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Humanistischer Essay
Homosexualidad ilegal: Donde la ley prohíbe existir
Cinco testimonios desde Nigeria, Camerún, Pakistán y Trinidad y Tobago, países donde pertenecer al colectivo LGBT sigue siendo un delito. La distancia entre tener derechos y depender de la suerte geográfica.
https://conciencia-democratica.vercel.app/articulos/homosexualidad-ilegal-donde-la-ley-prohibe-existir?lang=deVon Felipe Galli25. Juni 202635 Min. Lesezeit
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Algunas personas LGBT no razonamos completamente la suerte y el privilegio que implica nacer en un país que respete nuestros derechos.
Lo que digo puede sonar aberrante, ya que en realidad ni es nuestra decisión ni se trata de algo que debiera ser un privilegio. Por definición, los derechos LGBT son derechos. Asimismo, es cierto que en todo el mundo hay violencia contra nosotros, incluso en países donde hay plenas garantías legales, desde el matrimonio igualitario hasta prestaciones para las personas trans y protecciones contra la discriminación.
Ser parte del colectivo LGBT sigue sin ser fácil, aún en pleno siglo XXI. A pesar de los grandes avances en materia tanto social como legal que se han logrado en varios países durante los últimos años, todavía vemos en forma rutinaria la denuncia de episodios de violencia homófoba y transfóbica. No obstante, mientras tanto, en otros lugares del mundo, pertenecer al colectivo es directamente una sentencia penal, y esa es la diferencia que convierte nuestros derechos en cuestión de privilegio, de suerte geográfica.
Uno no elige si le tocará una familia homofóbica o una tolerante, ni un país homofóbico o un país tolerante. Existen todavía 66 Estados soberanos que tipifican como delito las relaciones entre personas del mismo sexo (siete de los cuales contemplan la pena de muerte), amén de otros Estados donde se da una criminalización de facto por medio de la interpretación de legislaciones de "moral pública" o "propaganda homosexual".
Si bien la tendencia continúa siendo a la progresiva descriminalización, con casos alentadores como el Caribe anglófono, con una sucesión de fallos judiciales declarando inconstitucionales las leyes de "sodomía" de la época colonial, la segunda mitad de la década de 2020 vio incluso un aumento cuando un puñado de países en los cuales no existía una legislación codificada decidieron establecerla, como los regímenes del Sahel (Burkina Faso, Níger y Mali).
La idea de que en los códigos penales de un tercio de los países, que reúnen cerca del 35% de la población mundial juntos, haya apartados redactados en un refinado lenguaje legal que prohíben una actividad privada entre dos personas que consienten y otros que prohíben que dos personas expresen públicamente una relación puede sonar, a simple vista, muy chocante. Sin embargo, lo peor del estigma legal siempre pasa por el estigma social. Vivir en un país donde la homosexualidad es ilegal puede ser un verdadero infierno.
Y en esta ocasión, en este Mes del Orgullo y pretendiendo dar protagonismo a quienes sufren esa opresión, tuve la oportunidad de conversar directamente con personas del colectivo LGBT de varios países, de distintas regiones y con diferentes culturas, todos los cuales tienen en común la persecución, el silencio y la criminalización por el mero hecho de existir.
Nigeria: "Mis padres creen que estoy poseído"

El sexto país más poblado del mundo y una de las economías más poderosas de África, Nigeria es un país marcado por profundas divisiones étnicas, lingüísticas y religiosas. El norte del país es mayoritariamente musulmán y doce de los Estados federales que componen la región aplican en parte la Sharia (o ley islámica) mientras que el sur es mayoritariamente cristiano.
El norte de Nigeria es una de las pocas regiones donde todavía se contempla la pena de muerte por homosexualidad, pero en el sur (donde rige un férreo conservadurismo cristiano y una cultura machista feroz) también es ilegal ser gay. Los artículos 214 y 217 del código penal nigeriano prevén hasta catorce años de prisión por delitos como "grave indecencia" o "relaciones carnales contra el orden natural", que casi invariablemente se interpretan como relaciones entre personas del mismo sexo.
Emeka (de 23 años) nació en Anambra, al sureste de Nigeria. Es el segundo hijo varón de una camada de seis hermanos, bajo una familia cristiana. Su padre es avicultor, mientras que su madre es maestra de primaria. Estudió abogacía, aunque sus estudios se vieron desgraciadamente interrumpidos en su último año, cuando su familia descubrió su sexualidad y lo sometió a un trato brutal. Cuando le ofrezco hablar de su historia, acepta sin dudarlo un instante. "Sí, creo que la gente debería saberlo". Lo dice con un fervor casi militante. Años de sufrimiento y represión lo han hartado por completo.
Desde muy pequeño, Emeka supo que era diferente al resto. "Uno de mis recuerdos más tempranos sobre el tema es de cuando era niño, jugando en un parque" comenta, "estábamos en un tobogán y un chico que trepaba sobre mí se deslizó por encima de mi cuerpo. La sensación me gustó tanto que quise que lo volviera a hacer". Y este sentimiento siguió desarrollándose, "más tarde me di cuenta de que me gustaba el actor de Edward Cullen en Twilight (Robert Pattinson) y el que era el hombre elástico en The Fantastic Four (Ioan Gruffudd). El trailer de Kyle XY me cautivaba. Y luego me di cuenta de que nunca sentía eso por una actriz mujer".
