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Teoría

¿Qué es un conejo?

Un conejo cruza el campo y parece no dejar ninguna duda, hasta que Quine pregunta qué vimos realmente y la filosofía convierte al animal en un problema. Entre palabras, clasificaciones y esencias, este ensayo examina el instante en que una categoría útil deja de describir organismos concretos y comienza a poblar el mundo con una entidad adicional llamada conejidad.

Por Agustín Cosso25 de agosto de 202620 min de lectura

Lectura en profundidad

El conejo no existe. Si esa afirmación bastara para resumir el contenido de este trabajo, su lugar no sería una revista de filosofía sino el consultorio de un neuropsiquiatra. Conviene entonces despejar de entrada un malentendido: no niego que existan los organismos que denominamos conejos ni, en particular, la especie Oryctolagus cuniculus, ni que podamos reconocerlos, estudiarlos y distinguirlos de otros animales. Lo que se pone en cuestión es de otro orden, y su formulación precisa recién resultará inteligible al final del recorrido. La pregunta que lo abre, en cambio, puede enunciarse ya: qué afirmamos exactamente cuando afirmamos que un conejo existe, y a qué nos compromete el uso del término general "conejo".

Ante un conejo no parece haber ningún problema filosófico que resolver. Vemos un organismo con ciertas características anatómicas, fisiológicas y conductuales; lo distinguimos de una roca, de un árbol y de un perro; empleamos una palabra conocida para identificarlo. La operación es tan inmediata que tendemos a leer la familiaridad del reconocimiento como prueba de algo mucho más fuerte: que la realidad viene dividida de antemano en las mismas unidades que nuestro lenguaje emplea para describirla. El mundo contendría conejos, árboles, montañas y vasos; las palabras se limitarían a señalar entidades ya delimitadas antes de toda clasificación. Contra esa lectura conviene separar dos afirmaciones que la inmediatez del reconocimiento suele fundir. La primera es que existen organismos concretos, con cuerpos determinados, que se desplazan, se alimentan, se reproducen y mueren, y que se parecen entre sí. La segunda es que existe algo común en virtud de lo cual todos ellos son miembros de una misma clase. La primera puede admitirse sin asumir por ello una ontología de las esencias. La segunda es una tesis ontológica sustantiva, y de la primera no se sigue. Reconocer un objeto no demuestra que la categoría con la que lo reconocemos exista del mismo modo que el objeto clasificado. Todo el problema reside en un tránsito casi imperceptible entre una afirmación y la otra.

La elección del conejo no responde, por lo demás, a un capricho expositivo ni a la formación zoológica de quien escribe. Desde que W. V. O. Quine lo convirtió en protagonista de su experimento sobre la traducción radical, este animal ocupa un lugar singular en la filosofía analítica. En la escena imaginada por Quine, un lingüista intenta comprender una lengua completamente desconocida; pasa un conejo y el hablante nativo pronuncia gavagai. La traducción inmediata parece obvia, "conejo". Pero la evidencia observable no permite decidir si la expresión refiere al organismo entero, a una parte no separada de él, a una fase temporal de su existencia o al acontecimiento que ambos acaban de presenciar. El ejemplo muestra que la observación no determina unívocamente la referencia: hipótesis de traducción incompatibles entre sí pueden ser igualmente compatibles con la misma conducta lingüística. El lingüista puede registrar cuándo aparece la expresión, observar reacciones, preguntar, comparar respuestas; ninguna acumulación de evidencia fija de manera absoluta que gavagai signifique lo mismo que nuestra palabra "conejo".

