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Myriam Bregman en 2023.
Myriam Bregman en 2023.
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Opinión · Política

¿Y si gana Bregman?: “Una verdadera (pero rápida) salida por la izquierda”

La izquierda argentina ve una ventana de oportunidad. ¿Qué pasaría si la toma?

Por Felipe Galli27 de agosto de 202619 min de lectura

Lectura en profundidad

Ayer los argentinos vimos a la diputada trotskista Myriam Bregman aparecer en una conferencia de prensa de la oposición al gobierno de Javier Milei, con dirigentes del peronismo situados detrás.

“El endeudamiento es una estafa, no hay endeudados, hay estafados” exponía la diputada del Frente de Izquierda en esta reunión, organizada en el período previo a la sesión especial de la Cámara de Diputados prevista para el 9 de septiembre, en la cual la oposición (el peronismo, el FIT y otros espacios) con suma de 133 diputados busca tratar el sobreendeudamiento de millones de familias y la prórroga de la emergencia en discapacidad. Este reclamo surge del feroz aumento de la mora crediticia (de aproximadamente un 12%), impulsado por deudas en tarjetas y apps (como MercadoPago) para cubrir necesidades básicas ante la caída del poder adquisitivo de salarios y jubilaciones en el país.

Volviendo a Bregman y el peronismo, quién entiende lo básico de política en general verá lo inusual de que una fuerza con un piso promedio de 30% de los votos le ceda un espacio central a una dirigente de una fuerza con un techo promedio de 5%. Quién tiene cierta experiencia observando la política argentina entiende la magnitud del impacto que eso habrá generado, sobre todo entre las filas de la atribulada militancia peronista. Quién tiene algo más de experiencia podrá acotar que, siguiendo los karmas y mantras que rodean a la política argentina, no sorprende tanto.

En paralelo con las cuestiones a tratar en aquella sesión vienen los simbolismos que levanta ver a Bregman “conduciendo” un proceso opositor. El ascenso sorpresivo de la dirigente trotskista en algunas encuestas de intención de voto en Argentina, su relativamente alta imagen positiva y las discusiones que eso genera son, indudablemente, dignos de ser estudiados. El hecho de que la candidata de un espacio de extrema izquierda esté al borde de superar el 10% de intención de voto levantaría comentarios en prácticamente cualquier país. Y Argentina, aunque acostumbrada ya en estos tres años de gobierno libertario a las sorpresas, no es la excepción.

Argentina es un país del que te vas veinte años y no cambió nada, pero te vas 15 minutos y cambió todo. Actuamos, por tanto, a contrarreloj al hacer este escrito. Sin embargo, he aquí un repaso muy rápido del “fenómeno Myriam Bregman”, quién es y de dónde sale (más que nada para los lectores extranjeros) y, con el mero propósito de ejercitar una utopía (o distopía, dependiendo de la opinión), preguntarnos qué pasaría si por alguna razón la diputada llegase tan lejos como para ponerse la banda presidencial.

¿Quién es Myriam Bregman?

Conviene hacer un repaso por la trayectoria biográfica de la propia Bregman. De origen judío, nacida en 1972 en un pueblo del oeste bonaerense, es abogada por la Universidad de Buenos Aires. Fue durante su etapa universitaria que empezó a militar en el entonces marginal Partido de los Trabajadores Socialistas, del cual ha sido miembro desde entonces. En 1997 cofundó el Centro de Profesionales por los Derechos Humanos (CeProDH).

La trayectoria legal de Bregman la involucra en casos de alto perfil tanto en materia de derechos humanos como representante de grupos de trabajadores en demandas laborales de fuerte impacto mediático. Entre otras cosas, fue querellante en causas contra represores directos de la última dictadura militar argentina, como Miguel Etchecolatz y Jorge “Tigre” Acosta.