Su primer encontronazo con la homofobia fue muy directo, y muy duro. En 2016, Emeka tenía solo trece años y cursaba el segundo año del secundario en un internado. Hacía más de un año que sabía lo que era ser gay y ya había empezado a experimentar encuentros con compañeros mayores. En el contexto de fuerte represión social, abundaba mucho el acoso sexual, los encuentros "exprés" y la falta de compresión y solidaridad.
"Tuve un encuentro íntimo con un chico más grande. Más tarde, a este chico lo atraparon manoseando a otro en su residencia. Le exigieron que señalara a otros 'como él' y lo hizo, me delató", cuenta Emeka, "Me despertaron los chicos mayores alrededor de la una de la madrugada. Yo ni siquiera entendía que había hecho mal. Sólo más tarde entendí que todo eso era porque había estado con un chico".
La reacción fue inmediata y desmedida. El subdirector de Asuntos Estudiantiles, los acusó a él y a otros estudiantes de haber tenido relaciones homosexuales, convocó a sus padres y además hizo públicas las acusaciones ante una asamblea estudiantil.
"Estaba en la oficina de mi tutor cuando llegó mi padre" cuenta Emeka, "lo primero que hizo fue agarrar un bastón y herirme gravemente la mano que había levantado para defenderme", pero la cosa no terminó ahí, "ese mismo día me exhibieron en la asamblea estudiantil, frente a 2000 estudiantes, y nos acusaron a mi, al otro chico y a otras dos chicas de ser 'desviados homosexuales'. Yo estaba aturdido, ni siquiera podía descifrar las caras de los demás. La gente me miraba fijamente, pero recordé lo que dijo una de las chicas. Le dijo a la otra, que estaba llorando, que no llorara, que no mostrara debilidad".
Emeka consiguió salvarse de esa situación mintiendo. Acusó a su compañero mayor de haberlo obligado a cometer el acto. "Debo confesar que mis acciones fueron bastante cobardes", reflexiona, aunque lo cierto es que no tuvo otra opción. De todas formas, el chico no había dudado en delatarlo para salvar su pellejo.
A partir de entonces, Emeka comenzó a tener una vida social mucho más restringida. "Evitaba hablar con la gente, pasaba mucho tiempo en la biblioteca", pero el tiempo fue pasando y el asunto se olvidó. Emeka recuerda haber tenido una serie de relaciones homoeróticas durante su adolescencia. "A pesar de que la escuela era mixta, había muchas más relaciones homosexuales de lo que parece". Emeka habla con mucha soltura de estos años, sin escatimar en nombres propios y recuerdos escabrosos, y me toca aclararle los riesgos de incluir todo. Le pregunto entonces por sus años universitarios, la parte más reciente y dura de su historia.
Durante este período, Emeka comenzó a tener un mayor acceso a contenido LGBT a través de internet y de las series de streaming, iniciando una nueva etapa de su vida. Ante la pregunta, puede citar un amplio plantel de series asiáticas con temática gay: "Las series tailandesas eran mis favoritas. Era la época de Sarwat y Tine (interpretados por los populares actores tailandeses Bright y Win). Luego busqué series más antiguas como Puppy Honey, luego pasé a series taiwanesas como History, We Best Love y Be Loved in the House, luego las japonesas, las coreanas…", mientras va citando ejemplos, reconoce. "Me volví un fanático del romance, ya no quería sexo, quería un novio".
Sin embargo, el ambiente en el que se encontraba contrastaba (y mucho) con las fantasías ofrecidas por el material romántico. Incluso sin tener en cuenta los peligros reales para su integridad, la posibilidad de vivir un romance se veían remotas.
"Los homosexuales en Nigeria somos muy cautelosos; probablemente seamos los que más usamos el 'gaydar' para detectar a otros homosexuales", comenta, "Pero los gays en Nigeria no están interesados en una relación; prefieren el sexo directo y rápido, que apenas deja espacio para expresar amor, y yo me estaba volviendo bastante romántico, lo cual fue mi perdición. Como cambié de habitación hasta mi último año, no todos mis compañeros de cuarto sabían que era gay, y me había impuesto la regla de no flirtear con ninguno."
Comenzó a contarles a amigos de mucha confianza que era gay. Ninguno reaccionó de forma violenta, pero tampoco lo apoyaron. Su actitud era, en el mejor de los casos, ambivalente. Dos de ellos incluso le dijeron que era solo una fase. Entretanto, sus padres lo veían destacando como estudiante de Derecho y estaban convencidos de que "todo iba bien". Durante su segundo año, a través de redes sociales como Twitter y cada vez más expuesto a contenido sobre los derechos LGBT y la lucha contra la homofobia, Emeka inició lo que él mismo describe como una etapa "activista".
"Mi teléfono era mi libertad y mi conexión con el resto del mundo. Hablaba de política, de temas LGBT y respondía a tuits homofóbicos", explica, "me sentía cada vez más seguro y creía que los gays del dormitorio donde vivía debíamos empezar a hablar sobre temas LGBT en lugar de quedarnos callados".