Interesa aquí un rasgo del ejemplo que suele pasar inadvertido. Mientras discutimos qué puede significar gavagai, aceptamos sin reservas que sabemos qué significa "conejo". La incertidumbre recae sobre la expresión desconocida, no sobre la categoría con la que el traductor organiza lo que observa: preguntamos si el nativo refiere al animal completo, a una de sus partes o a una fase temporal, y damos por sentado que lo que acaba de cruzar el campo es un conejo. Incluso las alternativas más exóticas presuponen una segmentación previa, porque una parte de conejo sigue siendo parte de lo que ya identificamos como conejo, y una fase temporal sigue siendo fase de ese mismo organismo. La lista de traducciones rivales no es neutral, está redactada en el vocabulario cuya legitimidad debía ponerse a prueba. Quine no ignoró el problema. Sostuvo, al contrario, que la inescrutabilidad de la referencia no es una anomalía de las lenguas exóticas sino que empieza en casa, y buena parte de su obra está dedicada a examinar los compromisos ontológicos que asumimos al describir el mundo. Lo que propongo es tomar esa observación en serio en un punto preciso, trasladando la incertidumbre desde gavagai hacia la categoría que oficia de traducción. No se trata solo de saber qué significa gavagai, sino qué significa "conejo" y a qué nos comprometemos al usarlo: el término puede entenderse como un signo que permite clasificar organismos o como la expresión de una unidad real que existe más allá de cada individuo concreto. Tomo el argumento, eso sí, en un sentido restringido: la indeterminación afecta a nuestros recortes, no a la existencia de lo recortado.

La sospecha admite además una confirmación empírica que llega desde el flanco menos esperado, porque la categoría que el lingüista daba por segura tampoco posee límites nítidos. "Conejo" no nombra un taxón abarca al conejo europeo (Oryctolagus cuniculus), a los conejos americanos del género Sylvilagus y a varios géneros más, mientras excluye a las liebres (Lepus), que sin embargo comparten con ellos la familia Leporidae. Los conejos así entendidos no constituyen un grupo natural en sentido filogenético. El término ordinario reúne, por lo tanto, un conjunto biológicamente heterogéneo, y si el lenguaje recortara la realidad por sus articulaciones naturales sería difícil explicar por qué recorta justamente ahí. La duda que el ejemplo dirigía hacia gavagai alcanza así, y con mejores razones, a la palabra que oficiaba de traducción. 

Antes de avanzar corresponde conceder lo que debe concederse, porque negar la esencia no obliga a negar la objetividad ya que la categoría no sea evidente por sí misma no la vuelve arbitraria. Los organismos que clasificamos como conejos comparten rasgos anatómicos, fisiológicos, genéticos y evolutivos que pueden estudiarse con independencia del lenguaje usado para describirlos, y sería absurdo sostener que una roca puede volverse conejo por decisión terminológica: las propiedades de ambos sistemas materiales son objetivamente distintas y ninguna reforma del vocabulario alteraría esa diferencia. La zoología no reúne organismos bajo una misma categoría porque haya decidido asignarles una palabra común, sino porque reconoce entre ellos estructuras corporales, mecanismos fisiológicos, relaciones filogenéticas y patrones genéticos compartidos. Las clasificaciones científicas no se construyen sobre una materia indiferenciada, el mundo presenta regularidades que restringen las descripciones posibles. Podríamos formar una categoría que reuniera conejos, piedras y números impares, y su mera formulación no la volvería comparable a una clasificación zoológica, porque no recortaría ningún conjunto de regularidades causales, estructurales o evolutivas. Las categorías pueden ser convencionales en su formulación y estar, a la vez, objetivamente restringidas por las propiedades de aquello que describen.

Esta concesión, sin embargo, no resuelve el problema ontológico, y aquí se encuentra el núcleo del argumento. Que varios organismos compartan propiedades reales no implica que la unidad con la que reunimos esas propiedades exista en la naturaleza del mismo modo que existen los individuos clasificados. Una cosa es afirmar que ciertos organismos tienen estructuras y relaciones semejantes; otra, muy distinta, es sostener que esa semejanza remite a una forma, una naturaleza o una esencia común presente en todos ellos. La confusión se produce cuando el carácter objetivo de las semejanzas se transfiere a la categoría que las organiza; si varios organismos son reconocidos como conejos, parece razonable suponer que debe haber algo común que los haga ser tales, una unidad que no se identifica con ningún ejemplar concreto pero que estaría realizada de algún modo en todos. El término deja entonces de funcionar como instrumento clasificatorio y adquiere la apariencia de una entidad. Ya no existirían solo organismos semejantes, sino también aquello en virtud de lo cual todos ellos son conejos.