Bregman ha desarrollado su carrera electoral más que nada en la Ciudad de Buenos Aires. Se postuló como candidata a jefa de gobierno en 2011, obteniendo menos de un 1% de los votos. En 2013 ocupó el segundo puesto en la lista del FIT para legisladores porteños, pero no resultó electa. Volvió a competir por la jefatura capitalina en 2015, trepando esta vez a un 3%. Meses más tarde fue candidata a vicepresidenta y compañera de fórmula de Nicolás del Caño, con un resultado similar a nivel nacional.

En 2017, Bregman encabezó la lista del FIT para la legislatura porteña, obteniendo el 6.3% de los votos y alcanzando por primera vez un cargo electo. En 2021 fue candidata a diputada nacional, liderando una vigorosa campaña en la que confrontó directamente con Javier Milei y se benefició de sonoros cruces con este en los debates. Logró alcanzar así casi un 8% de las preferencias en la capital, suficiente para llegar a la Cámara de Diputados. Ocupó el cargo hasta 2024, cuando renunció siguiendo la política de “rotación en el cargo” del FIT-U.

En 2023, Bregman se presentó como candidata a presidenta de la Nación. En las primarias logró derrotar un desafío interno dentro del FIT-U por parte de Gabriel Solano, del ala más ideológicamente agresiva de la coalición. Sin embargo, se vio perjudicada por la aglutinación acelerada del voto progresista en torno a Sergio Massa y terminó con un 2.7% de las preferencias en las generales, por debajo de lo obtenido por el FIT-U en ciclos anteriores.

A pesar de este revés, Bregman volvió a liderar las listas de diputados de la capital en las elecciones legislativas de medio término de 2025, donde lideró al FIT-U a su mejor resultado histórico en la ciudad con un 9%, retornando así a la Cámara de Diputados.

¿Qué es el Frente de Izquierda?

A contramano con otros fenómenos electorales personalistas en Argentina (como Macri y Milei en los casos donde esto resultó en una presidencia, o bien como Massa en el caso de los que estuvieron cerca pero no llegaron), en el caso de Bregman el partido viene antes que la dirigente. Eso da una oportunidad para hacer un breve repaso del trotskismo argentino como espacio, el FIT-U como fuerza política.

En Argentina, la “izquierda institucional” (que en otros países ocupa desde la socialdemocracia hasta los socialistas democráticos) se ha visto cooptada electoralmente por el peronismo y por algunas facciones del radicalismo. Esto ha dado pie a que en muchos casos sectores izquierdistas más moderados tiendan a cooperar o coaligarse con el PJ y la UCR antes que recurrir a terceras fuerzas incapaces de competir electoralmente.

Este contexto, que se profundizaría más tarde con el fin de la Guerra Fría y crisis como la de 2001, ha dado pie a que el trotskismo (marginal en casi cualquier otro país), haya podido erigirse poco a poco como la expresión de izquierda no peronista más poderosa de Argentina. Durante el kirchnerismo (que terminó por captar a las expresiones de izquierda vinculadas al chavismo), esta posición terminaría por consolidarse con la creación de la coalición. Debe esto fundamentalmente a su carácter intransigente, su negativa constante a la cooperación con otras fuerzas políticas y su presencia amplia entre la intelectualidad universitaria, donde tienen algunos de sus principales bastiones (aunque su control de espacios como centros de estudiantes ha disminuido en los últimos años).

El Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT) fue creado en 2011 por tres partidos políticos: el Partido de los Trabajadores Socialistas (con mayor penetración urbana), el Partido Obrero (única fuerza con aparato en casi todas las provincias del país), e Izquierda Socialista (el más pequeño). Más tarde sumaron al Movimiento Socialista de los Trabajadores, añadiendo el nombre "Unidad" a su nombre (FIT-U).

