstruye pacientemente tras el desastre, el Manifiesto de 1968 esboza un desbloqueo del sistema político y sienta las bases de un Estado moderno, ahora asentado en los preceptos de la ciencia y la autoridad de la razón.
A su muerte, la presidencia recayó en su vicepresidente, Anouar el‑Sadate, quien inaugura lo que él califica de "revolución correctiva".
Este proceso resulta una empresa metódica de desnasserización del Estado egipcio, iniciada por una reforma de las instituciones y el encarcelamiento de los barones cercanos a Nasser.
Proclamado el "presidente creyente", Sadate orquesta un acercamiento con los Hermanos Musulmanes, decretando la amnistía y la liberación de varios de sus militantes.
En el plano doctrinal, consagra el repliegue sobre la egipción a expensas del panarabismo y aparta a Egipto de la órbita soviética para alinearlo con el bloque estadounidense.
Este pivote geopolítico se acompaña, a partir de 1974, del Infitah, una política de liberalización relativa de la economía.
Fortificado por el crédito político adquirido durante la guerra del Yom Kipur, despliega una campaña de descrédito contra la memoria de Nasser, imputando a la gloria de su mito la responsabilidad directa de la pérdida del Sinaí.
Absorbida la ruptura, normaliza las relaciones con Israel y disuelve, en 1978, los restos del partido socialista para fundar el Partido Nacional Democrático.
Aunque sus sucesores hayan reincorporado posteriormente a Nasser en el girón de la memoria colectiva, el Raís deja una posteridad ambivalente entre los egipcios, revelando un abismo entre la complejidad real del hombre de Estado y la imagen fijada por la historia contemporánea.
EL BA'ATH, DEL IDEAL A LA AUTOCRACIA
En lo que respecta a la segunda matriz del socialismo árabe, a saber el partido Ba'ath, la historia obedece a una génesis diferente.
Si sus fundadores se inspiran, al estilo de Nasser, en el resplandor cultural árabe y en los destellos de la Nahda, es singularmente la experiencia de sus años de aprendizaje en París lo que despierta su ideología panárabe.
Este binomio confesional inédito, asociando al cristiano ortodoxo Michel Aflak y al suní Salah al‑Din al‑Bitar, encuentra en la Unión de Estudiantes Árabes en la Sorbona un espacio de resonancia cosmopolita.
El contacto cotidiano con sus pares de otros países árabes arranca a los dos hombres de un particularismo sirio estricto para convertirlos al universalismo del arabismo.
En París se empapan de los círculos de influencia marxistas, al tiempo que se dejan seducir por la mística del romanticismo alemán y su concepción orgánica de la nación.
Sin embargo, el año 1936 marcó la hora de las desilusiones; la victoria del Frente Popular en Francia y el rechazo de Léon Blum a ratificar el tratado de independencia de Siria se vivieron como una traición.
Ese cisma empuja a Aflak y Bitar a romper de forma definitiva con la izquierda europea, que postulan desde entonces como inherentemente imperialista.
No obstante, el surgimiento del Ba'ath no puede reducirse al solo propósito de sus dos teóricos; es también la consecuencia de la fusión de partidos y ligas panárabes preexistentes en Siria e Irak.
Es el caso, más allá del Éufrates, del Partido de la Fraternidad Nacional (Hizb al‑Ikha al‑Watani), eje del golpe de fuerza militar de 1941.
Michel Aflak aportará su onzón a esta seditión, que conceptualiza, en su propio paradigma, como la justa reconquista del poder por el pueblo iraquí frente a la ilegitimidad de la dinastía hachemita subordinada a intereses británicos.
El golpe de estado de 1941 constituye, además, la fuente originaria de uno de los más tenaces equívocos historiográficos que afectan al socialismo árabe, aquel que lo asimila abusivamente al fascismo.