El movimiento LGBT nigeriano es incipiente, pero existe. En 2022 lograron un pequeño pero histórico paso cuando consiguieron que los altos tribunales del país declararan inconstitucionales los artículos del código penal que prohibían registrar organizaciones a favor de los derechos LGBT o expresarse favorablemente sobre ellos. La justicia nigeriana determinó que tales disposiciones violaban los derechos a la libertad de expresión y asociación consagrados en la constitución del país. Si bien a partir de entonces es técnicamente posible registrar una agrupación LGBT en Nigeria, la homofobia social y estatal sigue siendo enorme. Los avances para ayudar a los millones de nigerianos del colectivo navegan contracorriente y avanzan con mucha lentitud.
Emeka coexistió con eso en sus años universitarios. En clase, se enzarzó en debates encarnizados con sus compañeros en los que cuestionó la doctrina oficial (muy extendida en grandes porciones del continente africano) de que la homosexualidad es un "vicio occidental" que el primer mundo busca "imponer" a los africanos. "Buscaba parecer neutral, aunque ya se sabía cuál era mi postura". Entretanto, en su casa, sus padres habían comenzado a sospechar, y los comentarios negativos sobre la homosexualidad y las insinuaciones aumentaron.
En su quinto y último año, todo explotó cuando la persona con la que sostenía una relación inestable lo delató. "No voy a hablar sobre él, pero recomiendo a los que lean esto que eviten a la gente que se odie a sí misma, porque esta tarde o temprano pondrá en peligro su libertad, su seguridad o incluso su vida".
Emeka recuerda con absoluta claridad la noche que lo cambió todo, y la cita con precisión fría: "del 10 al 11 de marzo de 2025, desde las 10 pm hasta las 2 am". El chico, con el que había compartido varios encuentros consensuados, lo acusó de acoso sexual. Fue entonces sometido a una humillante golpiza entre varios de los presentes allí. Solo un amigo suyo intentó defenderlo, pero fue forzado a abandonar la habitación.
"Me golpearon con cinturones de cuero, fregonas, tubos de plástico e incluso tablones. Me obligaron a tumbarme y todo mi peso corporal recaía sobre las puntas de los pies y los codos, sobre los que me habían forzado a apoyarme." describe, como si contara una historia más, "me obligaron a aceptar que estaba poseído por un demonio, llamaron a mis padres y les dijeron de lo que me acusaban. Oí como mi propia madre, entre lágrimas, los instaba a que me siguieran golpeando, y como mi propio padre me maldecía. Una sola cosa rescato, de mí mismo. Aunque me presionaron y me interrogaron, no delaté a ninguno de los homosexuales que seguían ahí."
Debido a este incidente, Emeka se perdió los exámenes finales y no pudo graduarse como abogado. Humillado y devastado, no tuvo más remedio que permanecer en la residencia hasta el final del curso. Sólo uno de los estudiantes lo apoyó, uno de primer año, que se encargó de traerle agua.
Emeka sabe que su única forma de tener una vida normal es huyendo de Nigeria. Sin embargo, su paupérrima situación y la dependencia económica de su familia lo impiden. Sigue buscando una forma de salir de su país para poder tener una vida libre. Tras la golpiza escribió a varias embajadas occidentales y organizaciones de derechos LGBT solicitando que lo ayudaran a conseguir asilo. Amigos de otros países de los que habla con gran cariño intentaron ayudarlo como intermediarios, pero fue inútil. "Pero si no fuera por ellos, me habría suicidado. Consideré cortarme las venas varias veces en ese período".
"Regresar a casa fue aún peor. Lo dilaté lo más posible, pero al carecer de independencia económica, finalmente volví."
Sus padres, fervientes conservadores cristianos, jamás perdonaron el incidente y, según cuenta Emeka, han hecho lo más posible por recordárselo con maltratos y humillaciones rutinarios. "Según ellos, estoy poseído por ser gay, y soy terco por negarme a confesar que he pecado por serlo", denuncia, "rutinariamente me atacan, y han manipulado a mis hermanos para que no me respeten y me insulten. He aprendido a encerrarme en mí mismo, porque siempre querrán que me calle por gay".
Emeka sigue buscando una forma de salir de Nigeria. Sus correos a organizaciones siguen sin encontrar una respuesta favorable. Le ofrezco hacer una gestión sobre Argentina, pero los costos nos dejan claro que es prácticamente imposible. "Escribí a organizaciones como Rainbow Railroad y me respondieron 'debido a las dificultades que presentan las regulaciones y restricciones de inmigración para personas de su nacionalidad, actualmente no contamos con una vía de acceso segura disponible para usted. Sabemos que esta no es la información que esperaba y lamentamos no poder brindarle más ayuda en este momento'", como si Emeka estuviese aplicando para una compra online y no para salvar su vida.
A pesar de todo, Emeka está decidido a seguir adelante con el apoyo de sus amigos y el sostén que mantiene en redes, pero sus posibilidades de alcanzar una vida plena y segura parecen verse limitadas por una familia que nunca querrá comprenderlo y un mundo que se rehúsa a ayudarlo.
"No creo que nada vuelva a ser lo mismo", se lamenta, tras terminar de contarme su historia, "la historia es triste, pero la gente tiene que saber lo que las personas LGBT sufrimos en Nigeria".