A pesar de su intransigencia ideológica y su ruptura con otros espacios de izquierda moderna, el FIT-U ha sabido integrar a su discurso (vía teoría internacionalista) lógicas globalizadas del siglo XXI, como el feminismo (donde figuras como Bregman han ejercido un papel personal muy vocal, sobre todo en la lucha por el aborto legal), los derechos LGBT y el ecologismo. Asimismo, exhiben un manejo de redes sociales mucho más sólido que el del peronismo, lo que los ha llevado a tener una presencia digital muy por encima de su porcentaje de votos.

Con eso en cuenta, aunque la coalición nunca ha obtenido más que un 3% de los votos en una elección presidencial y 7% en una legislativa, su presencia parlamentaria continua (tanto en el Congreso como en legislaturas provinciales) y su estabilidad como fuerza política (por ejemplo, siendo la coalición que más tiempo lleva usando el mismo nombre) lo convierten en la formación trotskista con mayor caudal electoral y presencia institucional de la Tierra.

¿De dónde sale el “fenómeno Bregman”?

Antes de darnos la tarea de imaginar el escenario hipotético de un triunfo de Myriam Bregman, toca analizar los aspectos de la realidad que conducen a que hoy estemos… imaginando el escenario hipotético de un triunfo de Myriam Bregman. Es decir, explicar por qué está creciendo en las encuestas a pesar de no haber variado sustancialmente ni el discurso, ni la simbología, ni la retórica que la han llevado a ella y a su partido (pese a su importante músculo militante y su control continuo de un factor de poder pesado como los núcleos universitarios urbanos) a no salir nunca de un 3-5% de votos a nivel nacional.

No, la respuesta no es tan fácil como “las encuestas mienten”, hay algo real detrás y su creciente presencia mediática, amén de los cálculos funcionales que otras fuerzas políticas (incluyendo el propio gobierno) están haciendo al respecto, dan cuenta de que el fenómeno está lejos de ser un fallo estadístico generalizado.

En principio, constatar que se trata de un fenómeno personal en torno a la propia Bregman y no a su espacio político (es decir, el FIT-U). Ningún otro dirigente de la Izquierda tiene su intención de voto o aprobación pública. Buena parte de eso se debe a cualidades personales que ella cumple y que solapan la superficialidad política que rodea hacer competencia electoral en la Argentina: es una mujer urbana de mediana edad, estéticamente proporcionada, de decente oratoria y con una carrera profesional como abogada e institucional como legisladora.

Luego está su historial político personal: milita en el mismo partido desde la década de 1990, expone las mismas ideas desde que empezó a hacerlo, y ha transitado su paso institucional sin que se produzcan escándalos sonados que la involucren. Encontrar otro dirigente con esas tres cualidades juntas en la Argentina contemporánea no se considera raro, sino casi imposible. Es pues entendible que eso le granjee respeto entre personas que no comulgan todas sus ideas (y por eso su imagen positiva es mucho más alta que su intención de voto).

Y finalmente, terminamos con el contexto externo que la favorece. A la caída en la popularidad del gobierno entre la juventud (incluyendo los que votarán por primera vez en 2027, de los cuales ya hablamos en un escrito anterior) se suma el profundo entredicho en el que se encuentra la oposición peronista, sumida en una serie de internas, traspiés públicos y el desprestigio previo por el gobierno de Alberto Fernández. Todo esto, aunque no lo explica por sí solo, ha contribuido a impulsar la suba de Bregman.

En el mismo escrito previo discutimos los obvios problemas que enfrenta el FIT-U, desde su falta de programa de gestión definido (atribuido por ellos mismos a su propio desinterés por hacer política electoral) hasta su dificultad para apelar al discurso nacionalista en medio de la “oleada patriótica” impulsada por el Mundial. Esto último ha venido siendo capoteado por una apelación al antiimperialismo marxista. Tanto Bregman como su compañero, Nicolás del Caño, han estado explotando más sonoramente cuestiones como la causa Malvinas y la extranjerización de la tierra, penetrando en un terreno hasta entonces duramente dominado por el peronismo.