Es verdad que, surgiendo en el clímax de la Segunda Guerra Mundial, este golpe de fuerza sirvió oportunamente a los intereses estratégicos del Eje.
El gobierno de Defensa Nacional iraquí no tardó, por supuesto, en apropiarse de ciertos atributos fascistas dentro de sus estructuras estatales y partidarias, mientras toleraba la difusión de manifiestos totalitarios, entre los que destacaba Mein Kampf.
Sin embargo, el análisis científico exige subrayar con precisión el carácter fundamentalmente utilitario, y no ideológico, de este acercamiento.
Lejos de una auténtica convergencia, esta alianza transitoria obedecía a la fría lógica de la Realpolitik, aquella que sostiene que el enemigo de mi enemigo es mi amigo.
Se trataba, para estos movimientos, de instrumentalizar el apoyo de Berlín y Roma con el único fin de romper la colonización.
Queda que esta confusión se alimenta también en la trayectoria de un cierto Zaki al‑Arsouzi.
Si bien es cierto que este último militó dentro de la Liga de Acción Nacionalista (organización cuyas métodos y estética tomaban amplios rasgos de los fascismos europeos), no rechazó, sin embargo, de manera categórica el golpe de estado de 1941 en Irak.
Por otro lado, Arsouzi repudiaba absolutamente el dogma de una raza superior; concebía que la arabidad se liberaba de todo determinismo étnico. Es árabe quien maneja la lengua árabe y se comunica íntimamente con la historia y el espíritu de esa cultura.
Erigiendo, paralelamente a los trabajos de Michel Aflak y Bitar, su propio movimiento de la Resurrección (Ba'ath), es al día siguiente de la Segunda Guerra Mundial, en 1947, que el partido se funda formalmente mediante la fusión de esas fuerzas concurrentes.
La simbiosis definitiva se concreta, a su vez, en 1953, con la incorporación al partido Ba'ath del Movimiento Socialista Árabe.
Esta alianza orgánica insufla algunos miles de militantes altamente activos dentro de la joven formación.
Es al término de este segundo congreso que la organización consagra su mutación doctrinal y adopta oficialmente el título de Partido Ba'ath Árabe Socialista.
El arraigo inicial del Ba'ath se produce en Siria, donde registra desde las contiendas electorales de 1954 votaciones honorables.
Como se evocó antes, la organización toma una parte activa en el golpe de fuerza contra la tutela nasserista, del que rechaza el centralismo asfixiante y la naturaleza autocrática.
El partido se adueña definitivamente de las riendas del Estado en marzo de 1963, a través de un golpe de estado. El primer gabinete, dirigido por Salah al‑Din al‑Bitar, consagra entonces una mutación sociológica: por primera vez en la historia del país, el ejecutivo emana de un terreno casi exclusivamente rural.
Aunque Bitar intenta abrir sus filas a las facciones nasseristas para conjurar el espectro de un contragolpe, se constata que el epicentro efectivo del poder ha abandonado el girón de las autoridades civiles (Bitar y Aflak).
El núcleo decisorio reside ahora dentro de un aparato de seguridad clandestino, el Comité Militar Secreto.
Este último ha nucleado metodicamente al ejército bajo la impetuosidad de Salah Jadid, Hafez al‑Assad y Muhammad Umran.
El Comité Militar finalmente evinciona brutalmente al poder civil en febrero de 1966, apoderándose por la fuerza del control del Comité Central del Ba'ath.
Ese golpe de estado consagra una escisión histórica irreversible del partido entre una rama siria militarizada, el "neo‑baathismo", y una rama iraquí que permanece el refugio de la "vieja guardia" originaria.
Esta escisión de 1966 produce como efecto inmediato una polarización del poder en Damas, enfrentando el ala radical de Salah Jadid con la facción pragmática y militar encarnada por Hafez al‑Assad.
