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El vapor «Regina Margherita» atracado en el Muelle de La Boca (fotografía de Samuel Boote, c. 1890). Buenos Aires recibió a millones de inmigrantes de decenas de países, credos y culturas. Dominio público.
El vapor «Regina Margherita» atracado en el Muelle de La Boca (fotografía de Samuel Boote, c. 1890). Buenos Aires recibió a millones de inmigrantes de decenas de países, credos y culturas. Dominio público.
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Opinión · Ensayo humanista

Racismo y xenofobia: ¿cómo los estereotipos denigran la condición humana?

Tras el Mundial 2026 se multiplicaron los ataques xenófobos contra argentinos. Un manifiesto contra el racismo, la falacia de aplicar categorías raciales estadounidenses a una sociedad histórica y constitucionalmente integradora, y una defensa de la dignidad humana como principio innegociable.

Por Juan Tomás Jara Masson30 de julio de 202613 min de lectura

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Escribo estas líneas como argentino y desde este rincón del sur global. Siempre he sentido horror frente al racismo y la xenofobia, sin importar donde ni contra quién se manifestaran. Un agravio a la dignidad de una persona por el solo hecho de serlo cuestiona la esencia misma de la condición humana.

Debo admitir, en este punto, que estos días no fueron la excepción. Lo que comenzó como una competencia deportiva terminó convirtiéndose en algo mucho más inquietante cuando las redes sociales se inundaron de acusaciones contra mi país y su gente. Se nos calificó de salvajes, incivilizados, arrogantes, muertos de hambre o racistas. Como si ello no bastara, se nos presentó como representantes del mal en la Tierra y se nos vinculó, de manera tan simplista como falaz, con determinadas posiciones internacionales por el mero hecho del gobierno que hoy está en el poder en mi país.

La escalada de odio trascendió el mundo digital. La Asociación de Migrantes de Argentina Residentes en España relevó entre veinticuatro y veintiséis denuncias en los días posteriores a la final: golpizas en la vía pública, hostigamiento en ámbitos laborales y hasta el apuñalamiento de un joven. Su presidente describió lo ocurrido como una campaña de deshumanización previa a las agresiones, alimentada por videos manipulados con inteligencia artificial y por publicaciones que atribuían al casi medio millón de argentinos que viven allí la posición del Gobierno argentino sobre Gaza. A ello se sumaron denuncias de creadores de contenido que aseguraron haber sido contactados por una agencia de relaciones públicas dispuesta a pagarles por instalar en redes que el avance de la selección estaba siendo favorecido.

Conviene ser preciso, y aclarar dos cosas antes de seguir. La primera es que nada de esto se atribuye a los españoles: los episodios los protagonizaron individuos, y buena parte de la reacción de repudio vino de la propia sociedad española. Caer en el estereotipo inverso sería exactamente el error que este escrito denuncia. La segunda es que las autoridades de los distintos países no informaron un patrón común que vincule todos los episodios difundidos, de modo que cada caso debe evaluarse individualmente. Dicho eso, el clima general está documentado por la propia FIFA. Su Servicio de Protección en Redes Sociales analizó de hecho más de seis millones de publicaciones durante la fase de grupos del Mundial 2026, identificó ochenta y nueve mil como ofensivas, bloqueó ciento ochenta y un mil comentarios, derivó mil cuentas a investigación y detectó cien casos legalmente imputables. Lo que resulta llamativo de todo ello es que los insultos racistas treparon al once por ciento de todo el contenido abusivo, tres puntos más que en Qatar 2022.

En lo personal, aunque vivo en mi propio país, también recibí mensajes de personas del extranjero a quienes creía conocer. Algunas no solo minimizaron los agravios sufridos por mis compatriotas: llegaron a justificarlos, sosteniendo que eran "merecidos". Esa actitud me resultó especialmente dolorosa, dado que evidencia hasta qué punto el prejuicio puede deshumanizar al otro al extremo de volver aceptable que se lo discrimine por su nacionalidad.