Ahora bien, vamos a hacernos la pregunta más importante. Supongamos que, por obra de un milagro político todavía no avistado, Myriam Bregman gana las elecciones de 2027. ¿Cuál sería el resultado más probable con las condiciones políticas actuales?

Imaginando el escenario: Cómo asume Bregman

Aunque se trata de un escenario imaginario 100% hipotético, para poder aplicarlo correctamente es necesario bajar a tierra ciertas ilusiones y cálculos para “hacerlo coherente”. Es decir, buscar el escenario más probable posible en el que algo que por hoy parece una utopía pueda manifestarse (y por tanto analizarse) como algo real.

En principio, un triunfo de Myriam Bregman en 2027 supone el peor escenario social, económico, político y electoral posible tanto para Milei (que hasta el último día contaría con los recursos del Estado y el aparato político antiperonista tradicional a su favor para la campaña electoral) como para el peronismo (que dividido o no goza de una estructura militante y económica brutal, amén del control de los recursos de gobernaciones e intendencias clave).

Asumimos lo siguiente: la situación económica empeora considerablemente, Milei logra mantener al antiperonismo tradicional unido, el peronismo se presenta con múltiples candidaturas y Bregman logra articular un programa de gobierno mínimo, organizar una coalición temporal con un sector del antiguo kirchnerismo, o bien capta el voto de protesta de los sectores desafectos y jóvenes. Con eso logra un sorpresivo primer o segundo puesto que la lleva a una segunda vuelta, la cual gana por un margen estrecho.

Frente a eso, tenemos tres factores insalvables que no se modificarían ni en el mejor escenario posible para Bregman: su nulo control de resortes institucionales (Congreso, provincias y reparto de recursos), su nulo control de resortes estructurales (empresariado, medios de comunicación y polos de poder ocultos) y la esperable reacción de los grupos de poder interesados (desde un pánico bancario por el triunfo de una candidatura de extrema izquierda hasta presiones políticas por parte de potencias extranjeras y entidades como el Fondo Monetario Internacional).

Y entonces, llegan los únicos dos escenarios donde el devenir posterior correría por cuenta de la decisión política de la propia Bregman: si trata de hacer lo que promete hacer vs. si trata de hacer lo que puede hacer.

Escenario uno: Bregman hace todo lo que promete hacer

El escenario número uno no requiere demasiado análisis en cuanto a su comienzo y sus esperables consecuencias. Myriam Bregman asume y, dando cuenta del radicalismo ideológico que exhibe en sus discursos, decide cumplir directamente con su programa político comunista y trotskista. Le anticipo el resultado: no solo no sale bien, directamente no sale.

Los pocos documentos en los que el FIT-U ha dado cuenta de qué haría si alguna vez un militante suyo se pusiera la banda presidencial apuntan a una serie de decretos clave: una prohibición por 24 meses de todo despido en los sectores público y privado, indexación obligatoria de salarios, jubilaciones y asignaciones sociales a la inflación, y reducción de la jornada laboral; un corte inmediato de pagos al Fondo Monetario Internacional; y la estatización de numerosos servicios e infraestructuras.

Pero antes de que el lector (dependiendo de su ideología) se lance a explicarme por qué serían buenas medidas o a lamentarse por anticipado de lo malas que serían, permítame ahorrarle su valioso tiempo: jamás pasará.

Hacemos ya un estiramiento ilusorio muy alto al plantear la hipótesis de un triunfo de Bregman en segunda vuelta. Creer pues que el FIT-U alcanzaría el 80% del voto popular que requeriría pasar de solo tres diputados a cien en un solo ciclo electoral es ya plantearnos una novela de Borges (no existe). Con ese contexto en cuenta, el resultado inmediato del decreto sería la automática articulación de una mayoría legislativa del establishment (peronista y antiperonista) para el acelerado rechazo de los decretos y, ante su insistencia, en un fugaz juicio político por “mal desempeño de funciones”. Toda resistencia institucional se vería aplastada por el mismo resultado hasta la jura del cuadro no trotskista más próximo como presidente interino.