El enfrentamiento culmina en noviembre de 1970 durante el "Movimiento de rectificación" (Al‑Haraka al‑Tashihiyya), por el cual Assad elimina definitivamente a su rival y se asegura el control hegemónico del aparato político y de las fuerzas armadas.
Esta mutación neo‑baasista, sin embargo, atrae la ira de los padres fundadores del Ba'ath.
Testigos impotentes del reniego de su ideal, los primeros pensadores del movimiento denuncian un régimen que ya no tiene vínculo con el modelo original.
Fustigan la instauración de un verdadero estado de barbarie y la aparición, bajo el pretexto del socialismo, de una burguesía del Estado depredadora.
Más grave aún, acusan al poder de haber instrumentado fases de liberalización económica para colocar a allegados a la cabeza de grandes empresas privadas y de hacerlo bajo lógicas propiamente tribales y confesionales, contrarias al secularismo intransigente del Ba'ath original.
Para la vieja guardia, la mística panárabe dejó de ser el horizonte del gobierno sirio para convertirse en un simple instrumento de control social y de legitimación interna.
Preocupado por afianzar su respetabilidad, el neo‑baaismo asadista se apega, no obstante, después de la guerra de los Seis Días, a normalizar sus relaciones con el padrino egipcio, Nasser, antes de institucionalizar su hegemonía mediante la fundación del Frente Nacional Progresista. Esta coalición fachada integra las fuerzas nasseristas y la izquierda árabe, terminando por cooptar toda oposición.
Del lado del Ba'ath iraquí, cuya rama está activa legalmente desde 1952, la trayectoria resulta igualmente caótica.
Si el partido apoyó el golpe de estado nasserista de 1963, su luna de miel con el poder es breve; rápidamente es desplazado, y la formación sufre una virulenta campaña de difamación.
Ese episodio es entonces presentado por sus adversarios como una verdadera liberación de Irak frente al "gángster baasista criminal y ateo", mientras la Unión Socialista Árabe iraquí se erige rápidamente para promover una alternativa al Ba'ath.
La venganza se consuma en julio de 1968. Con la ayuda de un nuevo golpe de fuerza, el Ba'ath se adueña definitivamente de los mecanismos del Estado.
Ahmad Hassan al‑Bakr accede a la presidencia, flanqueado por Saddam Hussein como vicepresidente. Este último se impone de inmediato como la eminencia gris del régimen, orquestando pacientemente el control de las estructuras de seguridad antes de consumar su usurpación total al asumir oficialmente la presidencia en 1979.
Si asegura el apoyo incondicional de los baasitas ortodoxos, particularmente mediante la edificación de un Estado‑bienestar generoso financiado por la renta petrolera, el refuerzo del aparato partidario y una instrumentalización vibrante del imaginario panárabe, Saddam Hussein simultáneamente sienta los pilares de una terrible máquina autoritaria.
A diferencia del régimen sirio de Assad, el poder sadamista mantiene una verdadera hipertrofia ideológica combinada con un aparato de represión de una sofisticación inaudita.
Sin embargo, el barniz del régimen se rompe bajo el peso de los desastres militares.
Tras el fiasco de la guerra Irán‑Irak y luego de la guerra del Golfo, el régimen inicia una liberalización económica para sobrevivir a las sanciones.
El reniego más citado ocurre en 1993 con el lanzamiento de la "Campaña de la Fe" (Al‑Hamla al‑Imaniyya).
Ruptura consumada con el secularismo histórico del Ba'ath, esta reorientación religiosa del Estado favorece una sorprendente recuperación del presidente por los medios afiliados a los movimientos islamistas.
En las sombras, el universalismo árabe se disipa definitivamente a favor de una política de repleción tribal y confesional, la lealtad clanica volviéndose a veces necesaria.
En definitiva, ambas experiencias baasistas, siria e iraquí, se han desviado dramáticamente de su modelo teórico.
Los ideales eminentemente emancipadores del socialismo árabe se han deteriorado en la construcción de autocracias militares.