Es aquí donde se insinúa la conejidad. No sería ninguno de los conejos individuales, puesto que cada uno puede nacer y morir sin que la categoría desaparezca; tampoco la suma de los organismos existentes, porque seguimos hablando de conejos pasados, posibles o todavía no nacidos. Su función consistiría en expresar lo que permanece idéntico a través de las diferencias individuales y en explicar por qué una pluralidad de organismos pertenece a una misma clase. Se trata, en el fondo, de la respuesta clásica al problema del uno sobre los muchos donde hay muchos que reciben un mismo predicado, debe haber uno que lo funde.

El argumento que conduce a esa conclusión puede reconstruirse con alguna precisión. Escribamos «Cx» para «x es un conejo» y «Pxu» para «x participa de u», reservando las variables u, v para presuntas entidades no individuales. Las premisas son entonces las siguientes:

(1) ∃x ∃y (x ≠ y ∧ Cx ∧ Cy)

(2) ∀x ∀y ((Cx ∧ Cy) → hay algo idéntico que x e y comparten)

(3) ∴ ∃u (u = la conejidad ∧ ∀x (Cx ↔ Pxu))

La inferencia parece impecable, y toda su fuerza descansa en que (2) admite dos lecturas que no son equivalentes. La primera es predicativa:

(2a) ∀x ∀y ((Cx ∧ Cy) → ∃F (Fx ∧ Fy))

La segunda es reificante:

(2b) ∃u ∀x (Cx ↔ Pxu)

Nótese que el orden de los cuantificadores hace todo el trabajo. En (2a) el cuantificador de segundo orden queda dentro del alcance de los universales y depende del par de individuos considerado; en (2b) el existencial los precede y afirma una entidad única para todos los casos. La esencia aparece, precisamente, cuando se conmuta indebidamente ese orden. (2a) es verdadera y hasta trivial, porque cualquier par de conejos la satisface: basta tomar F = C. Su cuantificador de segundo orden podría parecer, no obstante, un compromiso ontológico encubierto, y conviene entonces precisar cómo debe leerse. En la lectura predicativa que adopto aquí, «∃F» no afirma que exista una entidad F de la cual x e y participen, sino que hay un predicado verdadero de ambos, el rango de la variable son posiciones predicativas, no un dominio de objetos que se sume al de los individuos. Quien sostenga que ninguna cuantificación de segundo orden es inocente puede reformular la premisa en primer orden mediante un predicado de semejanza, ∀x ∀y ((Cx ∧ Cy) → Sxy), donde «Sxy» abrevia que x e y comparten estructuras, mecanismos y relaciones de descendencia; el diagnóstico no cambia, aunque se pierda la simetría notacional con (2b). En cualquiera de las dos versiones, de (1) y (2a) no se deriva (3), lo único que se obtiene es que hay predicados verdaderos de ambos organismos, no que exista una entidad ulterior de la cual ambos participen. (2b) sí permite la derivación, y por una razón poco favorable, es prácticamente la conclusión que había que demostrar, con el agregado de que introduce un predicado nuevo, «participar de», cuya extensión y cuyas condiciones de verificación quedan sin especificar. El argumento es, por lo tanto, o bien válido a costa de una premisa que pide por principio lo que debía probar, o bien impecable en sus premisas pero inválido; no hay una tercera posibilidad. Y la diferencia de compromiso se advierte ya en el caso singular: «este organismo es un conejo» se formaliza como Cb, mientras «existe la conejidad, que hace que este organismo sea lo que es» exige ∃u (u = la conejidad ∧ Pbu). La primera fórmula clasifica un individuo según ciertas propiedades y relaciones; la segunda agrega una entidad al inventario del mundo.