Si el FIT-U intentase resistir la eyección institucional en la calle, se encontraría con que tampoco controla ni el aparato represivo del Estado (cuyos policías le han hecho huelgas hasta a gestiones peronistas moderadas) ni una batería de movilización social capaz de plantar cara a este (su militancia más dura se compone de universitarios de clase media y media-alta y los grandes grupos sindicales y su aparato siguen en manos del peronismo).

Así, la eventual presidencia de la dirigente trotskista no pasaría de un susto de, a lo sumo, tres semanas, antes de su caótico y estrepitoso final, cuyas consecuencias pasarían más que nada por el pánico de los mercados y un desastre político de difícil recuperación para el país.

Escenario dos: Bregman hace todo lo que puede hacer

El escenario número dos es, a juicio del autor e irónicamente, el más probable. Con todo lo que se le pueda criticar, es innegable que Myriam Bregman ha tenido una larga carrera política y parlamentaria. Muy a pesar de sus declaraciones encendidas y su pose de "Moderada Nunca", es justo presumir que ella sabe sin lugar a dudas lo que pasaría si gana y trata de lanzar “la revolución” por decreto (es decir, sabe del escenario uno).

Vamos a plantearnos, pues, el escenario en el que decide ejercer la presidencia consciente de las limitaciones más básicas a su accionar. Es decir, renunciar al programa trotskista para presidir un gobierno progresista con tono agresivo pero sin intentar destruir una maquinaria que a su partido le resultaría indestructible. Acá el resultado es un poco más incierto, pero las probabilidades siguen indefectiblemente en su contra.

Hablamos de un escenario en el que Bregman decide asumir una postura más moderada en el corto o mediano plazo. Buscaría aumentar el margen del Estado para implementar políticas sociales, negociar la aprobación de una serie de legislaciones que aumenten los derechos laborales y las prestaciones sociales y quizás incluso “buscar alternativas” para salir del impasse geopolítico que implicaría endurecer la retórica con el FMI.

El problema es que hacer esto requeriría una inevitable traición a las bases políticas básicas de su partido y, sobre todo, de sus socios más radicales dentro del FIT-U (como el Partido Obrero). El trotskismo argentino desde su génesis se ha fundado en la fragmentación ante el disenso y esta no sería la excepción. Buena parte de los militantes más agresivos o “termos” de la coalición (sorprendidos de que no se produzca la toma de poder concebida por Marx en la década de 1870 de un proletariado que ni existe en Argentina ni existe en ningún otro sitio en tiempos contemporáneos) romperían con el gobierno en duros términos en cuestión de semanas.

Bregman tendría (a su favor) el factor que mencionamos en el primer apartado: que el fenómeno electoral gira en torno a ella y no al FIT-U. Si su liderazgo sobre el voto izquierdista es lo bastante sólido, la disidencia interna no implicaría que perdiera apoyo. Al contrario, sus votantes la verían como “más viable” que su partido y en el primer tramo eso la reforzaría.

Pero incluso suponiendo que esto no sucediera o que no significara mayor pérdida para el hipotético gobierno trotskista, Bregman asumiría en una debilidad institucional total en el que todo ánimo moderador pasaría por acordar con sectores del peronismo y el kirchnerismo, los cuales quizá exhibirían una actitud propositiva en el corto plazo, pero no dudarían en sacarle el mayor jugo posible a un gobierno que no podría permitirse dar un paso en falso (la amenaza de destitución del escenario uno seguiría igual de vigente). La fuga esperada de aparato militante sólo la debilitaría más ante esa negociación, forzando concesiones muy duras y la toma del Estado por parte de grupos de poder oscuros.