Sin embargo, no se puede negar que Damas y Bagdad han conservado, hasta el final, afinidades con esta ideología, utilizándola alternadamente como un potente vector de modernización social y como el vestuario mitológico de sus regímenes.
LOS OTROS VIVIENDOS: KADHAFI, BEN BELLA Y LAS PERIFERIAS DEL MODELO
Podríamos ciertamente enumerar extensamente los avatares de los diferentes modelos socialistas árabes. Podríamos evocar a Kadhafi, cuya trayectoria bifurcó de un nasserismo inicial hacia lo que se convirtió en kadhafismo, que se reorientó hacia el panafricanismo ante el fracaso del panarabismo y del socialismo árabe.
Podríamos igualmente analizar las reformas socialistas de Ben Bella en Argelia, o el caso del Sur‑Yemen, donde el Frente de Liberación Nacional en el poder se deslizó de un nasserismo árabe hacia un marxismo‑leninismo alineado con la URSS.
No menos digno de interés aparece Túnez, donde el socialismo destourien, aunque principalmente dirigido a la afirmación de una combinación entre el particularismo y el nacionalismo tunecino, no dejó de ser el teatro de enfrentamientos ideológicos entre nasseristas y baathistas.
Sin embargo, resulta aún más estimulante examinar qué ha sido de esta familia política en la actualidad, y escudriñar su evolución tras la primavera árabe.
Estos cambios podrían haber, en teoría, insuflado una segunda oportunidad a estas formaciones históricas, frente al colapso de los gobiernos nacionalistas de tendencia social‑liberal o social‑demócrata.
LO QUE QUEDA: EL SOCIALISMO ÁRABE TRAS LAS PRIMERAS PRIMAVERAS ÁRABES
En Siria, en primer lugar, la caída del régimen de Bashar al‑Assad al término de una larga y devastadora guerra civil selló la aniquilación de la representación de los socialismos árabes, materializada con la prohibición pura y simple del partido Ba'ath y de sus formaciones aliadas.
En Irak, en la estela inmediata de la invasión estadounidense de 2003, la proscripción del partido Ba'ath combinada con la institucionalización de un sectarismo político precipitó el ascenso de fuerzas confesionales en detrimento de los clivajes ideológicos tradicionales, acentuando la desaparición de los partidos socialistas árabes del escenario político.
En demás lugares, la mayoría de estos movimientos han sufrido una profunda invisibilización.
En Libia, un resurgimiento del corriente socialista árabe kadhafista sí se esbozó a partir de 2020, impulsado por las aspiraciones de candidatura de Seif al‑Islam Kadhafi; sin embargo, su reciente desaparición y la escasez de recursos militares de los que disponía rápidamente disiparon esta tentativa de amenaza seria en ausencia de elecciones.
Es, sin duda, en Egipto y en Túnez donde el socialismo árabe ha encontrado sus terrenos más fértiles tras las primaveras, y por dos razones cardinales.
Por una parte, esos Estados ya no estaban gobernados por partidarios del socialismo árabe al borde de sus revoluciones respectivas; por otra, esos movimientos disfrutaban de un desarrollo histórico y sedimentado mucho antes de los levantamientos.
En Egipto, este arraigo se alimentaba directamente del poderoso legado memorístico nasserista; en Túnez, se apoyaba en la vitalidad combinada del movimiento estudiantil, del aparato sindical y del legado del partido socialista destourien.
En Egipto, en primer lugar, si los nasseristas aceptan figurar en la lista de la Alianza Democrática para Egipto liderada por los Hermanos Musulmanes (sobre la base de un cálculo electoral y para conjurar el espectro de la contrarrevolución), es evidente que pronto se desilusionan.
Al día siguiente de la votación parlamentaria, la hermandad marginaliza totalmente a los nasseristas, que apenas suman seis escaños, o siete si se añaden los nasseristas ortodoxos que abandonaron la coalición antes del voto ante la hegemonía de los islamistas.