La asimetría se advierte mejor si atendemos a la estructura semántica de la predicación. Decir que un organismo es un conejo no exige que "conejo" sea el nombre de una cosa, dado que puede funcionar como un predicado que atribuimos con acierto a ciertos individuos. Del mismo modo, decir que un objeto es rojo no obliga a postular una entidad autónoma llamada rojez que ingrese en el objeto y lo vuelva rojo. Podemos reconocer propiedades y establecer semejanzas sin convertir cada término general en el nombre de una realidad separada y si aceptamos el criterio quineano según el cual nos comprometemos con aquello sobre lo que cuantificamos, la diferencia se vuelve nítida: "hay conejos" cuantifica sobre organismos, mientras "existe la conejidad" cuantifica sobre una clase o, peor aún, sobre una forma. Nada de esto niega que haya propiedades reales. El color de un objeto depende de su estructura material y de su interacción con la luz; los rasgos de un organismo dependen de su composición, su organización, su desarrollo y su historia. No se trata de reducir todo a palabras, sino de evitar que la posibilidad de formular una expresión general se convierta, por sí sola, en prueba de que existe una unidad ontológica que le corresponda.

El desplazamiento no es raro en la historia de la filosofía y ha sido diagnosticado con precisión. Rudolf Carnap, en su crítica a la metafísica, advirtió con qué facilidad la estructura gramatical produce la apariencia de contenidos ontológicos, y lo ilustró con la fórmula heideggeriana según la cual la nada nadea. La nada, que cumple una función negativa dentro del lenguaje, pasa a ocupar gramaticalmente el lugar de un sujeto y, ya sustantivada, parece capaz de ejecutar una acción; para Carnap no estamos ante el descubrimiento de una dimensión más profunda de lo real, sino ante un efecto de la forma de la expresión. Trasladado a un terreno menos solemne, el mismo procedimiento autoriza a decir que el vaso vasea o que el conejo conejiza. Ambas expresiones son gramaticalmente impecables, y su corrección no acredita la existencia del vasear ni del conejizar como componentes adicionales del mundo. La sintaxis permite producir sustantivos, atribuir predicados y construir oraciones de apariencia profunda; no garantiza que cada elemento de la oración tenga un correlato existente. Donde hay una expresión nominal suponemos una cosa; donde hay un predicado, una propiedad separada; donde varios individuos reciben el mismo nombre, una naturaleza común que los mantiene unidos.

La conejidad nace de ese mecanismo, y su génesis puede describirse en tres pasos. Primero observamos que ciertos organismos comparten rasgos objetivos; después reunimos esas semejanzas en una categoría; por último tratamos la unidad producida por la clasificación como si fuera algo distinto de los organismos, de sus propiedades y de las relaciones que mantienen entre sí. El concepto que servía para describir una regularidad termina convertido en una entidad, y lo que pertenecía al orden de la representación se presenta como un componente de la realidad. Podría replicarse que la conejidad, aunque haya llegado por esa vía, cumple una función explicativa: los conejos son conejos porque participan de ella. La supuesta explicación, no obstante, repite en forma sustantivada aquello que debía explicar. Los organismos serían conejos porque participan de la conejidad, y sabríamos que participan de la conejidad porque presentan los rasgos propios de los conejos; el argumento vuelve al punto de partida sin ofrecer ningún criterio independiente que establezca la existencia de esa entidad común. La circularidad queda oculta porque la esencia se presenta como ontológicamente anterior a los individuos, aunque epistemológicamente solo lleguemos a ella a través de esos mismos individuos: reconocemos semejanzas, abstraemos una unidad común y luego empleamos la unidad abstraída para explicar las semejanzas que permitieron construirla. El concepto aparece como fundamento de lo que originalmente lo hizo posible.