Camerún: "Mis hijos se avergonzarán de mí"

Nos trasladamos al vecino de Nigeria, Camerún. El artículo 347-1 de su código penal prevé penas de hasta cinco años de prisión para las relaciones homosexuales, así como fuertes multas para la realización de propuestas homosexuales en línea. A diferencia de otros países, donde las leyes de sodomía siguen vigentes pero rara vez se aplican, en Camerún su aplicación es profusa y extendida, y las detenciones y juicios son comunes.
Poco después de haber aceptado formar parte del artículo, Grace*, camerunesa treintañera y lesbiana de closet, yace en la cama de un precario hospital de Yaoundé con una crisis malárica y dificultad para respirar. Ignoraba yo que estaba tan mal y continué el intercambio digital como de costumbre. "Mi salud se deteriora, la dieta me está matando y mis decisiones han destruido mi vida". Le pregunto, esperando una respuesta obvia (sexo inseguro, drogas o quizá el haber elegido vivir escondida), cuáles son las decisiones de las que está hablando, pero ella responde, con una franqueza durísima: "mi nacimiento".
A diferencia de Emeka, Grace tuvo muy pocas experiencias con su sexualidad, algo de lo que se arrepiente profundamente. "He vivido escondida desde pequeña. Yo siempre fui una marimacho" cuando lo dice parece estar orgullosa de eso, a pesar de lo anterior, "pero me obligaban a usar faldas y vestidos. Nadie intentaba comprenderme".
Grace es muy dura consigo misma, a pesar de que la homosexualidad es ilegal en Camerún, a pesar de que la violencia machista es moneda corriente y de que la reacción hacia cualquier salida pública del closet sería negativa, se describe a sí misma como "Cobarde. Aunque sabía desde los once años que nunca sería feliz con un hombre, lo intenté. Salí con varios hombres. Yo soñaba con tener hijos. Tuve dos. Eso sí, nunca me casé"
Hoy en día, Grace es un poco más expresiva con sus actitudes por fuera del ideal tradicional de género de una nación profundamente homófoba, machista y patriarcal. Regido desde hace más de cuarenta años por el despótico régimen de Paul Biya, Camerún es vista como un país en el que la ley solo existe para castigar a los que se opongan.
El trato del régimen de Biya para con el colectivo LGBT ha sido comentado por varias organizaciones de derechos humanos, quienes denuncian que el Estado camerunés se sitúa entre los más represivos para con la conducta homosexual fuera del mundo musulmán. La legislación no sólo se ha empleado para castigar actos privados, sino también para emitir sentencias basadas en una interpretación muy amplia. En 2011, un juez sentenció "por homosexualidad" a dos jóvenes meramente por haber vestido ropa de mujer y haber pedido un "trago afeminado" (whisky de crema) en una discoteca.
Además de su orientación sexual, Grace cometió el otro gran crimen de atreverse a involucrarse en el activismo opositor. Cientos de personas fueron detenidas durante los últimos meses en el marco de las protestas posteriores a las elecciones de octubre, en las cuales Biya obtuvo su reelección en medio de acusaciones de fraude. Los presos LGBT enfrentan un panorama mucho más duro que un detenido heterosexual, y en el caso de las mujeres, son comunes los casos de acoso sexual y violencia lesbofóbica. Para desgracia de Grace, meterse en política implica que el riesgo a su integridad sea mucho mayor y que sea objeto del constante acoso policial y la vigilancia por parte de las fuerzas de la dictadura. Y a la la par de esto, continúa enfrentando la presión social por parte de su círculo cercano.
"Sigue habiendo preguntas sobre por qué no me he casado", comenta, "mis padres creen que debería casarme para no avergonzar a mis hijos". Incluso, en algún foro de internet surgieron insinuaciones sobre su orientación. Ha enfrentado mensajes amenazantes por parte de quienes la conocen en los que la llaman "sucia lesbiana".
Grace solo tuvo una breve relación con una mujer, la cual terminó en gran medida por diferencias políticas. "Ella resultó ser partidaria de Paul Biya" relata, con cierta desilusión, "de todas formas, vivíamos escondidas. No podíamos ir de la mano juntas por la calle, ni nada. No pude seguir con eso. Aquí los homosexuales forman pequeñas comunidades para vivir su sexualidad en privado, a veces me gustaría participar, pero nunca me atreví".
Camerún tiene un movimiento LGBT visible, pero muy reprimido. Es la cuna de figuras de alto perfil como Alice Nkom, una de las primeras abogadas del África Central, quién ha destacado por sus defensas legales a personas del colectivo. En 2024 la hija del dictador, Brenda Biya, se declaró públicamente lesbiana. Sin embargo, los avances han sido mínimos o simbólicos. En general, el país sigue siendo considerado un infierno para el colectivo.
Por su parte, aunque sigue teniendo mucho miedo, Grace dice que ya no quiere aparentar.
"Fingir es algo horrible. Sufrí mucho intentando salir con hombres, odiaba besarlos, odiaba dormir con ellos", sentencia, "cuando podía miraba porno lésbico a escondidas". La conversación se va tornando más sombría conforme avanza nuestro intercambio. "Pero no puedo salir del closet. Me separarían de mis hijos, me lincharían o me enviarían a prisión". En Camerún los asesinatos de personas LGBT son comunes, incluso con la policía de sobreaviso y sin que estos intervengan para defender a la víctima.