Los Hermanos Musulmanes se apoderan entonces de la totalidad de las presidencias de las comisiones parlamentarias y aseguran el control exclusivo de la redacción de la nueva Constitución.
Sin embargo, en la elección presidencial de mayo de 2012, los nasseristas logran imponer un candidato de primer plano frente a Mohamed Morsi, bajo la bandera de Hamdeen Sabahi; recogen el 20,7 % de los sufragos, quedándose a tres puntos del segundo turno frente al candidato avalado por la junta militar.
Los nasseristas, que hasta entonces habían dejado de lado sus divergencias ideológicas frente a los remanentes del régimen de Mubarak para preservar la unidad del ala revolucionaria, ahora se preocupan por la "fraternización" del aparato del Estado.
Cada vez les resulta más difícil legitimar una revolución que parece volverse una revolución islámica.
El golpe de gracia llega el 22 de noviembre de 2012 con la promulgación unilateral por Morsi de una Declaración constitucional.
Con ese decreto de ruptura, el presidente se arrebata poderes casi absolutos, concediéndose una inmunidad total contra cualquier recurso judicial y blindando a la Asamblea constituyente contra cualquier intento de disolución.
Para los nasseristas, como para la mayor parte de las fuerzas políticas laicas, la máscara viene entonces a caer.
El proyecto de los Hermanos Musulmanes se revela ahora al público, orientado a la instauración de una república islámica. En reacción, más de una treinta partidos se coaliguan dentro del Frente Nacional de Salvación egipcio, que en 2013 aportará su apoyo al movimiento Tamarod y al golpe de fuerza del 3 de julio de 2013 liderado por el general Abdel Fattah al‑Sissi.
El general Sissi, a su vez, sabrá magistralmente instrumentalizar el imaginario de todos y, más concretamente, de los nasseristas que inicialmente perciben en él la encarnación de un nuevo Nasser.
Las redes nasseristas reactivan entonces la iconografía de la era del Raís en su favor para contrarrestar la influencia de la hermandad; en este prisma, el 3 de julio de 2013 se conceptualiza como una revolución popular protegida por el ejército, en perfecta resonancia con el precedente histórico de 1952. El‑Sissi no se abstiene de explotar este paralelismo, adoptando una retórica soberanista con acentos resueltamente sociales.
No obstante, la desilusión es rápida; muchos toman consciencia de que, si el nuevo maestro de El Cairo se apropia de los rasgos estéticos del nasserismo, no adhiere al socialismo árabe y se distancia de él.
A partir de entonces, la corriente se fractura.
Una franja elige apoyar al nuevo presidente de la República en nombre de la lucha existencial contra los Hermanos Musulmanes, mientras otra cae en la oposición.
Figura principal de esta resistencia, el candidato de 2012, Hamdeen Sabahi, se presenta de nuevo contra Sissi en 2014, afirmando que el nasserismo no puede reducirse al porte militar, y apenas logrará un puntaje marginal del 3 % de los votos. En la misma línea, se observa la aparición del diputado Ahmed Tantawi que, entre 2015 y 2020, encarna por sí solo la oposición nasserista en el Parlamento, antes de ser definitivamente excluido de la vida política en la secuencia electoral de 2024.
En Túnez, la situación resulta sensiblemente diferente.
En una primera fase, el Partido Socialista Destourien ha impedido sistemáticamente el surgimiento de los movimientos socialistas árabes, prohibiéndoles adquirir un verdadero aparato político.
Al no poder contener durablemente estos empujones ideológicos, el régimen favoreció luego la creación de partidos satélite para confinar allí las ideologías baathistas, socialistas y nasseristas, que utilizaba para controlarlos.
Se trata, entre otras, del Partido de la Unidad Popular (PUP) y de la Unión Democrática Unionista (UDU), que participaron en la contienda electoral bajo la era de Ben Ali; sin embargo, ambas formaciones fracasaron en obtener el menor asiento después de la revolución.