Tampoco sirve la réplica según la cual la esencia no es una cosa separada sino una forma presente en cada individuo, porque el defensor de esa tesis queda ante un dilema. Si la forma no añade nada a los rasgos observables y a las relaciones reales, resulta redundante, y la navaja de Ockham la elimina. Si añade algo, corresponde decir en qué consiste, qué diferencia introduce respecto de la simple constatación de que esos organismos comparten propiedades y mediante qué procedimientos podríamos conocerla, la segunda rama nunca ha sido transitada con éxito. Queda una objeción de peso, y es la que sostiene buena parte del atractivo del esencialismo: sin esencias, la clasificación se derrumbaría en pura convención. La objeción confunde dos problemas, por un lado una clasificación puede estar fundada en propiedades reales sin que la unidad conceptual construida a partir de ellas exista como entidad adicional; los organismos pueden compartir estructuras, mecanismos y relaciones de descendencia sin que esas semejanzas deban estar unificadas en una forma situada por encima de ellos. La objetividad de la predicación depende de las características de los individuos y de los criterios con que los clasificamos, no de la existencia de un universal. La biología moderna, por lo demás, trabajó ese problema por su cuenta y llegó a una conclusión afín: desde que la sistemática abandonó las definiciones esencialistas de especie, un taxón dejó de entenderse como un conjunto de individuos que comparten un núcleo de propiedades necesarias y suficientes, entre otras razones porque no hay rasgo alguno que todos los conejos posean y que solo ellos posean. Lo que hay son poblaciones vinculadas por relaciones de ascendencia y descendencia, con variación interna, límites difusos y estados intermedios, por consiguiente la unidad de una especie es histórica y causal, no esencial.

El materialismo sistémico de Mario Bunge permite formular todo esto sin caer en el idealismo ni en el nominalismo extremo. Para Bunge, el mundo está compuesto por cosas y sistemas materiales que poseen propiedades, mantienen relaciones y atraviesan procesos, mientras las clases son construcciones conceptuales. Un conejo concreto es, desde esta perspectiva, un sistema biológico cuya organización emerge de la relación entre componentes materiales y procesos históricos; sus propiedades no son palabras ni ficciones, sino que pertenecen realmente al organismo, aunque el concepto con el que lo clasificamos no sea una parte adicional de su cuerpo ni una forma metafísica que lo atraviesa. La categoría representa propiedades comunes y no las produce ni existe por encima de ellas. La posición se sostiene, en rigor, sobre una distinción de tres términos que otras filosofías tienden a colapsar. Hay (i) sistemas materiales, es decir, los organismos concretos; hay (ii) sus propiedades y relaciones objetivas, como su anatomía, su fisiología, su genética y su parentesco evolutivo; y hay (iii) la categoría conceptual mediante la cual seleccionamos algunas de esas propiedades y reunimos a los organismos bajo el término "conejo". Los dos primeros términos pertenecen a la realidad estudiada; el tercero, al conocimiento de esa realidad. Casi todos los debates sobre universales nacen del deslizamiento del tercero hacia los dos primeros.

De esa distinción se siguen dos tesis. La primera es semántica: un predicado general no tiene por qué funcionar como el nombre de una entidad, de manera que "este organismo es un conejo" no equivale a "este organismo participa de una entidad llamada conejidad", sino que puede afirmar, más modestamente, que el organismo satisface determinados criterios objetivos de clasificación. Conviene por eso separar tres cosas que suelen viajar juntas: el significado objetivo de una categoría, su aplicación verdadera a ciertos individuos y la supuesta existencia ontológica de un universal correspondiente. Acepto las dos primeras y niego que impliquen la tercera. La segunda tesis es ontológica y consiste en un principio de austeridad: no debe incorporarse una entidad al mundo cuando los sistemas materiales, sus propiedades y sus relaciones ya alcanzan para explicar lo que observamos. La conejidad no agrega nada distinto de las propiedades comunes que los organismos ya poseen y del concepto con el que las reunimos; si no introduce ningún componente nuevo, es redundante, y si introduce algo diferente, corresponde decir qué es y cómo sabemos que existe. Ahí está, entiendo, la crítica más fuerte al esencialismo, y conviene formularla sin ambigüedad: no consiste en negar la objetividad de la clasificación, sino en negar que esa objetividad requiera una esencia.