No pretendo con este escrito negar la existencia de argentinos que hayan actuado de manera ofensiva o discriminatoria; tal actitud sería intelectualmente deshonesta y contraproducente para el objetivo de estas líneas. De hecho, debo admitir que ciertas figuras de nuestro gobierno contribuyen lamentablemente a reforzar el prejuicio que se repite sobre nuestro país. Acá es donde entonces resulta imprescindible recordar que no se puede juzgar a un pueblo entero por las acciones de algunos de sus integrantes, y que tampoco es legítimo responder al prejuicio con insultos estereotipados contra esa misma nación.

Porque el racismo parte, precisamente, de la negación de la condición humana. Plantear que los argentinos valemos más o menos que otras personas por haber nacido en un punto determinado del hemisferio no es otra cosa que la reproducción de un discurso de odio: una xenofobia puesta de manifiesto en estereotipos nacionales que solo perpetúa el mecanismo que dice condenar.

Cuando reducimos a millones de personas a una caricatura, dejamos de ver individuos y empezamos a ver enemigos imaginarios. Esa lógica alimentó algunos de los episodios más oscuros de la historia de la humanidad y hoy acompaña el crecimiento de la extrema derecha en distintos lugares del mundo. Entonces, toda forma de discriminación parte del mismo principio: negar la dignidad de una persona por pertenecer a un determinado grupo.

Por consiguiente, mi rechazo al racismo y a la xenofobia no depende de la nacionalidad de las víctimas ni de la popularidad de la causa. El odio debe rechazarse en todo momento y circunstancia, sea cual fuere su destinatario. Lo rechazo cuando ocurre afuera, lo rechazo cuando ocurre dentro de la Argentina y lo rechazo también, con la misma convicción, cuando se ejerce contra los argentinos.

¿Somos un país racista?

Dicho esto, hay algo particularmente injusto en el mote de racista aplicado a una de las sociedades más integradoras del hemisferio. Que quede claro: la Argentina es un país con muchísimos problemas, y quien conozca esta tierra sabe cuánto nos quejamos de ellos. En política somos tan pasionales como en el fútbol, pero en un sentido que, en lugar de unirnos, nos enfrenta en una grieta de raíces históricas. Tal vez el deporte sea el común denominador de un pueblo sufrido, capaz de manifestarse de un modo irracional y a la vez maravilloso, que cada tanto dirime sus disidencias en un abrazo con el extraño o con el adversario político.

Pero volvamos a la cuestión que nos interpela: ¿somos un país racista?

La pregunta es, cuanto menos, dolorosa para cualquier argentino en cuya familia haya un abuelo inmigrante que vino a construir una nueva vida en un país tan diverso como integrador. Una historia que no cambió ni pretende cambiar, edificada sobre los cimientos de una Constitución que abraza al extranjero cuando se propone asegurar el bienestar general "para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino".

Desde la libertad de vientres sancionada por la Asamblea del Año XIII, en 1813, hasta la abolición plena consagrada en la Constitución de 1853, que declaraba libre a todo esclavo por el solo hecho de pisar el territorio; hasta la historia del Hotel de Inmigrantes o la de próceres que defendieron nuestra libertad e independencia, como María Remedios del Valle; e incluso haber sido el único país del continente americano con un presidente de origen árabe y nacido en el islam, o albergar una de las mezquitas más grandes de América Latina a metros de las sinagogas y las iglesias de una misma ciudad, configurando ello un vasto territorio de pueblos tan diversos en lo cultural, lo religioso y lo étnico como unificados en un mismo sentir: todo eso compone la identidad de un patriotismo integrador.

Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires en el barrio de RetiroHotel de Inmigrantes, Buenos Aires. Archivo General de la Nación.

