Opinión · Ensayo humanista
¿Es Argentina un país católico?
Una relectura del clásico de Alberto Hurtado en clave argentina: la pregunta no es cuántos se declaran católicos, sino qué valores orientan hoy nuestra vida en común.
https://conciencia-democratica.vercel.app/articulos/es-argentina-un-pais-catolicoPor Felipe Daniel Barrientos16 de junio de 20267 min de lectura
El presente escrito es una obra inspirada por un santo chileno contemporáneo, San Alberto Hurtado, cuando en 1941 publicó una obra que habría de convertirse en un clásico del pensamiento social latinoamericano: "¿Es Chile un país católico?". La pregunta formulada por Alberto Hurtado no era una pregunta realizada desde el rencor ni el resentimiento, sino hecha desde una reflexión sobre la relación entre la fe, la cultura y la vida social. El Padre Hurtado observaba que, aunque la inmensa mayoría de los chilenos se consideraban católicos, existía una distancia considerable entre la profesión de la fe y las realidades concretas de ese país. Por ello, la pregunta no se basaba sólo en lo estadístico-religioso, sino en la coherencia entre los principios católicos y las estructuras sociales, económicas y políticas.
Pasados los 80 años, la idea de Alberto Hurtado sigue vigente y Argentina puede formularse esta misma pregunta. A primera vista, la respuesta parece fácil de responder porque como país tenemos una profunda tradición católica y su historia nacional está atravesada por la presencia de la iglesia a lo largo de nuestra historia colonial, patria y constitucional. La evangelización acompañó el proceso de conquista, poblamiento e instituciones religiosas que participaron en la formación de la sociedad y aquí la iglesia tuvo una presencia significativa en la educación, la asistencia social y la vida pública. Esto causó que el ser argentino y el ser católico fueran conceptos estrechamente vinculados.
Durante una gran parte del siglo XX, diversos sectores políticos e intelectuales sostuvieron que Argentina se constituía como una nación católica. Esta conceptualización no se limitaba a reconocer la importancia del catolicismo, sino que entendía que la identidad nacional se encontraba íntimamente vinculada a la tradición cristiana. Para muchos pensadores, Argentina no podría vivir sin el catolicismo, ni tampoco entender las costumbres argentinas derivadas del catolicismo, y es por esa razón que el catolicismo no es solo una religión, sino una manera de entender la comunidad, la familia y el sentido de pertenencia.
Sin embargo, en estas últimas décadas la sociedad del siglo XXI trajo consigo un conjunto de transformaciones, como ocurrió en gran parte de la civilización occidental: el avance de la secularización sobre la sociedad argentina hasta desembocar en el multiculturalismo, donde las nuevas generaciones conocieron las prácticas de nuevas religiones, la expansión del individualismo y una creciente distancia respecto a las instituciones tradicionales. Cada vez menos personas participan regularmente en actividades religiosas, mientras aumentan quienes se definen como indiferentes o simplemente alejados de la fe.
Los datos disponibles reflejan esta transformación. La Segunda Encuesta Nacional sobre Creencias y Actitudes Religiosas realizada por el CEIL-CONICET en 2019 refleja un declive desde el año 2008 de un 76,5% al 62% a nivel nacional, destacando el crecimiento de personas consideradas ateas y agnósticas, así como también el aumento de comunidades evangélicas. Estos datos no definen el declive total del catolicismo, pero sí evidencian una pérdida de centralidad que durante mucho tiempo caracterizó a la religión mayoritaria del país.
Centrándonos en la cuestión fundamental: ¿qué significa que un país sea católico? Si la respuesta se limita a cuestiones demográficas, sólo basta con demostrar que la mayoría de la población continúa identificándose con dicha tradición religiosa. Para San Alberto Hurtado, esta pregunta exige un análisis más profundo, porque una sociedad verdaderamente católica no puede definirse exclusivamente por la cantidad de bautizados ni por la presencia de símbolos religiosos o la devoción por algún santo: la cuestión decisiva era en qué medida los valores fundamentales del cristianismo impregnaban efectivamente la vida colectiva. La discusión trasciende lo religioso para adentrarse al terreno cultural, ético y social. Una nación puede conservar iglesias, procesiones y festividades religiosas, pero al mismo tiempo desarrollar prácticas sociales que poco tengan que ver con las prácticas de la religión —como el debate sobre el derecho al aborto, la moral sexual y las posturas relacionadas a la familia, por dar algunos ejemplos—. La pregunta no es cuantitativa, sino hasta qué punto los ideales asociados al catolicismo siguen vigentes y están orientados hacia la vida nacional, por lo que no es una pregunta sencilla.