Llega entonces la necesidad de cubrir puestos en el Estado careciendo del número de cuadros propios necesarios para ello. En ese afán, el resultado más probable sería la incorporación de elementos de la política tradicional, en su mayoría del kirchnerismo o el peronismo, en el mismo sentido que La Libertad Avanza lo hizo con el macrismo, pero con una escala de desventaja partidaria muchísimo más marcada para el gobierno. El resto de los huecos serían llenados, de la misma forma que con Milei, con figuras sin experiencia administrativa surgidas de sectores turbios de la militancia universitaria o callejera, con resultados similares a los vistos en la gestión libertaria (quizás sólo ligeramente más formados por la ideologización).

Entre eso y la dependencia legislativa total del peronismo, las consecuencias serían un gobierno de coalición extremadamente débil, de tono similar al de Alberto Fernández o quizá, en su mejor faceta y suponiendo una administración relativamente eficiente por parte de Bregman, al de Gabriel Boric en Chile. El margen que la gestión tendría para ejecutar sus políticas sería extremadamente estrecho, y muy probablemente forzaría al fracaso muchas de sus propuestas sociales más ambiciosas.

A esto le sumamos el peligroso contexto económico, financiero y exterior. Sólo el triunfo electoral de Bregman precipitaría una corrida bancaria automática y una serie de movimientos financieros ante el pánico esperado de los mercados por el ascenso disruptivo de una fuerza declaradamente comunista y anticapitalista. Casi la totalidad de la región seguirá gobernada por fuerzas de derecha por los siguientes años y en Estados Unidos seguirá el trumpismo en el poder al menos hasta principios de 2029.

Sin poder cumplir promesas en corto y mediano plazo, sin poder aprobar políticas sin el veto inmediato de sectores de poder vacilantes o cerrados, y sin poder lograr un entendimiento con sectores internacionales decididamente hostiles, la presidencia de Bregman muy probablemente vería licuado su capital político en tiempo récord, pudiendo ser sus consecuencias o un desplome electoral agónico (terminar el mandato jadeando en manos de un triunfo de la derecha o de algún opositor peronista) o, en su peor faceta, un estallido social similar al de 2001.

Lo que esconde el fenómeno

Imaginar a Bregman (o a cualquier otro dirigente que salga de la izquierda) ganando una elección presidencial en Argentina es un ejercicio interesante, pero no un pronóstico. Existen muchísimos factores en contra, muchos más de los que enfrentaba Milei. Sin embargo, quizá lo más relevante no sea la idea de la propia Bregman o el propio Frente de Izquierda creciendo como opciones políticas, sino algo mucho más perturbador e interesante: la orfandad política de la oposición argentina.

Desde el peronismo ya estamos viendo las mismas reacciones apagadas que, a juicio de quien escribe, se ven muy similares a la retórica de Juntos por el Cambio hablando de Milei en 2022: que es inviable, que es imposible, que no tiene aparato, que es muy extrema. Muchísimos analistas, entre los cuales me incluyo, cometimos el error de creer que tal afirmación categórica tenía valor en 2023 y Javier Milei demostró que era posible derrotar a maquinarias de aparato y recursos infinitamente superiores.

Por el lado de la propia Bregman y del FIT-U, el haber accedido a comparecer con el resto de la oposición ya es un paso adelante hacia una “viabilización electoral”. Por el lado del peronismo, haber permitido que una dirigente trotskista los corra de la escena puede quedar (a largo plazo) como un incidente aislado, pero la lectura rápida expone el profundo entredicho político que atraviesa el movimiento fundado por Juan Domingo Perón hace más de ochenta años. Fue visto ya en las legislativas de medio término, y es visto rutinariamente en la interna por el control de los resortes militantes, sindicales y electorales.

En resumen, momentos “mediáticos-encuestales” como el que está teniendo Myriam Bregman parecen (y pueden ser) anecdóticos, casi delirantes, pero no dejan de ser interesantes de estudiar, sobre todo en un país con una gran porción de su electorado que llegará a 2027 sintiendo que todos le han fallado y que no le debe nada a nadie.

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