En contraste, son los movimientos clandestinos, estructurados principalmente dentro de la poderosa Unión General Tunecina del Trabajo (UGTT), fuerza sindical hegemónica del país, y en el medio estudiantil, los que adoptaron formas legales y partidarias tras la revolución.
A partir de entonces, se pueden identificar al menos tres sensibilidades del socialismo árabe tunecino. La primera, de matriz específicamente nasserista, está encarnada, tras la revolución, por el partido Echaab (Movimiento del Pueblo). Esta formación se constituyó a raíz del Movimiento de los unionistas nasseristas, a su vez surgido del Partido del Agrupamiento Nacional Árabe cercano a Kadhafi en 1981.
Durante sus primeros años, el partido se fusionó con una constelación de facciones nasseristas, para reforzar su arraigo electorial, históricamente situado en el sur de Túnez.
La segunda expresión del socialismo árabe en Túnez es de naturaleza baathista.
Su génesis a menudo se inscribe en el corazón mismo de las estructuras iniciales del Partido Socialista Destourien, antes de que sus partidarios eligieran la vía de la clandestinidad para animar a la Unión General de Estudiantes Tunecinos, articulándose un tiempo a los márgenes del movimiento de izquierda Perspectivas.
Tras el sismo revolucionario, esta sensibilidad se centró alrededor de dos formaciones principales, ambas alineadas con la ortodoxia de la rama iraquí.
Se distingue, en primer lugar, el Movimiento Ba'ath, bajo la dirección de Othman Belhaj Amor, al que se adjunta el Partido de la Vanguardia Árabe Democrática, que, pese a una afinidad marcada con la línea de Saddam Hussein, mostró sin embargo una apertura relativa al poder sirio.
Sin embargo, a diferencia del fervor popular que continuó impulsando los corrientes nasseristas, estas estructuras baathistas permanecieron confinadas a los márgenes de la escena política tunecina.
La tercera declinación del socialismo árabe tunecino resulta, en verdad, más sujeta a controversia, articulándose alrededor del marxismo‑leninismo que encarna el Partido Unificado de los Patriotas Demócratas, más conocido bajo la sigla Watad o Moupad.
Si bien las premisas de este artículo tendían a excluir el dogma marxista‑leninista del girón del socialismo árabe en sentido estricto, la trayectoria del Watad no deja de ser singularmente instructiva.
Es verdad que una parte preponderante de su ideología procede de teorías exógenas; sin embargo, el partido despliega una vigorosa arabismo panárabe y un apego sombrío a las doctrinas soberanistas, de modo que resulta difícil no mirarlo en el espejo del arabismo socialista.
Esta síntesis doctrinal es llevada por figuras como Chokri Belaïd, cuya conciencia política se forjó durante sus estudios de derecho dentro del Irak baathista.
Fuertemente puestos a prueba por el veredicto de las urnas en las elecciones constituyentes de 2011, donde la porción congrua destinada a las fuerzas nasseristas y al Watad (resumiéndose respectivamente a dos y un único mandato) marcó su marginalización, estas diversas corrientes comprendieron la necesidad de superar sus atomizaciones históricas.
Es bajo este prisma que, al crepúsculo del año 2012, nació un Frente Popular destinado a federar las fuerzas de izquierda.
Esta arquitectura coalicionada logró el giro de fuerza de aglomerar un sustrato ideológico a priori heterogéneo, fusionando nasseristas, baathistas y marxistas‑leninistas, al tiempo que se adhirió al Partido Comunista Obrero Tunecino, una formación ecológica y a varias componentes de obediencia social‑demócrata o socialista democrática.
Bajo la férula de Chokri Belaïd, erigido como jefe de este agrupamiento, la coalición se afirmó prontamente como el polo de contestación más estridente de la transición, con una hostilidad frontal, teatralizada e inflexible frente a Ennahdha.