Y hay un dato que ninguna interpretación puede reescribir. En el censo de 1914, cerca del treinta por ciento de la población del país era extranjera, y en Buenos Aires rozaba la mitad. Estados Unidos nunca superó el quince por ciento en su propio pico migratorio. Ninguna sociedad receptora de la era moderna absorbió una proporción semejante de recién llegados, y ninguna lo hizo, como lo hizo la Argentina, sin cuotas raciales de admisión ni un régimen legal de segregación.

Inmigrantes desembarcando en el puerto de Buenos Aires a comienzos del siglo XXInmigrantes recién llegados al puerto de Buenos Aires, comienzos del siglo XX.

Los datos comparados tampoco acompañan la acusación. Argendata, de la fundación Fundar, tomó la Integrated Values Survey correspondiente al período 2017-2022 y midió qué porcentaje de la población declara que le molestaría tener como vecino a alguien de otra etnia. En la Argentina respondió afirmativamente el 2,7 %, un registro menor al de Estados Unidos (3,2 %), Francia (3,7 %) y España (12,7 %). Uruguay marcó el valor más bajo de la muestra, con 0,6 %, y en el extremo opuesto aparecieron Vietnam, por encima del 60 %, y Myanmar, con 70,4 %. Aclaro lo que ratificó quien difundió el dato: esto no prueba que en la Argentina no haya racismo, ni convierte a ningún país de la lista en un caso perdido, simplemente desmiente la idea de una excepcionalidad racista argentina.

Pero volviendo a esta idea de vocación puertas abiertas no es algo que sólo está de manifiesto en el relato fundacional: sino que además se presenta en el derecho positivo. De hecho, el artículo 20 de la Constitución establece que los extranjeros gozan en el territorio de todos los derechos civiles del ciudadano, sin estar obligados a naturalizarse, cláusula excepcional en el derecho comparado y vigente desde 1853. La reforma de 1994, por su parte, otorgó jerarquía constitucional a los tratados de derechos humanos (entre ellos la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial) y reconoció la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos.

Por si ello fuera poco, ese andamiaje se completa en la legislación. La Ley 23.592 sanciona los actos discriminatorios y agrava las penas cuando median motivos de raza, religión o nacionalidad; la Ley 25.871 consagró el derecho a migrar como derecho humano esencial e inalienable. Y en la Ciudad de Buenos Aires, como en varias provincias, los extranjeros residentes votan. Bien podría pedírsele a quien nos acuse de xenófobos que explique por qué ese entramado existe acá y no en varios de los países desde donde se formula la acusación.

En coincidencia con lo anterior, la frase tan repetida de que "el argentino nace donde quiere" no resulta extraña dentro de este paradigma. El de una nación sin muros, que ofrece salud, educación y una serie de derechos que enorgullecen a buena parte de nuestro pueblo, porque se reconoce en ellos. Como bien nos decía el papa Francisco, al inmigrante no solo hay que recibirlo: hay que acogerlo, protegerlo, promoverlo e integrarlo.

Se dirá que esta es una tierra problemática, y es cierto: tenemos miles de conflictos sin resolver. Pero ser un pueblo cerrado no es algo que nos caracterice. Somos argentinos y, aún en crisis, siempre habrá lugar para uno más. De hecho, en estos últimos años de convulsión internacional seguimos acogiendo a miles de refugiados que escapan de dictaduras y de guerras. Es lo que fuimos y lo que seguiremos siendo.

El pueblo afroargentino y una acusación que se repite

Ahora bien, dada la trascendencia de algunas acusaciones que agravian nuestra identidad, conviene detenerse en una en particular: la que se refiere a la población afroargentina. Cuando se nos adjudica el carácter de país racista, o incluso el haber perpetrado un exterminio es que cabe refutarlo rotundamente y describir el proceso por lo que realmente fue, un fenómeno de raíz predominantemente clasista. Las guerras de las que la Argentina fue parte se nutrieron de los estratos más pobres; las epidemias de fiebre amarilla y cólera arrasaron precisamente los barrios donde esa población vivía; y a ello se sumó el mestizaje. Vale recordar, además, que en la Argentina no existió jamás un régimen de segregación legal, ni cuotas raciales de admisión migratoria, ni prohibición de matrimonios interraciales. Que haya racismo, como lo hay en toda sociedad de este continente, no autoriza a atribuirle instituciones que nunca tuvo: confundir ambas cosas es exactamente el error de quien nos mira con categorías prestadas.