Antes de que completemos la conversación, la crisis malárica empeora y Grace me dice que no está respirando, lo cual me alarma. Ella me aclara que se ha resignado a morir. "Me iré de este mundo sin haber cumplido nada de lo que me propuse ni hecho nada de lo quería". Le reclamo que le queda mucho tiempo para hacerlo y le pido que piense en sus hijos, pero ella no da su brazo a torcer "mis hijos se avergonzarán de mi, porque soy lesbiana".
Tras un breve tira y afloje, la obligo a llamar a las enfermeras, pero estas le niegan el tratamiento porque sus análisis han dado negativo. Recién cuando ella llama a sus hermanos para que la atiendan y les muestra a las enfermeras un mensaje mío (traducido al francés) recordándoles que los protocolos de la OMS las obligan a darle tratamiento a sus síntomas de malaria aún bajo falso negativo, acceden a dárselo. Grace susurra "si me pongo bien, voy a vivir mi amor con una mujer. Prometo no volver a ceder ante los deseos de los demás."
Las drogas hacen efecto al poco tiempo y se va a dormir. Seguimos hablando durante los siguientes días. La expectativa sobre su salud sigue siendo, por el momento, reservada. Me tomo la libertad de escribir esto sabiendo que puedo haber sido el único que la conoció como era.
Pakistán: "Por mucho tiempo rogué a Dios que dejara de hacerme ser así"

El mundo musulmán contiene a casi todos los países que contemplan la pena de muerte por homosexualidad (en virtud de la Ley Sharia) y varios de sus países encabezan las listas de peores lugares del mundo para pertenecer al colectivo LGBT. Pertenecer al colectivo en lugares como Irán o Arabia Saudita (donde el derecho islámico se aplica estrictamente y todavía se registran ejecuciones por motivos de orientación sexual) puede ser un verdadero infierno. Más allá del estigma social, en algunos casos, la reacción estatal representa un peligro de vida para el colectivo.
Pero a diferencia de la percepción externa, el mundo musulmán no es monolítico. Hablamos de más de mil millones de personas en una veintena de países. Y aunque la situación del colectivo ha sido en gran medida desfavorable, las opiniones varían mucho por edad, locación y grado de fervor religioso de las comunidades involucradas.
Pakistán es un país profundamente conservador, fundado bajo un nacionalismo fuertemente vinculado a la identidad musulmana. Tiene una población de 240 millones de habitantes y un historial de derechos humanos muy complejo, marcado por brotes de violencia política, religiosa y militar. En lo que nos toca, las relaciones homosexuales son ilegales bajo el artículo 377 de su código penal y en teoría, dado que Pakistán aplica la ley Sharia, la pena de muerte estaría contemplada como opción. Sin embargo, los "requisitos de evidencia" son tan altos que alcanzar una sentencia de ese calibre es casi imposible. No existe evidencia de que se haya realizado una ejecución por homosexualidad recientemente en el país.
Por su parte, el panorama social que me comentan los gays pakistaníes a los que tuve acceso es bastante oscuro en general, pero en particular (y para sorpresa mía) mucho menos grave de lo que la situación legal da a entender desde fuera.
"Ser una persona gay en Pakistán, mientras te quedes en el closet, es menos difícil que en otros lugares", explica Ali, un joven bisexual de 25 años del centro de la provincia de Punjab, "especialmente si eres de un entorno urbano, pero eso se debe más al hecho de que el tema no está sujeto a discusión y (a diferencia de otros países) no es agitado por fuerzas conservadoras. Tus amigos quizá no te apoyen, pero es poco probable que se lo tomen demasiado mal".
Según Ali, uno de los motivos por los cuales Pakistán es "más seguro" para las personas LGBT que otros países del mundo musulmán e incluso que algunas naciones no musulmanas es el nulo cuestionamiento al orden conservador islámico. Dado que el sistema no se ve amenazado, hay un mayor margen de tolerancia para la práctica privada.
Con esto en cuenta, las personas gay adultas con cierta independencia económica pueden permitirse tener citas, socializar y (en muy raras ocasiones) vivir juntos como pareja. Sin embargo, todo esto debe hacerse en el más estricto secreto. Las citas suelen tener lugar en casas de amigos o en hoteles. Como en cualquier país, hay una gran diferencia entre ser homosexual en una gran ciudad, como Karachi, o en medio de un área rural más pequeña. Pero el resultado de no ser discreto es similar. Salir del closet públicamente en Pakistán puede acarrear persecución legal, violencia y estigmatización social.
"La mayoría de los gays pakistaníes usan apps como Grindr para contactarse. Aunque debe hacerse con mucho cuidado para no caer en trampas", explica Ali, "debes ser muy selectivo sobre con quién relacionarte".
En muchos casos, una persona LGBT que no se esconda puede enfrentar una respuesta agresiva, pero a diferencia de otros países, donde el resultado más probable es un escándalo violento, las familias pakistaníes más conservadoras optan por una solución diferente a la confrontación, que es silenciar el asunto rápidamente.
"Tuve una amiga que salió del closet como trans con su familia y la golpearon", reconoce, "la violencia homofóbica y transfóbica existe, pero no es el resultado más probable. En muchos casos, lo que hará la familia es obligar a esa persona a casarse con alguien del sexo opuesto y, mientras permanezca en silencio sobre su orientación, no les molestará. La cultura pakistaní pone mucho énfasis en el matrimonio, así que mientras estés casado con alguien respetable, se considera que no correrás peligro".