El asesinato de Chokri Belaïd, ocurrido el 6 de febrero de 2013, fue el catalizador de una crisis de legitimidad para el régimen transitorio, provocando instantáneamente movilizaciones populares de gran magnitud en todo el territorio nacional.
En esta configuración, la UGTT se interpuso como un verdadero contrapeso cercano a los socialistas árabes, capaz de acompañar la ira de las masas y acorralar al gobierno a una dimisión inmediata.
No obstante, el reemplazo del ejecutivo por un nuevo gabinete también subordinado a la dirección de Ennahdha.
El Frente Popular se encontró precipitado en una nueva crisis de orientación, obligado a reinventar un liderazgo en el preciso momento en que la formación centenaria Nidaa Tounes ya se empleaba a instrumentalizar a su favor el resentimiento anti‑islámico de las clases medias.
En este contexto, ante la vacilación persistente de la dirección de Echaab para integrarse definitivamente al Frente Popular, su secretario general, Mohamed Brahmi, optó por separarse en 2013 para dar origen al Corriente Popular.
Los socialistas árabes tunecinos vivieron, sin embargo, una nueva tragedia cuando Brahmi fue a su vez víctima del terrorismo islamista apenas dieciocho días después de su disidencia, liberando una nueva ola de movimientos sociales de gran escala, cuyo eco volvió a ser la UGTT la que asume una vez más la responsabilidad histórica de encuadrar la política y de canalizar.
Finalmente, bajo la bandera de Hamma Hammami, líder del Partido Comunista Obrero Tunecino, el Frente Popular optó por competir en la carrera presidencial.
Aunque su puntuación del 7,82 % reveló los límites del socialismo árabe, sobre todo en un contexto bipartidista, la coalición logró arrebatar quince escaños al Parlamento (un capital que se elevaría virtualmente a dieciocho mandatos si se agregaran los tres diputados de Echaab, que optó por preservar su autonomía fuera de la alianza).
Afirmándose así como la principal fuerza de oposición frente a la coalición gubernamental surgida entre Nidaa Tounes y Ennahdha.
Esta postura, sin embargo, se vio truncada por la prueba de la representatividad y por la incapacidad de estabilizar un mensaje claro en el espacio público.
Mermada por disensiones internas que tocaban asuntos societales, así como por rivalidades de liderazgo exacerbadas, la coalición se hundió en una escisión que enfrentó a los partidarios de Hammami con los fieles de Mongi Rahoui, proveniente del Watad.
El veredicto de las urnas sancionó brutalmente esta desunión, reduciendo la representación del Frente Popular a la porción congrua de un único escaño (el de Mongi Rahoui), mientras que Echaab, capitalizando su arraigo soberanista, obtuvo una notable apertura al adjudicarse quince mandatos.
Fortalecido por esta nueva legitimidad, el movimiento integrará, pese al rechazo de Ennahdha, al efímero gobierno de una suerte de mayoría presidencial liderada por Elyes Fakhfakh, desplegando intentos de influir en las políticas públicas antes de que ese gabinete fuera acorralado a la dimisión bajo la amenaza de una moción de censura impulsada por la mayoría parlamentaria.
Esta crisis de efectividad de la transición tunecina encontró su epílogo el 25 de julio de 2021, cuando el presidente Kaïs Saïed proclamó el estado de excepción y suspendió el parlamento.
Una amplia mayoría de los corrientes socialistas árabes, encabezados por Echaab, el Corriente Popular y los restos del Watad, optaron por aportar su apoyo a esas medidas excepcionales.
Tal decisión se arraiga, en primer lugar, en el rechazo del orden institucional post‑revolucionario por parte de la sociedad tunecina, una configuración perniciosa en la que los corrientes socialistas árabes se vieron relegados al margen del poder y expuestos a una violencia política aguda cuya responsabilidad fue directamente imputada a la dirección de Ennahdha.