Aparte de ello, he de manifestar que muchas veces padecemos la asociación injusta con el gobierno que en sus accionar genera vergüenza en nuestro pueblo. Ello claramente no nos define, nuestra Constitución vigente y la identidad que nos interpela no se amolda al gobierno de turno; si así fuera, seríamos una nación bipolar que cambia radicalmente cada cuatro años. Con todo, ninguna bandera, ningún gobierno, ningún partido y ningún acontecimiento deportivo justifican tratar a una persona como inferior por el lugar donde nació, ni insultarla por posiciones internacionales que jamás adoptó y que solo son atribuibles a los posicionamientos de Javier Milei.

Vale además una observación de política comparada. Con todo lo que pueda reprochársele a nuestra ultraderecha, y es mucho, la Argentina no ha producido una fuerza política de masas cuyo eje organizador sea el rechazo al inmigrante. No tenemos un equivalente local del Frente Nacional francés, de Alternativa para Alemania o de Vox: acá la discusión pública se estructura en torno a la economía, al Estado y a la grieta, no en torno a las fronteras.

Y ahí es donde reside, el nudo del asunto. Lo que se proyecta sobre nosotros no es un juicio moral sino un marco analítico ajeno: categorías raciales construidas para describir una sociedad organizada en torno a la línea de color, aplicadas a otra que se estructuró históricamente en torno a la clase. Bourdieu y Wacquant lo advirtieron para el caso brasileño hace más de dos décadas, al hablar de las astucias de la razón imperialista: la exportación de un particularismo estadounidense bajo la forma de una gramática universal.

Un nacionalismo cívico e integrador

En conclusión, fueron muchas las figuras públicas que revistieron su rivalidad futbolística de discurso de odio y que, al hacerlo, solo reprodujeron prejuicios absurdos sobre una nación entera. Es por ello que hoy, más que nunca, corresponde reivindicar quiénes somos y quiénes seremos para la posteridad. Una suerte de nacionalismo cívico e integrador, fiel a la idiosincrasia de un país diverso, con algunas de las colectividades musulmana, judía y cristiana más numerosas de la región, con el tano, el gallego, el turco y el ruso convertidos en apodos de barrio, y con tantas comunidades migrantes nunca segregadas, siempre integradas y además celebradas cada año en las fiestas de colectividades que se replican a lo largo del país.

Desfile de la Fiesta Nacional del Inmigrante en Oberá, MisionesFiesta de las Colectividades. Cada año, decenas de comunidades comparten su cultura en distintas ciudades del país.

Así que a la congresista estadounidense Jasmine Crockett, y a las demás personalidades de relevancia que han cuestionado nuestro pasado y nuestro presente, cabe decirles que no somos aquello que proyectan. Somos el sur global, con todas sus desafíos y problemáticas presentes; pero la segregación racial, el supremacismo blanco y los discursos antiinmigración no constituyen rasgos característicos de nuestra idiosincrasia. Conviene recordar, entonces, que la ignorancia no justifica la xenofobia y que somos responsables de lo que hacemos y decimos. Y habría que interpelar también si todo esto no señala un debate pendiente: el del anonimato en redes sociales y el correspondiente a la responsabilidad que les cabe a influencers y figuras públicas a la hora de comunicar.

El peligro entonces no reside en el insulto, sino en que una acusación derive en ataques de odio y termine siendo instrumentalizada para reproducir un algoritmo no favorable a la convivencia en aquellas sociedades diversas. Claro es, somos un país con grandes crisis y situaciones problemáticas, pero si hay algo evidente es que frente al hegemón cabe la rebelión y frente a la intolerancia, apertura y recepción.

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