Esta "solución matrimonial" que actúa como si se pudiera "arreglar" al familiar LGBT simplemente obligándolo a esconderse, habla mucho sobre una sociedad que insiste en barrer bajo la alfombra cuestiones sociales que son cada vez más evidentes. Descontando a las generaciones mayores, Ali considera que la juventud pakistaní es cada vez más abierta y se ha visto mucho más influida por el consumo de series asiáticas con temática LGBT.
"Esto ha tenido dos efectos, porque esta globalización ha provocado una mayor conciencia sobre las personas LGBTQ, lo que ha llevado a un aumento de la homofobia estatal", cita el caso de dos aclamadas series de televisión pakistaníes que se atrevieron a abordar esos temas, Churails y Barzakh, las cuales fueron prohibidas y bloqueadas en redes sociales. "Aun así, para el público en general, las personas LGBTQ son invisibilizadas hasta el punto de que buena parte es indiferente hacia ellas. Ali Sethi, uno de los cantantes pakistaníes más famosos, es abiertamente gay y a muchos no les importa, su carrera en Pakistán no se vio afectada por eso".
Sin embargo, Ali quiere dejar perfectamente claro que no trata de edulcorar una realidad que en realidad es muy difícil. "Esta tolerancia relativa no es aceptación, es invisibilización", se apresura a aclarar.
Donde hay avances públicos (aunque más limitados) es en el ámbito trans. En Pakistán existe un concepto cultural denominado "tercer género" (khawaja sira), que comparte con otros países en el sur de Asia. Este reconocimiento cultural permite que la expresión de las personas trans y no binarias goce, paradójicamente, de una tolerancia social y legal mucho más alta que las relaciones homosexuales en sí. En 2018, Pakistán aprobó la Ley de Protección de Derechos de las Personas Transgénero, que permite a las personas trans (incluidas las khawaja sira) registrar su identidad de género autopercibida en documentos oficiales. Sin embargo, la implementación de esta ley ha sido limitada e inconsistente, y en 2023 el Tribunal Federal de la Sharia cuestionó partes importantes de la norma, generando incertidumbre legal.
Las visiones machistas siguen fuertemente arraigadas, y las personas khawaja sira enfrentan aún altos niveles de discriminación, violencia y exclusión social, si bien su visibilidad cultural es mayor que la de los homosexuales, que suelen vivir su sexualidad de forma mucho más clandestina.
"Pero de todas formas muy pocos padres pakistaníes querrían que su hijo saliera del closet como trans", aclara Ali, "mucho menos como gay".
En ese sentido, nos alejamos de Punjab para irnos a Karachi, la ciudad más poblada del país, donde vive Sami, un joven gay de 24 años. En contraste con Ali, cuya perspectiva es mucho más pragmática, él ve las cosas un poco más crudas. Se considera un musulmán practicante, y para él la cuestión de la identidad nunca ha sido sencilla, y rara vez ha estado cómodo. No es algo a lo que llegara con claridad o orgullo desde el principio, sino algo que fue comprendiendo poco a poco, a través de fragmentos, seguido de años de dudas, culpa y negociación consigo mismo.
"Durante mucho tiempo no me sentí bien conmigo mismo", dice. "En algún momento acepté lo que soy, pero incluso después de eso, a menudo me sentía mal y le rezaba a Dios para que dejara de hacerme ser así".
Descubrir su sexualidad para Sami no se trataba solo de confusión personal, sino de algo reforzado por su entorno. La religión, el contexto nacional, la inseguridad económica y las expectativas familiares se amontonaban en un marco pesado que dejaba poco espacio para la sinceridad.
"Pensaba que, primero, estaba mal desde el punto de vista de mi religión. Segundo, vivo en Pakistán. Tercero, no soy lo suficientemente rico como para ocultar esta parte de mí adecuadamente. Y cuarto, no tengo familia ni amigos que lo acepten". Sami aclara que la vida para una persona homosexual en Pakistán está muy marcada por las diferencias económicas, "en la élite económica, las personas de clase alta y media-alta, ya hay una concepción más liberal y eso es lo que ha generado la importante subcultura queer que tiene el país. Pero no es igual para todos, y de todas formas sigue muy restringido".
En diferentes momentos, sí tuvo relaciones con personas de su mismo sexo. No las describe con arrepentimiento ni hostilidad. De hecho, al referirse a ellas, transmite buenos recuerdos, pero también una inevitable sensación de pesar.
"En todas esas relaciones, una parte de mi mente estaba dominada por la culpa sobre si esto tiene un objetivo final o no, o si es realista dado el hecho de que somos pakistaníes" lo recuerda, "en última instancia, todas terminaron debido a esta incertidumbre que enfrentamos las personas queer en sociedades como esta. Podemos encontrar consuelo temporal en esas relaciones, pero eso es todo lo que son, temporales, debido a la sociedad en la que vivimos y a nuestro entorno social, al que al final tenemos que volver."
Más allá de las relaciones amorosas o sexuales, en la experiencia de Sami, todo se trata siempre de gestionar riesgos sociales, emocionales y, a veces, incluso prácticos. Qué se puede decir, dónde se puede decir y a quién se puede decir se ha convertido en un cálculo constante.