Por otra parte, Argentina conserva una tradición de solidaridad social, expresada en numerosas organizaciones comunitarias, parroquias, movimientos e instituciones de asistencia que desarrollan una labor silenciosa y constante. La preocupación por los sectores más vulnerables, la valoración de la dignidad humana y la búsqueda de la justicia social forman parte de una herencia cultural que difícilmente pueda comprenderse al margen de la influencia cristiana. La realidad nacional también presenta fenómenos que contradicen los principios que la iglesia enseña: la persistencia en los elevados niveles de pobreza, la fragmentación social, la corrupción, la violencia y la creciente desconfianza hacia las instituciones revelan profundas tensiones entre los valores expresados y los hechos observados. A esto también se le suma la privatización de la fe, hecho que ocupa lugar dentro de la esfera política, donde hoy tiende a concebirse como una cuestión individual; esta transformación no implica necesariamente la desaparición de las creencias religiosas, pero sí hace una modificación profunda en el vínculo con la cultura y la política.
La Argentina actual es una sociedad más plural que la de generaciones anteriores, porque en ella conviven distintas tradiciones religiosas, cosmovisiones seculares y formas diversas de comprender la vida humana. Este pluralismo constituye una característica propia de las democracias contemporáneas y obliga a replantear el significado de las identidades colectivas heredadas. En este contexto podremos afirmar que Argentina es un país católico, pero requiere de distintos matices. Desde un punto de vista histórico y cultural, resulta difícil negar la profunda influencia que el catolicismo ha ejercido sobre la identidad nacional: las instituciones, costumbres, lenguajes y buena parte del imaginario colectivo continúan reflejando esa herencia. La diversidad de creencias, la disminución de la práctica religiosa y los procesos de secularización han transformado de manera significativa el lugar que ocupa el catolicismo dentro de la sociedad.
Pasaron más de ochenta años desde la publicación de "¿Es Chile un país católico?", pregunta que se conserva hasta la actualidad —y no para medir la cantidad de creyentes o la asistencia a las ceremonias religiosas, sino porque invita a examinar la distancia entre los valores que una sociedad proclama y las conductas que efectivamente practica—.
La cuestión principal no es determinar la cantidad de argentinos que se identifican como católicos, sino preguntarnos qué tipo de sociedad hemos construido. Vivimos en un país donde la solidaridad convive con la indiferencia, donde la preocupación por los vulnerables coexiste con altos niveles de exclusión, y donde la apelación a valores trascendentes muchas veces se enfrenta a una cultura marcada por el individualismo, la fragmentación y la desconfianza. En ese sentido, la pregunta central del presente artículo sobre el carácter católico trasciende el ámbito religioso, interrogando nuestra relación con el prójimo, nuestra capacidad de construir comunidad y el lugar que ocupan la responsabilidad, el compromiso y el bien común en la vida colectiva. Más allá de las creencias personales de cada argentino, toda sociedad necesita principios que orienten la convivencia y otorguen sentido a los vínculos.
Tal vez Argentina continúe siendo un país católico; tal vez ya no lo sea en un sentido homogéneo, como lo supo ser en algún momento de la historia. Lo cierto es que la pregunta principal sigue estando abierta, y precisamente se conserva su relevancia porque obliga a una sociedad a interrogarse no sólo acerca de lo que cree ser, sino también acerca de aquello que efectivamente es. Allí reside su vigencia, porque antes que una discusión sobre una religión se trata de una reflexión sobre la sociedad argentina contemporánea: sobre sus virtudes y contradicciones, sus gestos de generosidad y sus formas de indiferencia, sus ideales y frustraciones. Preguntarse si Argentina es un país católico implica, en el fondo, preguntarse qué valores orientan hoy nuestra vida en común y qué clase de comunidad nacional deseamos construir para el futuro.
Bibliografía consultada
- Casas, Martín. El evangelio predicado a los argentinos. 1ra edición, LOGOS, Rosario, 2019.
- Hurtado, Alberto. ¿Es Chile un país católico? 1ra edición, Splendor, Santiago de Chile, 1941.
- CEIL-CONICET. Segunda Encuesta Nacional sobre Creencias y Actitudes Religiosas en Argentina (2019).
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