Vale delimitar la posición también por contraste, porque cada uno de sus vecinos suele presentarse como el precio inevitable de negar las esencias. No es un nominalismo radical, dado que entre los conejos hay bastante más que la coincidencia de recibir el mismo nombre. Tampoco  se trata de un constructivismo ontológico, porque el lenguaje no crea organismos ni propiedades. No es un relativismo, ya que las clasificaciones no valen todas lo mismo y la realidad misma provee los criterios para evaluar cuál representa mejor sus regularidades. No es un realismo de los universales, puesto que además de los conejos concretos no hay ninguna conejidad. No es un esencialismo aristotélico, porque pertenecer a la categoría no consiste en actualizar una forma sustancial que determine lo que cada organismo verdaderamente es. Y tampoco es un quineísmo radical ya que el argumento del gavagai sirve para mostrar que el lenguaje no segmenta la realidad de manera automática, no para concluir que la ontología sea enteramente relativa a un esquema lingüístico, de modo que la indeterminación de la referencia pone en cuestión nuestros recortes sin volver dócil al mundo que recortamos.

Una consecuencia de la posición merece subrayarse, porque constituye a la vez una prueba a su favor. Si las categorías reprodujeran divisiones ontológicas ya determinadas, sería difícil explicar por qué la ciencia revisa sus clasificaciones, separa grupos que consideraba unidos o reúne organismos antes distinguidos. Que una taxonomía pueda corregirse muestra que no es la copia inmediata de una estructura evidente, sino una construcción conceptual sometida a control empírico y su carácter construido no la vuelve ficticia: un mapa también es una representación construida y puede, no obstante, corresponder adecuadamente a un territorio real. La objetividad no exige identidad entre la representación y lo representado, sino una relación fundada que permita describir, explicar o anticipar propiedades. La categoría "conejo" puede representar organismos reales sin existir como entidad dentro de cada uno de ellos, y en ese sentido la disyuntiva entre nominalismo y esencialismo pierde su fuerza aparente: puede representar semejanzas reales, aplicarse con verdad y corregirse ante la evidencia sin que exista ninguna forma que la respalde. El mundo no depende de nuestras clasificaciones, aunque nuestras clasificaciones dependan en parte de cómo está organizado el mundo. Si no fuera así, la ontología crecería al mismo ritmo que el vocabulario, cada sustantivo exigiría una cosa; cada propiedad, una esencia; cada relación, una entidad suplementaria que asegurara el vínculo entre sus términos. El mundo quedaría poblado no solo por organismos, objetos y procesos, sino también por animalidades, conejidades, vaseidades y cuanta abstracción la gramática consintiera, y habríamos confundido la riqueza del lenguaje con la abundancia de lo que hay.

Volvamos entonces a la tesis inicial, ya con su alcance establecido. Decir que el conejo no existe no niega la existencia de los organismos concretos ni sostiene que los nombres sean arbitrarios: los conejos existen como sistemas materiales, tienen propiedades objetivas y mantienen relaciones que justifican su clasificación. Lo que se niega es que, además de esos organismos, sus propiedades y sus relaciones, haya que admitir una entidad común llamada conejidad. El conejo entendido como categoría pertenece al conocimiento con el que organizamos la realidad, y puede ser un concepto objetivo, científicamente fecundo y semánticamente significativo sin que ninguna de esas virtudes alcance para convertirlo en una esencia; la objetividad no debe confundirse con la existencia autónoma, igual que la posibilidad de formular una predicación verdadera no demuestra que su predicado designe una cosa.

La pregunta "¿qué es un conejo?" admite, por lo tanto, dos respuestas que conviene no mezclar. Desde la biología, un conejo es un organismo con determinadas características anatómicas, fisiológicas, genéticas y evolutivas, integrado en un linaje. Desde la ontología, "conejo" es una categoría conceptual objetivamente fundada con la que reunimos organismos que comparten propiedades reales. Confundir ambos planos transforma una clasificación en una naturaleza y una descripción en una entidad. La realidad no necesita contener conejidades para contener conejos: le basta con contener organismos materiales cuyas semejanzas puedan ser reconocidas, estudiadas y representadas mediante conceptos. Agregar una esencia común no vuelve más reales a esos organismos ni más objetiva a la clasificación, ya que solo duplica en la ontología la unidad que antes habíamos construido en el lenguaje. Los conejos existen. La conejidad, no.

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