"Los gays pakistaníes debemos tener dos personalidades diferentes, la que mostramos y lo que realmente somos", confiesa, "Nunca puedes terminar de ser tú mismo. Por ejemplo, no puedes ir con tus amigos y decirles 'tengo ciertos gustos femeninos'. No podría ir con mis amigos de la universidad y decirles que me gustan Taylor Swift y Lady Gaga, se burlarían de mí y me ridiculizarían. Cuando eres gay aquí eres tú y luego eres lo que la sociedad quiere que seas. Por eso siempre te sientes fuera de lugar en tu grupo de amigos".
La realidad gay de Pakistán es, en definitiva, dual. Por un lado, la privacidad ha permitido el desarrollo de un ambiente real y unido. Por el otro, la represión pública pone la doble vida como única opción para las personas LGBT. La falta de visibilidad y la relativa comodidad que provee el anonimato hace que los gays más globalizados se autoexcluyan, en muchos sentidos, de lo que representa pertenecer al colectivo en un país legalmente homofóbico. Casi como si debieran disculparse con los activistas por decidir no salir del closet y exponerse a la reacción violenta o estigmatizante de sus allegados.
"No salí del closet, mis historias no son interesantes", fue lo primero que me dijo Sami antes de contactarme con Ali.
Trinidad y Tobago: "Sentí que era libre, aunque no lo fuera"

Nos vamos a un lugar radicalmente diferente. Ubicada en el Caribe anglófono, a solo unos pocos kilómetros de Venezuela, Trinidad y Tobago. Esta región, compuesta más que nada por naciones insulares, es uno de los pocos reductos en el continente americano donde todavía siguen vigentes en varios países las leyes de sodomía, incluyendo Guyana (el único Estado de la América continental que aún tiene leyes que criminalizan la homosexualidad) y las islas de las Antillas. En este momento, la región se encuentra sumida en una extensa batalla librada por las agrupaciones LGBT, que exigen que esas leyes (que en todos los casos datan del período colonial británico) sean declaradas inconstitucionales.
La última etapa de la década de 2010 y los primeros años de la de 2020 vieron una racha de victorias judiciales por parte del colectivo que resultó en la derogación de varias de estas leyes por medio de fallos judiciales. Todos estos países son excolonias británicas y miembros de la Mancomunidad de Naciones y, en muchos casos, su sistema judicial continúa vinculado al del Reino Unido. Esto ha permitido que el llamado Consejo Privado intervenga en ocasiones para proteger los derechos LGBT.
Conversamos con Dean, de 28 años, trinitense oriundo de San Fernando, la segunda ciudad más poblada de la isla después de su capital, Puerto España.
"Es difícil recordar cuando descubrí que era gay. Creo que como muchos, encontraba lindo a algún chico en las series que miraba por televisión. Pero al principio era difícil razonar sobre eso, tenía ganas de que desapareciera o que… se arreglara."
En el plano social, la región es una de las más conservadoras del continente y se produce una importante paradoja. Dado que la mayoría de los países anglófonos caribeños son democracias estables con un sólido historial en materia de libertades civiles, hay varias organizaciones de derechos LGBT operando con libertad, un debate público muy animado en los medios de comunicación y figuras abiertamente gay en el mundo cultural.
Sin embargo, dado que se trata de comunidades muy pequeñas con una dura influencia religiosa (sobre todo cristiana, aunque con fuerte presencia hindú y musulmana), el conservadurismo está férreamente arraigado, y el homosexual o transexual promedio sigue enfrentando una fuerte presión para permanecer en el closet. Tal es el caso de gente como Dean. Sus padres no saben sobre su orientación sexual y no tiene deseos de decirles, aunque cree que la mayoría de sus allegados lo sospechan.
"Tengo un recuerdo muy marcado, de ir a misa con mi madre (católica), ella me obligaba. El cura era muy homofóbico. Siempre fue una experiencia desagradable", admite, "debido a eso, siempre tuve muy grabado que ni se dice ni se pregunta. Tengo un primo gay, el cual vive en los Estados Unidos, y él me aconsejó que no se los diga, que los familiares se van dando cuenta por sí mismos. Mi padre en su momento me lo preguntó y yo lo negué. Consideré contarle a mi abuela antes que falleciera… pero no me atreví".
Como muchos gays caribeños, Dean ha optado por el silencio, lo que (al igual que en casos anteriores) muchas veces incluye sacrificar momentos de felicidad o restringir sus gustos en base a cómo lo verán los demás.
"Recuerdo una feria universitaria, con varios puestos y stands. Había un stand LGBT y regalaban banderas del Orgullo", recuerda, con cierta nostalgia, "Yo realmente quería una, pero estaba con amigos así que no la busqué… De todas formas, ¿qué habría hecho con ella? ¿Esconderla en un cajón para siempre? Realmente envidiaba lo valientes que eran esos activistas y lo libres que se veían. Eran tan valientes."
Dean estaba en la universidad en 2018, cuando un fallo judicial histórico determinó que el artículo 13 de la Ley de Delitos Sexuales (que penalizaba el sexo homosexual con veinticinco años de prisión) era inconstitucional porque violaba los derechos a la privacidad y a la libertad de expresión consagrados en la carta magna trinitense. El caso era defendido por un prominente activista gay local, Jason Jones.