En segundo lugar, la figura del presidente de la república se distingue fundamentalmente de la instrumentalización memorística y puramente estética manifestada por el el‑Sissi.
El presidente tunecino atestigua una adhesión más orgánica a varios pivotes del referencial socialista árabe, ya sea en su concepción del rol intervencionista y regulador del Estado en la economía o en su visión unitaria de la nación árabe.
Esta tendencia se mostró al pleno día durante su visita oficial a Egipto en 2021, al rendir homenaje al mausoleo de Gamal Abdel Nasser, proclamó la perdurabilidad y actualidad del horizonte nasserista para la marcha de Túnez.
Sin embargo, ese discurso, aunque impregnado de un imaginario decididamente revolucionario, escapa a toda pertenencia exclusiva; se despliega bajo los rasgos de un sincretismo más amplio, que amplía sus referencias al hibridar el legado del arabismo socialista con otras tradiciones intelectuales y jurídicas.
En esta perspectiva, las formaciones socialistas árabes anticiparon probablemente que la refondación así iniciada volvería a su ventaja.
Aunque el texto de la nueva Constitución suscitó reservas en sus filas, el movimiento Echaab y el Corriente Popular eligieron llamar explícitamente a votar a favor del proyecto en el referéndum.
Esta inserción en el nuevo orden se concretó mediante su participación activa en las elecciones legislativas de 2022‑2023.
A pesar de un sistema electoral uninominal que prohibía ahora las etiquetas partidarias, estas fuerzas lograron conservar su peso parlamentario (a diferencia de otras fuerzas políticas) al obtener una quinceava de escaños.
Se reunieron dentro del ARP bajo la bandera del bloque de la Liga Nacional Soberana, uniendo a los diputados provenientes de los movimientos de Echaab y del Watad.
No obstante, la perdurabilidad de este bloque se encontró rápidamente con la prueba de los hechos.
Si el Watad mantuvo formalmente su lealtad al proceso, las tensiones internas provocaron una escisión irreparable, fragmentando el movimiento en dos formaciones distintas que portaban el mismo nombre, una resolutamente lealista y la otra (relativamente) anclada en la oposición.
Paralelamente, el movimiento Echaab manifestó un desencanto progresivo frente a las orientaciones del poder.
La ruptura se perfila durante la elección presidencial de 2024, donde la candidatura de su secretario general sólo obtuvo una porción congrua del 1,97 % de los votos.
Estos tirones se han acentuado a lo largo de 2025, exacerbados por las tensiones entre el gobierno y la UGTT.
Este conflicto situó a los socialistas árabes en una postura incómoda, dificultando el arbitraje entre la fidelidad al central sindical y el apoyo al jefe de Estado.
Con motivo de los recientes debates sobre la ley de finanzas de 2026, el arraigo de Echaab en la oposición aparece ahora efectivo; el partido incluso retoma el registro de la oposición en varios casos.
Los trayectos egipcio y tunecino muestran, así, dos modalidades de supervivencia distintas del socialismo árabe tras las primaveras árabes.
PERMANENCIAS Y LÍMITES DE UNA IDEOLOGÍA
El socialismo árabe se impuso, desde la Egipto nasserista hasta el Irak baasista, como una de las tentativas más estructuradas del mundo árabe para producir una doctrina de emancipación nacional propia.
Ni marxismo ortodoxo, ni liberalismo de importación, constituyó una síntesis original, profundamente marcada por la experiencia colonial, la primacía de la unidad árabe y el voluntarismo estatal.
Al día siguiente de las primaveras árabes, las formaciones herederas de esta tradición permanecen presentes, aunque marginalizadas, en Egipto y en Túnez, mientras que en Siria e Irak la proscripción del Ba'ath ha clausurado materialmente el capítulo institucional de esta historia.
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