"Recuerdo que un profesor mencionó la audiencia sobre la despenalización. Habían dicho que el juez a cargo (Devindra Rampersad) venía de una familia muy religiosa y eso me asustó, pensé que iba a fallar contra nosotros", sin embargo, no fue así, y el día que se dictó la sentencia, grupos LGBT celebraron públicamente en las calles de Puerto España, aunque se reportaron algunos ataques homofóbicos aislados. Dean, por su parte, estaba en la universidad cuando se anunció, "reprimí toda emoción cuando escuché la sentencia, había gente. Al regresar a casa después de clases, me tiré en la cama y lloré de alegría. Pensé '¡Soy libre!'. No lo era, y no lo soy, pero por un momento sentí que lo era".
No olvida tampoco, por supuesto, la desazón y el desconsuelo que vino siete años más tarde, siendo ya adulto. El 25 de marzo de 2025, el Tribunal de Apelaciones revocó el fallo de 2018 al considerar que las prohibiciones de sodomía e indecencia grave estaban protegidas por la cláusula de salvaguardia de la constitución, que exime a las leyes anteriores a la independencia de impugnaciones constitucionales. Trinidad y Tobago se convirtió, de este modo, en uno de los poquísimos países que han vuelto a criminalizar la homosexualidad tras haberla descriminalizado previamente.
"Me rompió el corazón", admite Dean, "hubo algunas derrotas judiciales muy duras para el colectivo en ese tiempo, a pesar de las victorias. Estaba en el trabajo, quería llorar, pero no pude, había gente".
La cuestión social parece ser muy polarizante. Según Dean, vivir en una comunidad donde el pilar económico máximo es el turismo, como lo es en muchas de las islas del Caribe, tiene ventajas y desventajas para el colectivo, por el innegable impacto de la globalización.
"Por un lado, nuestros países recientemente han empezado a ver al turismo LGBT como fuente de ingresos y para eso están obligados a intentar que el país se vea más amigable, lo que ha ayudado mucho a la causa por la descriminalización", reflexiona, "pero también nos vemos influenciados de manera negativa. Un ejemplo de eso es la presencia que está teniendo la retórica de gente como Trump en nuestro discurso político. Te sorprendería lo influyente que se está volviendo el conservadurismo protestante basado en el estadounidense, muy diferente del conservadurismo católico o del conservadurismo tradicional que solíamos tener."
Dean aclara que hay fuertes diferencias entre los gays que viven en la capital y los que viven en otras zonas de la isla o en la muy pequeña (y cerrada) Tobago. Sobre todo, el margen para las citas (incluso en las clandestinidad) se cierra mucho.
"En los últimos años ha aumentado la inseguridad", explica, "hay mucha actividad de pandillas y todos tienen miedo. No puedes usar apps como Grindr en Trinidad y Tobago, porque si lo haces te arriesgas a que te secuestren o, por lo menos, a que te estafen. Y no puedes denunciarlo, porque las autoridades o tu familia podrían enterarse"
La batalla por la legalidad no ha terminado. Jones ha declarado que llevará el caso hacia el Consejo Privado en el Reino Unido y se espera que pueda lograr un fallo favorable. La apelación se programó para el próximo 8 de julio.
En resumen…
Concluir esta nota es especialmente complicado para alguien que, siendo del colectivo, decide tratar de dar voz a gente que no tuvo la misma suerte geográfica que uno: nacer bajo un Estado que decidió respetar mis derechos. Se podrían escribir libros enteros sobre lo que significa vivir como homosexual en un país donde serlo es ilegal. Nos han quedado muchísimos temas en el tintero y muchísimos casos e historias para transmitir, algo que se puede hacer con tiempo y más adelante. La lucha del colectivo es larga, incansable y probablemente no tenga fin.
Historias como la de Emeka, Grace, Ali, Sami o Dean, que para los que tuvimos la suerte de ver una mejor época en nuestros países nos parecen del siglo pasado, son reales y están ocurriendo ahora, lo que nos invita a reflexionar sobre lo lejos que estamos de ver una victoria. También son un llamado de advertencia. Lo que es posible ahí es posible aquí, y debemos seguir defendiendo los avances en materia de libertades sociales contra cualquier brote homofóbico. Más allá de tener muy claro el panorama para nuestras luchas, sigue estando la necesidad de levantar la voz para señalar lo que están viviendo personas como nosotros, ahora mismo, en otro lugar.
Quizá sea exagerado o demasiado romántico decir que, si mañana cualquiera de las personas entrevistadas despertara y las leyes que penalizan su existencia ya no existieran, sus vidas serían mejores. Es muy claro que la realidad de jure no siempre se condice con la de facto y que en muchos países, incluso en aquellos con máxima protección a los derechos LGBT, se siguen produciendo espantosos episodios de ataques homofóbicos y transfóbicos. No obstante, la persecución contra las personas homosexuales por parte del Estado granjea el estigma de la criminalización, y genera un temor real y permanente en la vida de ciudadanos que no han cometido ningún mal.
Es imposible considerarse defensor de los derechos humanos, de las libertades civiles y de la plena democracia como forma de gobierno sin defender a la vez un respeto absoluto a las personas vulnerables, a las personas diversas y a las minorías.
En resumen, las personas LGBT y los defensores de derechos humanos de todo el mundo tenemos el deber moral de dar la alarma. En ninguna parte, en ningún lugar, en ningún momento debería ningún ser humano tener que elegir entre ser y estar a salvo.
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